La nueva historia de Marcelo Birmajer: El barbijo

Chimango se disponía a comprar un agua mineral cuando la cajera, junto a la heladera del drugstore, le reclamó:

-¿Y el barbijo?

-Lo tengo puesto -respondió Chimango.

-No, señor. Póngase el barbijo.

-Ah, no lo ve -agregó amablemente Chimango.

-Póngase el barbijo, por favor, señor. Es por protocolo.

-Estimada señorita -continuó elegantemente Chimango-, ocurre que ya tengo puesto el barbijo. Pero solo pueden verlo quienes aprecian la libertad.

-No lo entiendo, señor. Pero si no se pone el barbijo, se va a tener que retirar.

-Saldré del salón para terminar de explicarle- aceptó Chimango-. Le hablaré desde la puerta de entrada. Como usted, tan consciente del protocolo, debe saber, las autoridades nos han permitido, en los corrientes días, andar sin barbijo por las calles. Lo que me permito afirmarle, ya sin transgredir su creencia en que pongo en riesgo su salud al hablarle, pero aun deseoso de comprar esa botellita de agua mineral, cuyo frío, le confieso, roza la perfección, es que yo sí estoy utilizando barbijo: pero es de un tejido que solo puede ser visto por aquellos que respetan o aprecian la libertad.

-No lo entiendo -se interesó la señorita.

-Habrá quien diga: “solo pueden verlo aquellos que aman la libertad”. Pero mucho me temo que el amor es harina de otro costal. No se puede adorar la libertad; y supongo que tampoco califica el verbo amar. Se vive en libertad, se aprecia la libertad. No es pasional: es vital. Las pasiones pueden oprimirnos; la libertad puede ser solitaria, insatisfactoria, a la intemperie. Pero es la libertad. En cualquier caso, mi barbijo solo pueden verlo quienes quieran vivir en libertad.

-Señor, tengo que seguir trabajando. Si quiere, consiga un barbijo y vuelva.

-No, no voy a conseguir ningún otro barbijo, porque lo tengo puesto. Y pretendo comprar mi agua fría, como nuestros primigenios patriotas, los de mayo del 1800, adquirían el agua fresca de pozo del imprescindible aguatero. Decidí utilizar este barbijo confeccionado por los sastres de la libertad, porque el prosaico barbijo me ocasionaba múltiples trastornos. Me gusta caminar rápido y, al agitarme, el barbijo convencional me restaba parte del aire que necesito para vivir. Soy un ser humano que necesita respirar.

Tampoco aprecio respirar el aire encerrado del barbijo. Y desde muy pequeño me enseñaron que lo mejor para el individuo es el aire puro. Yo comprendo que usted tema que por no usar barbijo yo pueda transmitirle el coronavirus. Pero, apreciada señorita, mucho me temo que se han enfermado por igual, con disímiles suertes, aquellos que usaron barbijo y aquellos que no, y que no sabemos cuáles han sido las consecuencias para aquellos que han usado el barbijo desde el primer hasta el último día, sin pausa.

Sí es evidente que las vacunas han mitigado el efecto de la enfermedad en la mayoría de los afectados. Pero el barbijo… ¿Es realmente mejor para la salud vivir con el barbijo puesto que andar al aire libre sin barbijo? Durante 53 de mis 55 años de vida los médicos me recomendaron respirar al aire libre. Repentinamente, esa misma conducta prescripta se ha convertido en un peligro mortal. ¿Me permite dudar?

Reitero, las vacunas me parecen indiscutibles. En cambio, los hábitos, la idea de encerrarnos, de usar barbijo permanentemente y en cualquier circunstancia, considero que entra en el terreno de las especulaciones, no de una comprobación científica. Quizás usted tema que yo contagie, no a vuesa merced en particular, sino que le transmita el virus y usted, vacunada igual que yo, lo transmita a su vez a su abuelo o a un vecino.

Pero déjeme decirle que ese albur también me resulta harto improbable: la enfermedad ha resultado tan aleatoria e imprevisible como cualquier otra desgracia a la que estamos expuestos por el hecho de vivir.

Pero no por ello viviremos el resto de nuestras vidas con un salvavidas puesto, o una máscara de oxígeno o un traje de astronautas. Quizás algún día sí, por tal o cual circunstancia, seamos expulsados al espacio exterior, y precisemos, ineludiblemente, de un traje de astronautas.

Pero hasta entonces, y si es que ese día alguna vez realmente llega, yo prefiero caminar con camisa y bermudas, o pantalón de jean. Por tal motivo contacté a los sastres de la casa Andersen y les encargué un barbijo adecuado para mi fobia: el temor a vivir como me ordenen. Y mi necesidad de respirar aire puro y vivir en libertad.

Los sastres me confeccionaron este barbijo al uso que solo puede ser visto por quienes respetan la libertad. De todos modos, señorita, como usted puede comprobar, me mantengo en la puerta de entrada; y si usted prefiere no venderme el agua, yo me marcharé sin más fastidio.

Conozco un aljibe, a unos 300 kilómetros de esta misma locación, donde puedo dejar caer el balde y emergerlo con agua fresca, sin más concurso que el de mi propia humanidad.

Pero solo necesitaba que me creyese, señorita, que tengo el barbijo puesto ¿Sabe que los “científicos”, aseveraron, durante los primeros meses de la fantochada, que ciertas telas resultaban activas contra el coronavirus y otras no? Que ciertos barbijos eran útiles contra el coronavirus y otros inútiles. El mío es útil para vivir en libertad. Me marcho señorita, gracias por su atención. Pena el agua.

POS

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