La nueva historia de Marcelo Birmajer: El Atlas del Once

Durante muchos años me llamó la atención esa historieta, que no era una aventura en sí misma sino la publicidad de un método para volverse musculoso. Pasé mi infancia leyendo gozosamente las publicaciones de Editorial Novaro: Archie, La zorra y el cuervo, los distintos personajes de Disney. Y en muchos de esos ejemplares, en la contratapa, reaparecía el método de Charles Atlas para convertirse en patovica.

Curiosamente, lo releía. Su trama era sencilla, pero cruel. Un hombre desaprensivo pasaba corriendo por la playa, arrojando inopinadamente arena, con las plantas de los pies, contra un veraneante y la mujer a su lado.

Cuando el atacado pretendía protestar, el intruso lo desestimaba por su falta de poder físico.

La mujer se compadecía de su acompañante, de un modo lastimero, que invitaba al lector a despreciarlo. El implicado tomaba un curso por correo con Charles Atlas y con no más de diez minutos diarios en su habitación, no recuerdo durante cuántos meses, finalmente alcanzaba las dimensiones adecuadas y ocasionalmente le propinaba un castigo al agresor.

El personaje a la postre reivindicado, inicialmente era llamado “alfeñique”. A lo largo de los años de mi niñez, ese episodio publicitario, que leí millares de veces, como si fuera un tira de chistes que se renovara semanalmente, me inquietaba. ¿Así era la vida? ¿La única alternativa era ser físicamente más poderoso que los concurrentes enemigos?

Si tengo que ser totalmente sincero, aún no he arribado a una respuesta al respecto. Definitivamente estar preparado para cualquier eventualidad es mucho mejor que no estarlo, por muy pueril que resulte este razonamiento. La Segunda Guerra Mundial y otras experiencias históricas, demuestran que el poder de fuego es necesario para definir el curso del mundo en el menos malo de los sentidos.

Pero, por otra parte, las personas no son países: Roosevelt, un hombre lisiado por la polio, derrotó a Hitler, que se creía un super hombre.

Churchill no era precisamente un espartano, ni un atleta en su hora de gloria. La inteligencia, la perseverancia, y los valores, también incidían en el destino humano, no solo la musculatura. Pero de todos modos este enigma continúa irresuelto para mí, como tantos otros de mis perplejos primeros años de vida.

En cualquier caso, al ingresar en la adolescencia, más precisamente alrededor de los 17 años, la historieta de Charles Atlas comenzó a parecerme patética y risible. Seguía respetando el humor, el suspenso, la ironía, de Glad de la suerte -el primo de Donald-, Las urracas parlanchinas o El pájaro loco; pero ya no me tomaba en serio a Atlas.

Del mismo modo que en la publicidad el tunante se burlaba del alfeñique, en mi fuero íntimo yo no solo no hacía los diez minutos de ejercicio, sino que consideraba con sorna la moraleja del aviso. En 1987, con apenas 21 años y mi seudónimo Berni Danguto, publiqué en la revista Fierro una parodia de esa tira. Pero nunca hasta ahora narré la historia que sigue.

Entre los 17 y los 21 años conocí en el barrio de Once a un muchacho, coetáneo, que se tomó en serio los cursos de Charles Atlas. Nadie lo había agredido ni molestado, pero estaba perdidamente enamorado de una chica del barrio, llamada Estela, y convencido de que un cuerpo masculino escultural podía magnetizarla.

El joven en cuestión se llamaba Quique. Tal vez lo convocaba en particular la palabra “alfeñique” del texto. No lo sé. Ni Estela me parecía tan atractiva como la chica de la historieta, ni Quique tan desamparado y despreciado como el “alfeñique” de referencia. Pero en el plazo de un semestre, o quizás un año, Quique adquirió una musculatura notable, y un torso plano y cuadriculado: entrenando por correo con Charles Atlas.

También usaba perfumes importados. Desconozco si el remate se spoilea solo: Estela tuvo como primer novio serio, por la misma época de la metamorfosis de Quique, a un hippie naturista, izquierdista, desastrado, y reacio a los perfumes. El hippie la dejó más temprano que tarde; y Quique, sin conquistarla, cayó en una profunda depresión.

Como nos continuamos viendo por distintos motivos, supe que siguió la carrera de Derecho. Abandonó su obsesión fisiculturista e integró la mermada lista de izquierda de su universidad. Había en parte de su trayectoria una suerte de reclamo a la Providencia: la vida había sido injusta con él, y quería plantearle su alegato.

Quique, como dijimos, nunca había sido un alfeñique, ni lo fue luego de abandonar su gimnasio casero; pero el contraste entre el atleta que había sido y el abogado bohemio que pretendía ser, no lo favorecía en su apariencia. No había olvidado a Estela: aun la pretendía.

Ella se apareció por la Facultad de Sociología, en Ciudad Universitaria, con un boxeador de estampa imponente. Aparentemente era un púgil centroamericano. Pronto supimos que le pegaba. Quique le ofreció a Estela sus servicios, protección, acudir a la policía, pero ella volvió a rechazarlo.

Quique emprendió un viaje a España. Abandonó el izquierdismo y se reconvirtió como consultor de empresas. Nos cruzamos en distintas partes del mundo. En conclusión, había logrado reconciliarse con su apariencia: era un mocetón bien plantado; apropiado en sus cuarenta. Pero no era feliz.

Probablemente ninguno de nosotros lo fuera, pero a él se le notaba más. Aún conservaba el recuerdo de Estela como una espina. Le recomendé, no que la olvidara, porque sabía que no hay prescripciones para esa acción, sino que viviera como si ella no existiera. Le dije algo en lo que no creía: que todo depende de sentirnos bien con nosotros mismos. Me dio la razón.

Muchos años después, superando la cincuentena, nos encontramos. Coincidimos en un bar de escasa concurrencia. Manteníamos algunos gustos similares, y aún recordábamos las historietas de editorial Novaro. No había olvidado a Estela, pero sí logrado cercar el efecto de su recuerdo en su vida cotidiana. Se habían citado y hablado.

Para mi gran sorpresa, ella le confesó que lo había pensado toda su vida. Por algún motivo, lo veía como al alfeñique de la historieta de Atlas, y la estimulaba considerar a Quique como alguien a su disposición, que siempre la adoraría, la haría sentir bella y deseada, y de quien podría compadecerse sardónicamente. Increíblemente, le reveló estos ominosos sentimientos con despiadada transparencia.

– Diez minutos diarios en la intimidad de tu habitación -repitió en voz alta Quique la receta de Charles Atlas- , durante toda una vida, no alcanzarían para entendernos.

– A veces pienso que nos comprábamos las Novaro solo para leer la historieta de Charles Atlas -reflexioné-. Las Urracas eran apenas una excusa: nuestra única motivación era saber si la vida era así o no… Como si leyendo mil veces el mismo enigma, alguna vez fuera a aparecer la respuesta.

– Hay dos posibilidades -acotó Quique-. Que esa fuera la respuesta y no supimos aplicarla; o que no fuera la respuesta y hayamos dilapidado nuestras vidas meditando al respecto. En cualquier caso, nosotros perdimos.

WD

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