La nueva historia de Marcelo Birmajer: El aire



Habíamos escrito ese guión hacía muchos años y ahora debíamos darle una nueva forma. La cita era en la oficina/casa del productor, en un club de campo de San Fernando. Me recibió con un tereré que probablemente sea y será uno de los mejores mates que haya tomado en mi vida. El salón de reunión estaba refrigerado como para satisfacer al capitán Frío (el de Batman de TV de los 60; no el del cine). Entró una señora de unos 80 años, con todos los implementos para renovar el tereré en una bandeja: le podíamos agregar café molido y jengibre; la yerba mezclada con cáscaras de naranja y limón. No necesito más para trabajar, e igual no se me ocurría un pomo. Elogié el tereré y la temperatura del lugar.

– No fue fácil -respondió Hugo-. El aire estuvo funcionando mal durante años.

– ¿Por qué no lo cambiaste? -pregunté, sabiendo que yo jamás lo hubiera cambiado-.

– Fue un regalo de Lali -comentó-.

Le erró con el café al cacharro del mate y cayó un poco en la bandeja.

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La señora le chistó con desagrado, y Hugo bajó la cabeza como pidiendo perdón. Ella se retiró con una mirada admonitoria.

– Es una paradoja que se haya roto nuestra relación justo cuando se arregló el aire -siguió Hugo, una vez la anciana se hubo alejado-. Fijate qué interesante: vos conociste a Lali; pero a ningún miembro de su familia. Y eso que vos y yo nos conocemos desde hace casi tanto tiempo como duró mi relación con Lali. Cuando nos pusimos de novios, quise corregir el error de mi anterior matrimonio: ¿por qué motivo deben conocerse los familiares de la pareja? Ambos teníamos hijos de matrimonios anteriores: ya no nos reproduciríamos. No necesitábamos abuelos, ni tíos, ni primos. Estábamos solo ella y yo: el romance funcionaba, o no. Pero sin adjuntos, de ningún tipo. Nuestros hijos no necesitaban verse. Hicimos un pacto de reunirnos, cada cual con sus respectivos hijos, por separado. Ella no conoció a los míos ni yo a los suyos. ¡Ni fiestas, ni cumpleaños, ni nada! No me arrepiento. Pero el aire comenzó a funcionar mal apenas me lo regaló. Llamamos al de la garantía y se lo llevaron. Lo regresaron funcionando; pero al siguiente verano, volvió a fallar. Como escribiste alguna vez, cuando vino el siguiente técnico lo primero que dijo fue: quién te hizo esto. Una pregunta conminatoria, agresiva, que no sólo condena al técnico anterior, sino que en parte te culpabiliza por haberle permitido hacerle no sé qué a tu aire acondicionado. ¿Pero cómo lo conectaron al trichufe si la carcasa sucuba el tarajo?, insiste el nuevo técnico.

No sé, fiera: yo me compré un aire y llamé al de la garantía. Arreglalo sin explicar; si es para contestar, me inscribo en Odol Pregunta. Finalmente, luego de una serie de onomatopeyas y definiciones propias de la física nuclear, me dejó el aire más o menos refrigerando. A los diez días ya no lo sentíamos. Lali no quería reconocerlo porque era su regalo, pero no enfriaba lo suficiente. El técnico del siguiente verano -parece el título de una obra de Tenesse Williams-, argumentó que el problema era la falta de mantenimiento. Pero ya lo arreglaron dos veces, repliqué: se supone que tendrían que haberlo descubierto. Yo se lo limpio y esto enfría como el Polo Norte, aseveró el recién llegado. Lo limpió y funcionó bien una semana. No quiero aburrirte con la retahíla de improvisados que intentaron arreglar el aire a lo largo de mi vida con Lali. Vamos directo al punto: uno de los mejor recomendados, llegó, se volvió a llevar el aire y dijo que lo había arreglado para siempre. Pero lamentablemente no podía traerlo porque su cuñado había entrado en coma.

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– ¿Cuál es la relación entre una cosa y otra? -inquirí-.

– Lo mismo me pregunté yo -reconoció Hugo-. Aparentemente, el hombre no podía abandonar la Capital mientras su cuñado permaneciera en coma. Y sólo aceptaba entregar el trabajo terminado, si podía confirmar in situ que funcionaba. Era, o es, un técnico muy responsable.

– Pero no te devolvía el aire…

– Son las paradojas de la calidad total -confirmó Hugo-. Finalmente, comprenderás, decidí que lo del cuñado no era más que un embuste, y me apersoné en Capital para recuperar el artefacto. El técnico me pidió que lo pasara a buscar por el sanatorio, y desde allí iríamos al taller. Me hicieron subir a la habitación, donde el técnico y la esposa acompañaban al paciente. El cuñado en coma tenía 90 años. Pudo haber permanecido así hasta los 100. Yo no puedo vivir sin aire.

“Durante diez años, yo había evitado conocer a la familia de Lali. Y ahora, me reprochó la propia Lali, en una sola jornada, entraba en contacto con el cuñado y la esposa del técnico; justo cuando mi relación con Lali hacía agua, como el aire.

“El cuñado, Bernardo, le llevaba 40 años a su hermana, Alcira (la esposa del técnico). Te lo explico: Bernardo y Alcira eran hermanos solo por parte de padre.

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“Alcira le dio las llaves del taller a Raúl -el técnico-, e hizo un gesto con la cabeza de que Bernardo no daba muestras de restablecerse. Pero mi presencia operó como un milagro y Bernardo abrió los ojos. Alcira reprimió un grito de alegría y los ojos de Raúl expresaron una incontenible incredulidad. Bernardo, con un gesto, me invitó a acercarme”.

– ¿A vos? -pregunté confundido-.

Hugo asintió, y agregó: – Parecía entender todo lo que pasaba a su alrededor. Me indicó con la mano que acercara mi oreja a su boca. “Éste”, me dijo Bernardo, señalando furtivamente a su cuñado, “no sabe nada. ¿Qué te hizo en el aire? Los aires los arreglo yo. Por eso no te lo entregaba. Tengo otra hermana, del primer matrimonio de mi padre, que los arregla incluso mejor que yo. Anotá”. Me dio el número de teléfono y falleció.

– Sus últimas palabras -cotejé, admirado-. Hugo asintió.

– La hermana resultó ser Herminia -detalló.

En ese momento entró la señora de 80 años con una jarra de vermú y más insumos para renovar el tereré.

– Me arregló el aire a la perfección. ¿No es verdad, mi amor?

La mujer sonrió.

– Nos casamos en noviembre del 2015 y no se ha vuelto a descomponer. ¿No es cierto?

– Te dije que no apoyes la pava en la mesa -lo reprendió Herminia.

– Puedo vivir sin Lali -cerró la historia Hugo, sólo luego de que Herminia quedara del otro lado de la puerta-. Pero no sin el aire.

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WD

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