La nueva historia de Marcelo Birmajer: Aquiles en Chascomús



Este año le tocaba al profesor Korcek, en Argentina, en Chascomús: recibiría a los Aquileanos. Se reunían una vez cada veinte años. La fecha 2020 era célebre en sí. El profesor Korcek se esmeró en ser un anfitrión incuestionable. Tomó hasta el mínimo recaudo para que no surgiera algún percance de inseguridad entre Ezeiza y Chascomús: contrató una combi blindada, con los más altos estándares de protección. Les aconsejó a sus ilustres invitados no cambiar dinero en el aeropuerto: con un puñado de dólares sobraría para cualquier gasto extra durante aquel fin de semana.

Como en cada sede aquileana, el anfitrión se hacía cargo de la vivienda, comidas y paseos. Ya solo eso le saldría un ojo de la cara, pero no lo lamentaba. Asistían el doctor Pataquis, desde Grecia; Itamar Gazó, desde Jerusalem; Nabuko Espora, exiliado iraquí en Los Angeles, el cubano Villamir y la holandesa Jude Hostadt, entre otros. Todos eran Aquileanos en dos sentidos: eruditos en la historia mítica del héroe griego, y cada uno de ellos poseía a la vez una invulnerabilidad mutilada. El punto débil de Pataquis era la rodilla; Hostadt padecía del riñón; Espora, el bruxismo; Gazó, manguito rotador. Un día cualquiera morirían de sus respectivas dolencias: pero mientras tanto, cada veinte años, asistían al Congreso Aquileo junto a una laguna.

La tradición se remontaba a una efemérides irrecuperable, junto a la originaria laguna Estigia. Allí, Tetis había sumergido a su hijo Aquiles, pero tomándolo del talón, dando origen al guerrero y su leyenda. ¿Por qué había tomado Tetis a Aquiles por un talón, se preguntaba Korcek? Ella no era tonta. Hubiera bastado con tomarlo, bajo el agua, de un talón y del otro alternativamente, para que ambos se humedecieran y fueran invencibles como el resto del cuerpo. ¿Acaso no terminaba de amar a su hijo? Justamente, para recibir a los integrantes del Congreso Aquileo, Korcek preparaba su ponencia sobre el gran libro del profesor Acho: La madre de Aquiles. Acho, español, le había regalado el libro a Korcek para su Bar Mitzvá, junto con la revelación de que Korcek era también un aquileano.

Korcek les confesaría a sus contertulios que su talón de Aquiles era, en rigor, sansoniano: se le caía el cabello. De eso moriría. Pero mientras no llegara la flecha envenenada del destino- que los acabaría a todos, aquileanos o no- debían continuar la farsa de la existencia: reuniones, congresos, amistades, romances, barbijos, filas. Mimí, la viuda de Acho, se había conchabado, sin decir agua va, como secretaria de Korcek. Mimí le llevaba diez años: porfiaba en llamarlo doctor o profesor, mientras que éste se resentía del tratamiento respetuoso.

– Doctor o profesor era su marido, bendita sea su memoria. Yo solo soy un humilde discípulo. Por favor, llámeme Korcek a secas.

Pero Mimí, como si no lo escuchara, o lo olvidara, persistía en el doctor, o profesor. Como el libro lo había leído aquella única vez, a sus trece años, el profesor Korcek se propuso releerlo desde un mes antes de que llegaran los aquileanos. Pero el ejemplar le estaba jugando una mala pasada: una semana antes del evento, cuando creía que apenas le faltaban diez páginas para terminarlo, aparecieron diez páginas más. Korcek recordaba que el libro tenía 379 páginas, y en octubre descubrió un nuevo capítulo que llegaba hasta la página 389. ¿Se estaba volviendo loco? ¿Alzheimer? ¿Los nervios de ser sede le estaban jugando una mala pasada? Para colmo, Mimí estaba forzando al máximo el asedio a su fortaleza sentimental.

La viuda de Acho lo llamaba de noche, se le aparecía por la casa con un manjar cocinado por ella, le hacía comentarios inapropiados. Nunca burlaría la memoria del más grande los aquileanos. Pero no estaba pudiendo terminar el libro.

– Mimí -llamó el profesor Korcek desde su despacho.

La mujer acudió de inmediato, como si Korcek hubiera gritado. Impostaba una actitud sumisa. Para ambos era evidente que sin ella, Korcek no era capaz ni de encontrar el par de su zapato. Perfectamente podía haberse perdido en el centro de Chascomús, si ella no lo pasaba a buscar cuando hacía sus escasas compras. Pero se negaba a considerarse atado a Mimí: “Si alguna vez se marchara, y me pierdo en el centro de Chascomús, ¿cuál sería la tragedia?”.

– Mimí -dijo el profesor Korcek-. ¿Por casualidad usted estuvo cambiando mi ejemplar de La madre de Aquiles?

– No, profesor -respondió Mimí.

– ¿Cómo puede ser que la semana pasada el libro tenía 389 páginas y ahora tiene 400?

Eludió mencionar que, originalmente, recordaba una extensión total de 379 páginas.

– No tengo idea, profesor -replicó Mimí, y agregó musitando: Yo no lo toqué.

Las implicancias del verbo eran evidentes. Korcek sintió un súbito deseo sexual, que aplacó rascándose la pelada. Pensó que ya eran dos personas ridículamente mayores. Los invitados estaban en camino: repentinamente el libro tenía 415 páginas. Qué vergüenza, llegarían antes de que terminara de releerlo. Acho cotejaba la historia de Aquiles desde su concepción hasta la muerte, pero con un epílogo dedicado a por qué la madre lo había tomado del talón al sumergirlo. Ese tramo era al que Korcek no podía arribar: cada vez que se acercaba al final, como una maleza, se acrecentaba la cantidad de páginas. Cuando finalmente los huéspedes acomodaron sus bártulos en las respectivas habitaciones individuales, el libro sumaba 422 páginas.

– ¿Cómo puede ser? -se preguntaba en voz alta el profesor Korcek, evitando la presencia de Mimí-. ¡No es un prodigio: es una maldición!

La sede argentina del Congreso Aquileo sería un fraude, murmuró frente al espejo. El poco pelo que le quedaba parecía una imitación. No podía dictar su conferencia inaugural sin haber terminado de leer la obra cumbre de los congregados.

A las cinco de la tarde del 30 de octubre de 2020 el profesor Korcek se paró frente al estrado. Los aquileanos los aguardaban expectantes. Mimí lo flanqueaba, con una jarra de agua y un vaso.

– Acompáñenme, por favor -confesó Korcek.

La concurrencia en pleno se puso de pie. El libro superaba las 550 páginas. Los aquileanos lo seguían conversando entre ellos. Mimí permaneció en el salón especialmente alquilado, junto a la laguna. Sin saber qué decir, Korcek los llevó hasta la estatua de Alfonsín.

– Lamento no dar curso a la conferencia inaugural junto a una laguna, como es nuestra inveterada tradición -comenzó Korcek. Miró fijo el rostro labrado de Raúl Alfonsín, cuánto lo había admirado. Rememoró su caída, en el año ’89. Repentinamente, un rayo de luz le iluminó el pensamiento.

– Pero éste será un lugar no menos atinado -remendó Korcek-. Tetis tomó del talón a su hijo Aquiles para no condenarlo a la inmortalidad.

Un mensaje de WhatsApp interrumpió al profesor Korcek. Como nunca había recibido uno, desconocía el protocolo. Detuvo sin la menor urbanidad el discurso, y chequeó el misterioso artefacto, como un hombre que acabara de descubrir el fuego: Mimí anunciaba su partida, se casaba con el presidente del Club de Pescadores.

– Sólo los mortales pueden ser héroes e inolvidables -recomenzó Korcek-. No es inolvidable un inmortal, puesto que está: inolvidable es el mortal que no se olvida. Por eso Tetis bendijo a su hijo con una debilidad.

WD

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