La Misa Criolla: la conmovedora historia que inspiró una obra cumbre de la música argentina



La Misa Criolla es, sin lugar a dudas, uno de los grandes hitos de la música popular argentina. Grabada en 1964 por Los Fronterizos y el coro de la Cantoría de la Basílica del Socorro, conducido por el Presbítero J. P. Segade, la obra de Ariel Ramírez, también director de su versión original, en sus 16 minutos y medio sintetiza de modo notable la esencia de la música folclórica argentina y el espíritu de la liturgia católica.

Pero su trascendencia, al cabo de los 56 años que pasaron desde el lanzamiento de su primera edición, superó largamente las fronteras de ambos universos, para convertirse en una obra de alcance global, que atravesó no sólo los límites geográficos sino los de otros géneros musicales tanto como los de otras religiones, que hicieron propio tanto su contenido artístico como el mensaje que encierra.

“No creo que para interpretarla deba necesariamente ser un hombre religioso. En todo caso, sí ser un hombre espiritual para dejarse conmover con la belleza de la obra. En ese sentido yo siempre la abordo más como una obra de paz, por sus propios textos. Vivimos tiempos salvajes y un llamado a la paz siempre es urgente y necesario”, señaló en 2017 Facundo Ramírez, hijo de Ariel, también pianista y compositor, e una entrevista ofrecida a un medio uruguayo, sintetizando de algún modo el espíritu de la Misa.

Ariel Ramírez logró hacer confluir en su “Misa Criolla” la esencia del folclore argentino con el espíritu de la liturgia cristiana. (Foto: Santiago Pandolfi)

De algún modo, esa apelación a lo espiritual más que a lo estrictamente litúrgico fue seguramente la llave para que la obra fuera interpretada y también grabada en distintos puntos del planeta, de Japón a Polonia, de Alemania a Perú, y por diferentes intérpretes, tanto del campo de la música popular como de la llamada académica, como Zamba Quipildor, José Carreras, Mercedes Sosa, Dominic Miller (con Plácido Domingo) y Patricia Sosa, entre muchos otros.

De hecho estreno en público no fue en la Argentina sino cruzando el Río de la Plata, en 1965 en Montevideo, según recordó antes de una presentación, en 2003, el percusionista Domingo Cura, quien fue parte del registro original, además de la primera gira de presentación de la obra por Alemania, en 1967.

Los Fronterizos, Ariel Ramírez, Domingo Cura y Jaime Torres, durante la gira de presentación por Alemania. (Foto: Paulino Caballero)

“Es increíble, las grabaciones que se han hecho en el mundo. En Grecia hay un famoso tenor, que se llama (George) Dalaras, que es el ídolo más notable que hay en el Medio Oriente, por donde gira permanentemente, que la canta y la grabó. También José Carreras… La semana pasada la tocamos en el Royal Festival Hall, en Londres”, contó alguna vez durante una entrevista realizada por Pacho O’Donnell, que se puede ver completa en la plataforma Cont.ar

La repercusión se refleja, desde el punto de vista comercial, en las más de 30 millones de copias que llevaba vendidas a comienzos de este siglo y en la obtención de un premio Grammy Latino para la versión registrada por Mercedes Sosa en 1998, entre muchos otros reconocimientos; de la misma manera que desde el artístico ocurre con la multiplicación de interpretaciones, fundamentalmente ante la inminencia de las celebraciones de las Pascuas y la Navidad u otras festividades religiosas.

Sin embargo, lo cierto es que en su génesis más remota, la idea de Ramírez no tenía forma de misa. En todo caso, la cuestion giraba en torno a la composición de, según sus propias palabras, “algo profundo, religioso, que honrara la vida, que involucrara a las personas más allá de sus creencias, de su raza, de su color u origen. Que se refiriera al hombre, a su dignidad, al valor, a la libertad, al respeto del hombre relacionado a Dios, como su Creador”.

Pero esa motivación, lejos de haber surgido por algún milagroso episodio de generación espontánea, hay que rastrearla en un pasado que se extiende una década más allá del año de la grabación de la Misa, en 1964, y a varios miles de kilómetros de Buenos Aires, mientras Ramírez pasaba un largo tiempo en Europa, en plan de enriquecer los conocimientos musicales que había cultivado desde muy joven y en simultáneo con su tarea docente en un puesto rural de montaña, a partir de su fascinación con la música de los indios, gauchos y criollos.

Una de las innumerables presentaciones de la “Misa Criolla” en tierras europeas, donde la obra trazó su propio camino.

Allí, el flamante treintañero nacido en Santa Fe en 1921 estudió tradiciones folclóricas en la Academia de Viena y en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, y en su paso por Italia había conocido al Padre Antuña, quien a su vez le presentó al Padre Wenceslao van Len. “Un holandés con quien nos entendíamos en un italiano básico pero eficaz, y al mismo tiempo bastante divertido”, recordó Ramírez en alguna ocasión.

Según su relato, el propio Van Len lo llevó a Holanda y desde allí lo recomendó a un convento en Würzburg, “una pequeña y hermosa localidad a unos 100 kilómetros de Franckfurt”, donde Ramírez fue a parar, precisamente en un convento de la orden de misioneras de Mariannhill. “En ese convento no podía hablar con nadie, porque nadie sabía español, ni francés -que yo tartamudeo un poco-, ni italiano. Hasta que alguien, dentro del convento, me cuenta que había dos monjitas que hablaban español. Las fui a ver, y en realidad no hablaban español sino portugués. Pero empecé a visitarlas, todos los días. Primero, porque me convidaban con muy buenos platos, y después porque eran encantadoras”.

El convento de la orden de Mariannhill, en Würzbug, donde Ramírez escuchó la historia que lo inspiró a componer una obra religiosa.

El relato de Ariel Ramírez se repite, tanto durante su entrevista con O’Donnell como en otras ocasiones, con mínimas variaciones. En él, cuenta que “frecuentemente, desde la ventana de la cocina, contemplaba el magnífico paisaje semiboscoso, gloriosamente verde, con una enorme casona que a lo lejos se dibujaba de blanco con las últimas nieves de la primavera”.

“Tanta belleza -continúa contando- me producía sentimientos exultantes y, desde mis jóvenes años, me parecía estar un paso más arriba de la tierra”. Pero su sensación, en cambio, no era compartida en igual sentido por las hermanas Elizabeth y Regina Brückner, cuya estadía en Portugal le había resuelto al músico el tema de la comunicación.

Durante los primeros años de la década del 50, Ariel Ramírez amplió sus formación musical en Europa. (Foto: Santiago Pandolfi)

Fueron ellas, entonces quienes le contaron que allí donde él veía un parque encantador, hasta poco tiempo antes había habido no más que escombros, y que la enorme casona había sido parte de un campo de concentración nazi que había dejado de funcionar poco más de cinco años antes.

“Estas monjitas me contaron que ellas sintieron piedad por los hombres que estaban detenidos. Se apiadaron, y todas las sobras de comida del convento, una noche las metieron en unas bolsas, y poniendo en riesgo su vida -porque era la horca o ayudar a un judío- escarbaron al lado de la alambrada y la pusieron allí. Fue la primera noche, y al día siguiente el paquete no estaba; al siguiente lo volvieron a hacer, y así siguieron durante un año y medio. Ayudando, no sabían ellas a quién. Pero esa pobre gente que estaba esperando la muerte en cualquier momento, las miraban, y esos ojos eran de agradecimiento”, contó el músico en repetidas oportunidades.

Palabra de Ariel Ramírez: “Un día de 1954, tal vez del mes de mayo, estando en Liverpool, no puede resistir la tentación de subir a un barco, el Highland Chefstein, que iba a Buenos Aires donde me esperaban mi hija Laura, de cinco años y mis viejos, que superaban los setenta. Me había convencido que en dos meses regresaría al lugar donde ya había decidido afincarme para siempre. Pero el destino me reservaba otro rumbo. En aquel barco que atravesaba el Atlántico hacia el sur, empecé a rememorar el relato de las hermanitas Brückner y a pensar en toda la solidaridad humana, todo el amor que había recibido, de parte de gente extranjera con la que apenas podíamos comunicarnos por el desconocimiento mutuo de nuestras lenguas. Me conmovía pensar en que todo lo que recibí fue exclusivamente por amor a mi música y a mi persona, hasta que comprendí que sólo podía agradecerles escribiendo en su homenaje una obra religiosa. Pero no sabía aún cómo realizarla.”

La “Misa Criolla”, en su paso por Londres, con Ariel Ramírez al mando y un imponente marco.

La semilla había sido plantada en el disco rígido del compositor, y lo que vendría después era una germinación lenta, que llevó un largo rato, y que también él mismo detalló de manera pormenorizada: “Con el tiempo Europa quedó muy lejos… Pero mi pensamiento seguía centrado en la idea surgida en el Atlántico. En esta búsqueda comencé a reunir información, y es así que tiempo después me encontré con el Padre Antonio Osvaldo Catena, amigo de la juventud en Santa Fe, mi ciudad natal, quien fue realmente el que transformó la base de lo que yo había escrito pensando en una canción religiosa en una idea increíble: la posibilidad de componer una misa con ritmos y formas musicales de esta tierra”.

La decisión del Concilio Vaticano II, que sesionó en 1963 bajo la presidencia del papa Paulo VI, de autorizar la celebración de misas en las lenguas locales completó el cuadro. Que, a la sazón, Catena fuera en 1963 el presidente de la Comisión Episcopal para Sudamérica encargada de realizar la traducción del texto latino de la misa al español fue la frutilla del postre. Entonces, el Kyrie adoptó una forma de vidala/baguala; el Gloria de carnavalito; el Credo, de chacarera trunca, el Sanctus, de carnaval cochabambino, y el Agnus Dei, un estilo pampeano.

“Cuando ya tenía terminados los bocetos y formas del ordinario de la misa el mismo Catena me presentó a quien realizaría los arreglos corales de la obra: el Padre Segade”, concluyó su relato Ramírez.

Así es la tapa de la edición original del LP de “Misa Criolla”, publicado en 1964.

Lo que siguió, fue convencer a la gente de su compañía discográfica que el proyecto bien valía la pena su apoyo. Según contó Cura, la cosa no era tan sencilla. “En 1964, el sello no la quería grabar porque la consideraba muy adelantada, casi de vanguardia”, explicó. Pero tampoco resultó tan difícil, a juzgar por el relato del compositor, que eligió como voces principales para su creación las de Eduardo Madeo, el “negro” Gerardo López, Julio César Isella y Juan Carlos Moreno; juntos, Los Fronterizos.

“Me llama el presidente de Philips, hablándome de reeditar el éxito del disco de piano y charango (Jaime Torres y yo). Entonces le cuento lo de la Misa. El no sabía de qué se trataba, salvo lo de la Misa Luwa. Entonces me desafió: ‘Si puedes asegurarme que esa misa venderá más de 2500 discos, la largamos’. Empezamos a grabarla en Odeón, con Los Fronterizos y la Cantoría del Socorro, y terminamos a fines de octubre, porque tenía que salir a la venta para la Navidad. Cuando el presidente de Philips escuchó como primicia la grabación, me llamó llorando: ‘Ariel, hiciste una obra maravillosa… estoy conmovido… quiero felicitarlos a todos…'”

Pocos días después de la grabación, así revelaba la primicia el diario El Tribuno, de Salta, avisados por un llamado telefónico desde Buenos Aires del fronterizo Madeo. “Grabaron Los Fronterizos la obra de Ramírez Misa Criolla”, tituló el periódico. Y sus responsables arriesgaban un pronóstico, al señalar que sus “comprovincianos” habían grabado “una obra que, a no dudarlo, tendrá trascendencia internacional”.

Lo demás, es una historia que se sigue escribiendo, cada vez que la percusión marca el rumbo del coro estremecedor del Kyrie, y la obra maestra de Ariel Ramírez comienza a sonar una vez más. 

E.S.

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