La historia de Martha Graham, la coreógrafa que inspiró a Madonna



Cuando la bailarina y coreógrafa Martha Graham cumplió 95 años en plena actividad artística, el crítico Clives Barnes de la revista neoyorkina Dance Magazine encabezó un editorial con estas palabras: “Aunque ustedes no necesitan que se los recuerde, Martha Graham es una institución de los Estados Unidos. Una institución norteamericana como lo son la bandera, la maternidad y el pastel de manzana; todo el mundo la conoce, todo el mundo la respeta”.

Pregunta: ¿cómo logró una coreógrafa revolucionaria, a principios del siglo XX y partiendo desde el lugar más radicalmente independiente e incluso marginal, llegar a constituirse en una institución de los Estados Unidos? Una respuesta breve y real: poseía una gran valentía, una gran integridad artística y una dedicación casi religiosa a su trabajo.

Martha Graham es una de las más grandes artistas del siglo XX, -de las artes en su conjunto y no sólo de la danza- y una personalidad excepcional. Ciertamente formó parte de un pequeño grupo de pioneros de aquella naciente danza moderna y es preciso nombrar aquí a sus colegas, la gran Doris Humphrey y Hanya Holm. Pero aún sabiendo que las comparaciones son odiosas, es igualmente cierto que la carrera de Graham fue increíblemente prolongada y también que produjo un lenguaje de danza para el siglo XX y un enorme repertorio de obras en todos los registros imaginables: dramáticos, humorísticos, líricos, poéticos; en la variedad de su paleta se la ha comparado con Pablo Picasso.

Martha Graham, en su faceta de bailarina clásica. MARTHA GRAHAM EPU ARCH

Por otra parte, creó ella sola una técnica para la formación de bailarines, la única nacida exclusivamente de una cabeza individual; la otra gran técnica, la del ballet clásico, fue amasándose a lo largo de tres siglos con los aportes de diferentes maestros, coreógrafos e intérpretes. No hay un autor de la técnica del ballet clásico con nombre y apellido; pero existe la técnica Graham que se enseña desde hace largas décadas en escuelas de danza del mundo entero.

Martha Graham fundó también una compañía que en 2020 ingresó en su 95 aniversario, por muy lejos la más antigua de la danza moderna, y entrenó en su técnica a generaciones y generaciones de bailarines.

Pero no sólo a bailarines: fuera del campo estricto de la danza, Henry Fonda, Gregory Peck, Bette Davis, Joanne Woodward, Woody Allen, Liza Minelli y Madonna se cuentan entre sus discípulos.

Madonna era una adolescente cuando comenzó a asistir a la escuela de Martha Graham en Nueva York y solía llegar dos horas antes de su propia clase para poder ver a Martha en el momento en que entraba al estudio. Dos estrellas del ballet, Rudolf Nureyev y Margot Fonteyn, se sintieron honrados de que la coreógrafa montara una obra para ellos y Mijail Barishnikov, que lo eligiera para el rol de El penitente. De su compañía salieron dos enormes coreógrafos estadounidenses: Paul Taylor y Merce Cunningham, y su influencia en los creadores que la sucedieron puede compararse únicamente, quizás, con la de George Balanchine.

Madonna y Martha Graham: la reina del pop fue discípula de la coreógrafa.

Había nacido en 1894 en la ciudad de Pittsburgh, estado de Pennsylvania; pero en 1908 la familia, compuesta por los padres y tres hijas mujeres, se trasladó a Santa Bárbara, en la soleada California, a causa del asma de una de las niñas. Cuando Martha tenía 17 años su padre la llevó a ver un espectáculo de danza en Los Angeles. Era un recital solista de Ruth St. Denis, una bailarina muy celebrada en aquel momento y que interpretaba piezas de inspiración oriental. No eran danzas muy auténticas: ni demasiado egipcias ni particularmente hindúes ni excesivamente japonesas. Pero Ruth St. Denis tenía una personalidad escénica genuina y poderosa y a nadie le inquietaba mucho la autenticidad.

Es en aquel recital que apareció para Martha Graham, como una revelación, el camino que la esperaba. Pocos años después ingresó a la Escuela Denishawn, que Ruth St.Denis había creado junto con su marido Ted Shawn en 1915. El enfoque de esta escuela era muy revolucionario y ofrecía una educación completa para la formación de un bailarín profesional; en el plan de estudios figuraba la danza clásica (pero con los pies descalzos), danzas étnicas de América y España, yoga, danzas orientales, maquillaje, iluminación, música y un tópico especial: el arte de posar para las fotografías, que Ruth St.Denis consideraba esencial para la carrera de un intérprete.

Martha Graham se formó en la escuela de St.Denis y Shawn, pero también integró la Compañía Denishawn, que en realidad estaba compuesta por dos conjuntos distintos: uno ofrecía recitales serios y el otro actuaba en los circuitos de vaudeville, un género muy popular en los Estados Unidos de las últimas décadas del siglo XIX y comienzos del XX y que fue desplazado luego por otro entretenimiento más novedoso y más barato: el cine.

Los espectáculos de vaudeville reunían en una velada números tan variados como perros amaestrados, ventrílocuos, actores cómicos, cantantes, monos, magos y bailarines. Martha Graham, insatisfecha con muchos aspectos de Denishawn, dejó California para instalarse en Nueva York donde para ganarse la vida entró en la compañía de revistas “Greenwich Follies” en Broadway. Después de un tiempo renunció, comenzó a dictar clases y a explorar su propio camino subsistiendo con un ingreso mínimo. Tres años más tarde Louis Horst se le unió en Nueva York; Horst había sido director musical de Denishawn y durante mucho tiempo fue el amante, el protector, el amigo y el sostén de Martha, el “muro –decía él- donde la hiedra puede apoyarse para crecer”.

Mijail Baryshnikov le rinde tributo a Martha Graham. Ella lo eligió para el rol de “El penitente”.

Otro gran soporte de Martha Graham en sus primeras experimentaciones fue un pequeño grupo de bailarinas con las que empezó a probar un lenguaje nuevo de movimiento. Encontró en ellas una entrega devota; no eran jovencitas cabeza hueca sino mujeres que tomaban muy seriamente la danza. Dedicaban a Martha todo el tiempo del que disponían: todos los días desde el atardecer hasta la medianoche, excepto los feriados y fines de semana que ensayaban la jornada entera. Los maridos de estas bailarinas formaron el club “Esposos del Grupo de Martha Graham” para entretenerse mientras sus mujeres pasaban las horas en el estudio de danza. Cuando Martha les pidió ensayar una víspera de Año Nuevo los muchachos se rebelaron y las cosas tomaron un cauce más normal.

Graham era una personalidad difícil: temperamental, muchas veces cruel y despótica, impaciente y colérica (cuentan que ella y su marido, el bailarín Eric Hawkins y gran amor de su vida, estuvieron a punto de empujarse el uno al otro desde el borde de un precipicio durante una discusión violenta). Pero al mismo tiempo podía ser compasiva, generosa, tierna y una amiga muy leal.

También tenía coraje: en 1935 el gobierno nazi le hizo llegar una invitación, la única dirigida a un artista estadounidense, para que participara con su compañía en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936; tres años después comenzaría la Segunda Guerra Mundial, pero ya había en Alemania persecuciones contra la colectividad judía. Esta invitación hubiera significado para Martha Graham una publicidad mundial y una suma de dinero que necesitaba desesperadamente. Sin embargo, dijo a los representantes alemanes: “Vean, la mitad de mis bailarinas son judías”. Ellos protestaron: “todas serán tratadas con respeto”. “¿Pero realmente creen –contestó Martha- que yo podría entrar a un país donde se trata a su gente de esa manera?”. “Es una pena”, fue la respuesta del cónsul. “En realidad -dijo Martha- es malo para ustedes, porque todo el mundo sabrá exactamente la causa de mi negativa”.

Stuart Hodes y Martha Graham , en “Appalachian Spring”, en 1955, en Nueva York. Foto AP

En 1937 bailó por primera vez en la Casa Blanca invitada por Eleanor Roosevelt, de quien llegaría a ser muy amiga. El asistente que le habían asignado le dijo: “No puede presentarse descalza frente al presidente”. Graham le contestó: “No camino descalza ni siquiera en mi propia casa; es el personaje que interpreto en mi danza el que está descalzo”. Tenía un concepto sagrado de la escena y su retiro como bailarina fue la decisión más dura de su vida.

“Nunca pienso en las cosas que hice; sólo en las que quiero hacer y en las que todavía no he hecho”. De esta manera hablaba Martha Graham en una entrevista poco antes de cumplir noventa años. Aún tenía por delante siete años más de vida y varias obras por crear.

WD

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