La diva Gene Tierney y las consecuencias de no cumplir una cuarentena



En el dorado Hollywood de los años cuarenta, el rostro de la actriz Gene Tierney (1920-1991) era deslumbrante, casi felino. Darryl Zanuck, legendario productor de la Fox, la llamó: “la mujer más bonita de toda la historia del cine”.

No tenía en la pantalla la excitación animal de Joan Crawford o Barbara Stanwyck y su belleza era hierática, pero aun así Gene Tierney lograría trabajar a las órdenes de ilustres directores como Fritz Lang, John Ford, Joseph von Sternberg.Otto Preminger (con él rodó Laura, tal vez el filme por el que más se la recuerde) o Jules Dassin. Tierney tuvo una nominación al Oscar en 1945, por su labor en Que el cielo la juzgue, una de las pocas ocasiones en que le tocó en suerte protagonizar a una “mala”, obsesionada por celos patológicos que terminarán causando la desgracia de todos los que la rodean.

Cuando en 1941 se produjo el sorpresivo bombardeo japonés a Pearl Harbour, el sentimiento de los habitantes de Los Ángeles era una mezcla de miedo y la repentina conciencia de la fragilidad humana. Todo el mundo pensaba que si los japoneses se habían arriesgado a lanzar un ataque de esa magnitud, ¿cómo no iban a intentar arrasar con esos parajes, a sabiendas que la mayoría de los aviones de guerra estadounidenses se fabricaban en la zona de Baja California?

Gene Tierney en la película “Que el cielo la juzgue”, una de las pocas oportunidades que tuvo de hacer un papel de malvada.

La ubicación estratégica de la ciudad la transformó en punto de partida para los miles de jóvenes que emprenderían viaje hacia el Pacífico con fines bélicos. Y en esas colinas, la principal atracción era Hollywood y sus legendarias estrellas. Aparentemente fue el actor John Garfield, el apolíneo protagonista de El cartero llama dos veces junto a Lana Turner, quien tuvo la idea de organizar lo que se llamó la Cantina Hollywood, donde los soldados pudieran conocer a las actrices y a su vez sentir que podían colaborar en un gesto patriótico con sus semejantes. La presidenta del espacio y alma mater principal fue la inolvidable Bette Davis, nada menos.

El sitio era una antigua caballeriza alquilada en la que los empleados de los estudios fueron de manera voluntaria a pintar paredes, iluminar y convertirlo en un centro social que recreara las condiciones idílicas necesarias para la aparición de figuras como Katherine Hepburn, John Wayne, Veronica Lake, Bob Hope, Cary Grant, Frank Sinatra, Fred Astaire y hasta la mismísima Marlene Dietrich, entre muchos otros.

A Tierney le parecía normal que la llamaran “para recordarme que últimamente no había aparecido por la cantina para entretener a los soldados. Me sentía culpable por ello”. El origen de la ausencia estaba en su embarazo, que la sometía a períodos de fatiga extenuante. A pesar de todo, sacó fuerzas y un día fue a llevar su apoyo, contribuyendo con la noble causa de distraer a los reclutas. Días después, al aparecerle unas manchas rojas en la piel, se le diagnosticó rubéola y debió posponer ir tras su esposo Oleg Cassini, que se había alistado como guardacostas. Él era figurinista de la Paramount, descendía de una condesa rusa venida a menos y tenía servicio asignado en Kansas. Se instalaron primero en el cuartel y más tarde alquilaron un lugar pequeño donde estar más tranquilos. Daria, su pequeña hija, nació prematura, pesaba menos de un kilo y medio y fue sometida a once transfusiones de sangre. Al año se descubrió que oía y veía con dificultad y los médicos pronosticaron que ambos padecimientos se agravarían. Recién por entonces se comenzaba a saber que, si una mujer padecía esa enfermedad, en los primeros meses de embarazo, la criatura era afectada seriamente. “No quería, ni podía aceptar que Daria fuese retrasada o tuviese alguna lesión cerebral”, recordaría Tierney. Las peleas del matrimonio fueron en aumento, favorecidas por la situación extrema que estaban viviendo. El divorcio era inevitable y en 1952, el resultado final fue la internación de la pequeña en un colegio de Pennsylvania.

Gene Tierney con su hija Daria,

Pasado el tiempo, Tierney jugaba tenis con unos amigos en el cálido Los Ángeles cuando una joven se le acercó, sonrió y comentó que se habían conocido en la cantina de actores. La muchacha le contó que estuvo alistada en la sección femenina de los Marines, que una epidemia de rubéola había afectado a su campamento y que había violado la cuarentena impuesta para ir a conocerla porque era su estrella favorita. Tierney se quedó callada durante unos instantes, recordó que se había despedido de aquella muchacha con un beso en ambas mejillas, se dio vuelta sin decir palabra y se retiró. Ella era quien la había contagiado y, de algún modo, transmitido también los problemas a su hija. “Después de aquello dejó de importarme el volver a ser la actriz preferida de nadie”, escribió en Autorretrato, su biografía.

A Gene Tierney han llegado a calificarla como “la actriz más linda de Hollywood”.

Lejos de sus comentados romances juveniles con Howard Hugues, John Kennedy y el príncipe Alí Khan, comenzaba su etapa más oscura: se alejó de los sets, intentó suicidarse y terminó aislada en una clínica psiquiátrica donde le aplicaron 27 sesiones de electroshock que le hicieron perder gran parte de su memoria. Recuperada del vacío interno y la desesperación, volvió a casarse en 1960, con el magnate del petróleo W. Howard Lee, ex marido de Hedy Lamar, junto a quien estuvo hasta el fallecimiento de él en 1981. La siguiente década, Tierney dedicó todo su esfuerzo a instituciones benéficas que trataban el retraso infantil. Sólo hizo un par de apariciones televisivas en el Show de Johnny Carson, hasta que un enfisema pulmonar, fruto de tantos años de fumar para volver su voz más grave, puso fin a sus días en 1991.

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