La discografía de Talking Heads ordenada de peor a mejor



¿Cómo quedaría la discografía de Talking Heads si la ordenáramos de peor a mejor? A continuación, una respuesta posible

En apenas once años, el lapso que va de 1977 a 1988, los Talking Heads entregaron ocho discos que capturaron el espíritu post-punk y la new wave de la época. Pero también su más allá experimental. David Byrne en guitarra y voz, Chris Frantz en batería, Tina Weymouth en bajo y Jerry Harrison en segunda guitarra, teclados y voz animaron los ochenta desde su audacia e inventiva ¿Cómo ordenar su discografía de peor a mejor? Acá una propuesta.

8) True Stories (1986)

Algo ya no andaba bien en este disco. David Byrne se había embarcado en la realización y dirección de una película satírica cuya música pretendía, con cierta lógica, que proviniera de Talking Heads. El tema es que las canciones (como ya había sucedido con Little Creatures, pero no así con los discos anteriores, caracterizados todos por su origen azaroso, colectivo y fluido) ya estaban hechas. Se la entregó el cantante al grupo en un casete mientras él se ocupaba del film. La banda se encerró entonces a darles el terminado final, pero no a componer. Y ese desdoblamiento obligado, de mala espina, se notó en el resultado final. Conspiró contra la frescura y fluidez que hasta el momento casi siempre había caracterizado a Talking Heads. Sin embargo, empero, hay algunas perlas. “Love for Sale”, el tema de apertura, con ese approach a lo Robert Palmer, con el tiempo se convertiría en un clásico de las fiestas ochentosas (y a mucha honra). “Wild Wild Life” es uno de los hits más reconocibles de Talking Heads (y esta bien, el tiempo no le hizo perder su genuina simpatía algo boba). Y “Dream Operator” llega a emocionar. Todo el disco en sí es agradable, por momentos entretenido, por otros alegre. Lo cual no estaría mal si Talking Heads no hubiese sido hasta ahí bastante más que eso. O sea, el baile cerebral no sólo de los ánimos. Acá la danza de los cuerpos sabe un poco hueca.

7) Naked (1988)

El último capítulo no tenía manera de ser un final feliz. El sueño de Talking Heads, el que alguna vez había impulsado y unido a David Byrne, Chris Frantz y Tina Weymouth (luego se sumaría Jerry Harrison) en aquel piso desvencijado y post-industrial del Bowery de Nueva York, ya no existía más. Ya se habían realizado, ya eran famosos, ya no eran amigos. Por suerte ellos, aunque lo intuían, aún no lo tenían tan claro. Y esa sensación de función final no impregna de manera total al disco. Que de hecho no solo irradia en varios momentos un sabor latino (ese arranque con la funky-mambo “Blind” y la salsera “Mr Jones” sí que levanta el ánimo) sino que también transmite una sensación de matriz creativa grupal que recuerda a sus mejores épocas. La producción corrió por cuenta de Steve Lillywhite, que no será Brian Eno (de hecho se complementó con el ex Roxy Music cuando sus exigencias o demandas en sus famosos trabajos para U2 irritaban a Bono y Cía), pero por supuesto da la talla. Y el disco tiene riesgo, tiene belleza (¡esa guitarra proto cumbia peruana en ” (Nothing but) flowers”!). Tiene grandes invitados (Johnny Marr de The Smiths, por ejemplo). Pero no tiene esa aventura vibrante que supimos amar de Talking Heads. No es un disco feliz. Y se nota.

6) Little Creatures (1985)

Como nunca antes Talking Heads exploró en este disco la canción. Lejos de surgir de riffs o de fragmentos de grooves, los temas nacen acá de la cabeza febril de David Byrne que por primera vez los presenta al grupo ya casi terminados (luego repetiría ese procedimiento con menos suerte en True Stories). Paradójicamente “Road to nowhere”, la canción central y a la postre gran hit, dice: “Bueno, sabemos a dónde vamos/ Pero no sabemos dónde hemos estado/ Y sabemos lo que sabemos/ Pero no podemos decir lo que hemos visto” (“Well, we know where we’re goin’/ But we don’t know where we’ve been/ And we know what we’re knowin’/ But we can’t say what we’ve seen”). O sea, por primera vez las cosas estaban muy claras a la hora de grabar, aunque también cierta incertidumbre queda latente. Aparecen los tópicos mundanos (la crianza de un bebé en “Stay up late”), por primera vez el grupo mete temas en el top ten (la todavía encantadora “And she was”) y en general la escucha es accesible, lo cual redunda -sin sorpresa para nadie- en el disco más vendido de su discografía. “Pasamos tantos años tratando de ser originales que ya no sabemos lo que es ser original”, dice Weymouth en una entrevista. Y el resultado efectivamente es un muy buen disco. Aunque a la distancia es inevitable pensar a Little Creatures como el verdadero final de la banda.

5) More Songs About Buildings and Food (1978)

Con el antecedente de un excitante y prometedor disco debut, Byrne y los suyos consiguen atraer el interés de Brian Eno que estaba lleno de ideas y abordajes originales tras grabar Low, con David Bowie. Y que básicamente se tradujo en poner en un primer plano a la base rítmica de Tina Weymouth (bajo) y Chris Frantz (batería), su groove. Fue un énfasis crucial. A partir de ahí, si bien siempre bajo la cabeza creativa de Byrne (que al fin de cuentas le ponía letra y voz a esos pedacitos de canción luego vertebrados en ondas rítmicas y estimulantes), el alma y el encanto de Talking Heads tendrían que ver principalmente con esa extraña y poderosa interacción polirrítmica. Que en este caso por momentos podía ser escurridiza (como en “The Good Thing” o “The Girl Wants To Be With Girls”), por otros avasallante (“Thank You for Sending Me An Angel”) y por otros simplemente sensual (el cover de Al Green, “Take Me to the River”). Talking Heads pega el estirón y si bien en su conjunto la colección de canciones no es superior a la de 77, sí encuentran su rumbo, su razón de ser.

4) Talking Heads 77 (1977)

Cambios repentinos de rumbo, canto nervioso, tonalidades extrañas de guitarra, letras como extractos de un lunático suelto. Todo lo que luego identificaría a Talking Heads ya está aquí. Sólo que con la frescura de los que recién empiezan y la visión de los que ya nacen grandes. Conviene no pasar por alto el título del disco: Talking Heads 77. ¡1977! En el año de la explosión punk y de todo lo que aquel cimbronazo significó en términos de cambio radical de valores, estética y consumo de rock, este grupito de novatos surgidos de una escuela de arte para hijos de clase media acomodada (a la vez que curtidos desde hacía un par de años antes en los más bajos fondos de Nueva York; una especie de Constitución plagada de zombies, ratas pero también artistas under) ya marcaban la revolución después de la revolución. “Cuando giramos por primera vez por Europa con los Ramones, la gente estaba hambrienta de punk. Y no es que nosotros lo fuéramos tanto. ¡Éramos post-punk antes de que existiese el punk! Pero también veníamos del CBGB y la descontrolábamos bastante”, cuenta Chris Frantz en su autobiografía. Y así era. Entre muchos méritos que lo hacen un gran disco debut (incluyó “Psycho Killer” que recién sería hit años más tarde cuando la banda explotó), este ’77 tiene la cualidad de plasmar lo que luego la new wave convertiría en habitual aunque no siempre con tanta gracia: música liviana pero filosa, bailable pero extraña, excitante pero también inteligente. Las cabezas parlantes tienen algo para decirnos y está buenísimo.

3) Speaking In Tongues (1983)

Bueno, entramos en el terreno de los discos cinco estrellas premium full-full. Cuentan los protagonistas que cuando llegó el momento de ver qué hacían luego del parate impuesto por David Byrne para grabar su primer disco solista (y que Frantz y Weymouth aprovecharon para sacar de la galera Tom Tom Club, su proyecto paralelo que pegó un inesperado hit en el circuito de discotecas -así se decía entonces- con “Genius of Love”) lo primero fue asumir que ya no seguirían trabajando con Brian Eno. “Sus demandas habían empezado a volverse cada vez más extravagantes”, relata Frantz en su autobiografía. Y para la banda fue una oportunidad. Ya experimentados de haber llevado su propuesta hasta el extremo con Remain in Light, Speaking in Tongues fue, de alguna manera, una puerta de salida. Acá hay más formato canción y una intención más focalizada. Pero hasta ahí nomás. El uso de sintetizadores domina de punta a punta el disco y el impulso es siempre bailable. Pero no van con la más fácil. El groove es pesado y denso. Espeso y seductor. “Girlfriend is Better” es como instalar una disco en una estación espacial. “Slippery People” lleva el coro gospel a otra dimensión. “I Get Wild/Wild Gravity” tiene algo del suspenso que sabía practicar The Police en temas como “Wrapped Around Your Fingers”, pero filtrado por la pantalla pixelada de un Space Invader. Todo sabe a distopía futurista, pero a la vez a mundo paralelo e hipnotizador. Talking Heads entrega su última obra maestra aunque todavía no lo sabe.

2) Fear of Music (1979)

“¿Yo Zimbra?”. ¿Qué son esos símil timbales y coros afro abriendo un disco de rock? Hoy la consigna podrá parecer lo más habitual del mundo (y políticamente correcta, claro), pero en aquellos fines de los setenta todavía sonaba sorpresiva y hasta amenazadora. “Gadji beri bimba clandridi/ Lauli lonni cadori gadjam”, clama Byrne en un idioma inventado que bien podría servir para ahuyentar un león (o dar inicio a un asalto zulú). Y que marca el carácter vibrante, shockeante y multicultural del álbum: teman a la música. Como en More Songs., el aporte de Brian Eno vuelve a ser fundamental, empujando la banda hacia fuera de sus propios límites, convirtiéndose en los hechos en un quinto integrante de Talking Heads obsesionado con engordar y a la vez alienar el groove. La mayoría de los temas son conceptos de una sola palabra. Por ejemplo, “Mind” (con Byrne retorciéndose entre gruñidos y mohines), “Cities” (con ese incansable machaqueo rítmico) o “Heaven”, que parece fuera de registro (es Talking Heads adoptando el mood celestial de Neil Young) pero que acá funciona como remanso para uno de los discos más estimulantes y cambiantes de su era.

1) Remain In Light (1980)

Después de Fear of Music parecía difícil ir aún más allá en esa dirección. Pero los Talking Heads estaban en la cima de sus capacidades y, se ve, dispuestos a todo. El modelo a expandir fue “I Zimbra”, canción que había surgido a partir de la escucha fructífera del afrobeat de Fela Kuti y su manejo de los polirritmos expansivos. “Hay algo esencial en perder el control sobre lo que hacés”, decía Tina Weymouth en los comienzos del grupo y no hay duda que fue en este disco donde más soltaron el control. Construidos en base a pedazos de sesiones libres que primero aislaban y luego repetían mántricamente, los temas de Remain In Light podían ir desde una especie de electroshock tribal (“Born Under Punches (The Heat Goes On)”) a algo así como un gospel polirrítmico (“Once in a Lifetime”) o una plegaria de ultratumba (“The Overload”). Música que lanza latigazos, se retuerce, serpentea, pero nunca se quiebra. Es sin duda el álbum más grupal de Talking Heads, el que verdaderamente usa la voz nerviosa de Byrne como invocación de otras realidades mientras por debajo corre una agitación neurótica. Y el que proyecta esa luz tórrida que aún hoy permanece.

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