La cuarentena de Graciela Borges, entre la meditación, la pileta y los cuentos de terror con su nieta



Unas vacaciones estiradas, con “dos amigas de la vida”, la encontraron en su casa de Pilar cuando se declaró la cuarentena obligatoria por el coronavirus. “Y nos quedamos, con cinco perros comunitarios, la pile y una convivencia muy clara: cada una hace la suya y nos juntamos cuando queremos, especialmente a la hora de la cena. Somos muy independientes: yo nado, medito, leo, sé poner el cuerpo en situaciones límite. Soy buena en las malas”, se define Graciela Borges del otro lado de la línea, “sin una gota de maquillaje”.

Figura angelada del cine argentino, asume que no es de las actrices que andan siempre producidas: “En la intimidad soy cero paqueta. Me interesa más estar cómoda que arreglada. Pero no sólo ahora por esto de la pandemia, siempre me vas a encontrar igual cuando estoy adentro”.

-¿Y cómo es “la” Borges de entrecasa?

-Me gustan mucho las túnicas de algodón, sueltas, un nudo y listo. También soy de andar en jogging y sweaters largos. Me encantaría poder usar zapatillas, pero por el pinzamiento que tuve en la pierna tengo que ponerme plataformas bajitas. No es lo más confortable, pero me hace bien.

-¿Y a cara lavada siempre?

-Si no salgo, por supuesto. Todo lo más simple y natural posible. Sí me pongo crema a la mañana y a la noche y no más que eso. Lo de afuera me importa, claro, pero lo de adentro me importa más. El alma.

Ese último sustantivo, de enorme peso propio, lleva la charla de un modo liviano, sin embargo, a uno de sus rituales diarios: la meditación. “Reconozco que no tengo temor a la muerte. Lo que sí sé es que se me dio una vida para cuidarla. Y medito porque me hace muy bien y porque la mente puede ser peligrosa. No puedo dejar de pensar en la gente que verdaderamente está mal… La imagen de los otros días, la de los jubilados amontonados para cobrar lo que es suyo, me partió al medio. No quiero tener negatividad con ningún gobierno. Quiero que le vaya bien al que esté, para que nos vaya bien a todos. Yo casi nunca hablo de política públicamente ni estoy identificada con ningún partido”, explica la protagonista de El cuento de las comadrejas, la película que, además de mucho placer y premios, le dejó unas molestias en las piernas por las “corriditas” por el parque (el filme de Juan José Campanella se rodó en una mansión).

-¿Como ves al Presidente en este momento?

-Cuando habla le veo algo de neutralidad y afecto, todo al mismo tiempo. Lo veo enfocado en un momento dificilísimo. Y mirá que te dice esto alguien que nunca le pidió nada de nada a ningún político. No tengo nada que ver con ese estilo. Lo que te digo es genuino: este Alberto Fernández, el que está parado frente al avance de la pandemia, me está gustando. Me gustan las decisiones que está tomando, pero esto no quiere decir que sea peronista ni albertista, ni nada.

-¿Cómo te llevás con la grieta?

-Mal, no me gusta. Tengo muchos amigos que piensan muy distinto y para mí eso no es impedimento. Los escucho con mucho amor. Una cosa son los pensamientos y, otras, los sentimientos. No es tan difícil. No entiendo la rivalidad. Por ejemplo, hay actrices divinas a las que adoro que tienen una ideología muy distinta a la mía y eso no resta cariño ni admiración. Nunca voy a entender la grieta.

Una postal recurrente de sus tardes, sola, con sus libros. A la noche sí llega el reencuentro con sus amigas alrededor de la mesa.

En plena tarde otoñal, y con el coronavirus como tema de fondo, siente que “todo tema duro, sacrificado, es una maestría. Creo que hasta las muertes dejan como una enseñanza en medio del dolor. Por eso imagino que esta pandemia vino por algo. Ojo, no digo que vino por algo bueno, por Dios. Digo que algo, tal vez, pueda dejar. Qué sé yo, me cuentan que el agujero de ozono está más chico… No sé, veremos con el tiempo. Por ahora, a cuidarse mucho”.

Con más de 60 años de trayectoria (“No me gusta la palabra carrera”), explica que “no doy muchas notas porque me cuesta entender por qué lo de uno puede ser más interesante que lo del otro que no es actor. Sostengo que todos somos exactamente iguales y esto dicho desde el fondo de mi corazón. Lo que cambian son las circunstancias. Trato de tener un ego tranquilito”.

-¿Y lo lográs?

-Sí, ¿sabés que sí? El ego puede ser dañino. Yo empecé a trabajar a los 14 años, he hecho un largo recorrido y el ego ha quedado en el camino. Jamás he sido competitiva. Pueden decir de mí que les gusta o no lo que hago, pero nunca que he sido mala compañera o que no celebre cuando les vas bien a los demás.

-¿Disfrutaste el oficio desde chica?

-Mirá, como mi padre no quería que fuera actriz, tal vez no fui muy gozadora de mis inicios. Y lo vivía con un poco de culpa.

Cuenta que sus días de cuarentena incluyen la natación, a cielo abierto, mientras el clima se lo permita. “Trato de hacer 10 ó 15 largos de pecho por día. Soy buena nadando, y eso que siempre fui mala para los deportes. Pero cuando hice Piel de verano (1961), con Leopoldo Torre Nilsson, tomé tres meses de perfeccionamiento y de ahí salí nadando genial”, confiesa la mujer que prefiere no dar precisiones sobre su edad: “Uno no es un número. Y, te lo juro por mi nieta, si me preguntás rápido cuántos años tienen los que tengo cerca no me sale fácil, tendría que hacer cuentas y no me gusta eso”.

-¿Qué rol tenés en esta convivencia de tres amigas? ¿La que cocina, la que ordena…?

-Nos repartimos, encontramos un equilibrio interesante. Yo aprendí a cocinar hace como 20 años, pero no soy la que más cocina. Ayer salieron riñoncitos y hoy, por primera vez, nos toca delivery. Soy neurótica de la limpieza, por eso no estaría necesitando yo, precisamente, esa recomendación de lavarse las manos seguido. Lo hago siempre. En la casa me doy maña para casi todo, menos para planchar, que no me gusta.

-Los verbos más recurrentes de tu cuarentena serían nadar, meditar ¿y?

-Y leer, por supuesto. Leo todo lo que puedo, siempre. Ahora estoy con Los terroristas, una novela de dos suecos que es fantástica. Poné los nombres, te los deletreo (y dice, despacito, Maj Sjöwall y Per Wahlöö). Soy fan de la novela negra y más en este momento. Y soy fan de los suecos. He sido muy amiga de Bibi Anderson, con quien hice la peli Pobre mariposa (1986), una preciosura de persona.

-¿Qué lugar ocupa la meditación en tu rutina diaria?

-Un lugar clave. En general, hacemos una grupal, a través de sesiones guiadas por Instagram o el teléfono. Somos varios que nos juntamos, por decirlo de alguna manera, a las 20. Y cuando siento que lo necesito, sea la hora que sea, lo hago sola.

-¿Cómo se puede explicar la meditación?

-Meditar es observar, es dejar entrar los pensamientos. Es limpieza. Es luz dentro del profundo silencio interior. Es algo sanador. A mí me ordena.

-¿Y cómo transitás la distancia con la familia?

-Juan Cruz (su hijo) está en Buenos Aires y nos hablamos permanentemente. Y con mi nieta (María Jesús Bordeu) hacemos videollamada diaria. Siempre nos contamos algún cuento de terror, un género que le fascina. Ahora tiene 9 años, pero desde mucho más chiquita inventaba unas historias divinas. Es genial esa nena.

-¿Te dice abuela, no?

-Si no me dijera abuela me enojaría. Abuela es una palabra encantadora. Siempre me acuerdo de una anécdota de Raphael, el cantante, que decía ‘¿Por qué me tienen que decir abuelo, si yo no les digo nietos?’. Lo dijo con gracia. A mí me encanta que Jesucita me diga abuela. Me da alegría.

-En un momento de la charla dijiste, como al pasar, que eras buenas en las malas…

-Sí, porque he pasado por varias situaciones difíciles. A los 5 años me caí de un árbol, me lastimé un riñón y luego me dijeron que tenía nefritis y estuve mucho tiempo con tratamiento. Soy aguerrida. Mirá, tuve un marido (Juan Manuel Bordeu, campeón de Turismo Carretera del ‘66) que sufrió muchos accidentes de auto y he pasado con él tres meses en un sanatorio sin moverme de su lado, por ejemplo. Me las banco. Mi lema es que ante lo que sucede no hay que oponerse, hay que aceptarlo y tratar de resolver.

Graciela Borges en un de sus rituales: la lectura al aire libre. Cumple la cuarentena en Pilar.

-¿Y qué sentís en medio de esta pandemia?

-Tiemblo cuando, al final del día, veo el resumen de los casos de todo el mundo. Por mí no tengo miedo. Lo que tengo es una tristeza enorme.

Graciela Borges, la de la voz inconfundible y una serenidad militante, habla como en un tiempo detenido. No hay apuro en su relato. No hay estridencias de diva. Manda las fotos de su cuarentena, sin maquillaje ni filtros, como pocos entrevistados. No sabe cuándo va a volver a actuar. No sabe, siquiera, si va a volver a actuar. Tiene, dice, otros verbos preferidos en su vida. Y, en este tiempo de encierros, angustia e incertidumbre, los conjuga seguido.

WD

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