la aristócrata revoltosa que creó un mundo cinematográfico propio e inconfundible

A los 93 años, murió en su casa de Roma la cineasta más importante que haya dado Italia, y también una de las más relevantes a nivel mundial. Lina Wertmüller fue mucho más que “la primera mujer en la historia ser nominada a un Oscar a la mejor dirección”. Fue, como los grandes autores, la creadora de un mundo cinematográfico propio, inconfundible.

Su sensibilidad estaba enfocada hacia temas sociales, pero su manera de abordarlos fue diferente a todo lo que se había conocido hasta su irrupción en la década del ‘60. Eran años del posneorrealismo, y su cine apareció como un terremoto que usaba el grotesco para hacer una lectura profunda de las tensiones políticas, económicas y culturales de la época.

Heredera de la commedia all’italiana, sus películas contenían un sarcasmo impiadoso que las hacía diferentes a las de todos sus ilustres contemporáneos, como Michelangelo Antonioni, Pier Paolo Pasolini o el propio Federico Fellini, de quien fue asistente de dirección.

Lina Wertmuller, reconocida con su estrella de la fama en Hollywood. Foto Reuters

Lina Wertmuller, reconocida con su estrella de la fama en Hollywood. Foto Reuters

Una aristócrata revoltosa

Había nacido el 14 de agosto de 1928 en Roma, en el seno de una familia aristocrática de origen suizo: su verdadero nombre era Arcangela Felice Assunta Wertmüller von Elgg Spanol von Braueich, tan largo e impronunciable como después sería el título de varios de sus filmes.

“Era una niña terrible y muy revoltosa”, se describió a sí misma en una entrevista de 2008 con el diario La Nación. Cuenta la leyenda que un día en la guardería no la dejaban ir al baño y entonces hizo lo suyo en medio de la clase. Por ese tipo de incidentes, pasó por una docena de escuelas.

Apenas terminada la secundaria, por influencia de su amiga Flora Carabella entró en la academia de teatro del célebre director de origen ruso Pietro Sharoff. Su intención era ser actriz. Poco después también se incorporó a la recién fundada L’Opera dei Burattini, la compañía de titiriteros de Maria Signorelli.

En esos años, Wertmüller produjo obras teatrales de vanguardia y viajó por Europa como titiritera y diseñadora de escenografía. También fue guionista de radio y televisión.

Su interés oscilaba entre la comedia musical y los dramas políticos que dirigía, escribía o adaptaba el director Giorgio De Lullo: ahí se puede rastrear los orígenes de su particular estilo para tratar temas graves con ligereza y un sentido del humor mordaz. En una de esas comedias, Il giornalino di Gian Burrasca, protagonizada por Rita Pavone, conoció a quien sería su actor fetiche, Giancarlo Giannini.

Giuseppe Rottuno filmando con Lina Wertmüller.

Giuseppe Rottuno filmando con Lina Wertmüller.

Mastroianni, Fellini y su ingreso al cine

Pero para eso faltaba que su compinche Carabella la introdujera también en el mundo de Cinecittà. “Al cine salté por un golpe de suerte, porque Flora se casó con Marcello (Mastroianni). Y si bien era necesario tener cabeza, debo decir que, en Roma, también era necesario tener culo”, contaba en aquella entrevista con La Nación.

Mastroianni le presentó a Fellini, que la tomó como asistente de dirección para el rodaje de 8 y ½.

“Hasta 8 y ½, yo nunca había hecho cine y siempre había estado refugiada en el teatro, pero con Federico era un placer inmenso el mundo del cine. Era extraordinario trabajar con él en el set. Muy particular, creativo y lúdico, no le importaba nada que no estuviera dentro de su juego. Todo lo que pueda decir es poco. Federico era magnífico”, recordaba.

Ese mismo año, 1963, filmó su ópera prima, I basilischi, que se enfocaba en una pandilla de jóvenes del sur italiano y contó con la actuación de su amiga Carabella. Le siguieron Hablemos de hombres (1965) con Nino Manfredi; dos musicales: Rita la zanzara (1966) y su secuela, Non stuzzicate la zanzara (1967), con Rita Pavone; y el western Il mio corpo per un poker (1968), con Elsa Martinelli.

Lina Wertmuller impregnó con su estilo todo aquello que abordó. Foto Reuters

Lina Wertmuller impregnó con su estilo todo aquello que abordó. Foto Reuters

Las tres últimas eran películas más pensadas en la taquilla que en el contenido, al punto de que firmó dos de ellas con seudónimo, George H. Brown y Nathan Wich: “No me sentía como verdadera autora de ellos, era un trabajo para comer”. Pero ya en esos primeros pasos mostraba su agudeza para retratar las conflictivas relaciones de poder entre hombres y mujeres.

Su década inolvidable

Su primera gran obra fue Mimí metalúrgico (1972). Empezaba su vínculo cinematográfico con Giannini, que en tres de sus películas formó una pareja inolvidable con Mariangela Melato. A partir de este título, se convertiría en una de las favoritas de la cinefilia porteña: fue parte de la educación sentimental de una generación que poblaba los cines y cafés de la avenida Corrientes.

La década del ‘70 sería prolífica tanto en cantidad como calidad y la vería llegar a su punto artístico más alto, con títulos como Amor y anarquía (1973, una de sus películas preferidas, otra vez con la dupla Giannini-Melato), Tutto a posto e niente in ordine (1974); Insólito destino (1974, el título original era Travolti da un insolito destino nell’azzurro mare d’agosto, y de nuevo contó con Giannini-Melato); y Pascualino Siete Bellezas (1975).

Pascualino y el Oscar

Las flores enviadas por Sophia Loren para despedir a la gran directora italliana.

Las flores enviadas por Sophia Loren para despedir a la gran directora italliana.

Esta última película la terminaría de ubicar entre los directores más relevantes del momento. En tono de picaresca, contaba las peripecias del personaje del título en la Italia fascista durante la Segunda Guerra Mundial, con énfasis en los actos de dudosa ética que cometía para sobrevivir.

Es que en sus películas, temas como la lucha de clases, el Holocausto, el terrorismo, la inmigración o los abusos sexuales eran desgranados a través del tamiz de un humor salvaje, irreverente, provocador, fuera de cualquier corsé de moralina.

Pascualino Siete Bellezas recibió cuatro nominaciones al Oscar. Además de competir en la categoría de mejor película extranjera, estuvo en tres categorías inusuales para una producción italiana: Dirección, Guion original (ambas para Wertmüller) y Actor protagónico (Giannini).

No se llevó ninguno (como director ganó John G. Alvidsen por Rocky, en un año en el que también competían Ingmar Bergman, Sidney Lumet y Alan J. Pakula) pero la ubicó en el mapa internacional. Por esos años, Henry Miller escribió que ella era “preferible a cualquier director”.

En esa época tuvo ofertas para ir a dirigir a Hollywood, pero las rechazó. En 2019, la Academia le dio finalmente un Oscar honorífico. Desde el escenario, bromeó: “A partir de ahora el Sr. Oscar podría ser rebautizado como femenino, digamos un nombre como Ana”.

Un carácter fuerte

Sophia Loren en Francesca, dirigida por Lina. Foto AP

Sophia Loren en Francesca, dirigida por Lina. Foto AP

En la década del ‘80 su estrella empezó a declinar. Tal vez su último gran título sea Sábado, domingo y lunes (1990), una de las cuatro oportunidades (las otra fueron Amor, muerte, tarantela y vino; Francesca y Demasiado amor) en las que dirigió a Sophia Loren, una de sus actrices favoritas.

“A Sophia -decía- su gran belleza física no la hizo dudar en cuanto a la búsqueda de su calidad como actriz. Tiene todo. Alberto Sordi la llamaba el ‘árbol de Navidad’ y dentro de ese árbol hay una gran actriz y una persona extraordinaria”.

Quienes la conocieron decían que en las charlas hacía gala del mismo humor salvaje de sus películas. Tenía fama de ser brava en los rodajes (cuentan que hasta le mordió un dedo al actor Luciano de Crescenzo), y de reivindicar su condición de mujer en una industria de hombres sólo con su trabajo, pero no con sus declaraciones.

 “Los productores no decían nada. Yo hacía; ya está. Además las mujeres siempre han mandado”, respondió sobre el tema en una entrevista con el diario El País de España.

El gran amor de su vida fue el escenógrafo Enrico Job, con quien estuvo casada durante 43 años (enviudó en 2008) y tuvo a su única hija. Los anteojos de marco blanco eran su sello estético, al punto de que el documental sobre su vida que filmó su asistente Valerio Ruiz se titula Detrás de los anteojos blancos.

Allí, Martin Scorsese la define como nadie: “En las películas de Lina Wertmüller encontré todo lo que siempre busqué en el cine: un carnaval capaz de cambiarte el punto de vista para siempre“.

E.S.

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