La aerosilla y la mula

Llegó la hora decisiva y antes del show, decidí pasar por La Falda. No por cábala, al azar no le importan nuestros ritos. Sino porque solo con la adrenalina de la cercanía temporal del escenario podía cobrar el valor suficiente como para afrontar el recuerdo de aquella noche crucial de mi infancia.

Mis padres se hallaban en Córdoba -mi padre cumpliendo una pericia- y yo los aguardaba con mi abuela materna en La Falda, en el hotel donde pasaríamos parte de las vacaciones veraniegas. El delicioso remanso en medio de las serranías era propiedad de un señor armenio, creo que ya anciano (aunque en aquella edad de mi existencia casi todos lo eran), cuya historia se narraba en una pared de la locación.

Había huido del genocidio ejecutado por el gobierno turco en el albor del siglo XX. Yo me había hecho muy amigo de su nieta: a ambos nos faltaba un grado para terminar el primario. Ella hablaba pestes del colegio.

Mis hermanos ese año tuvieron dos respectivos viajes con sus respectivos grupos: una colonia de vacaciones y una gira de rugby. Yo estaba solo entonces con mi abuela sefaradí; mi abuelo Trau, el polaco, ya había fallecido.

En el hotel había un jardinero, conserje, cuidador general, que se encargaba de unos perros. Se jactaba de saber de animales. A mí no me gustaban: ni los perros ni el conserje. Me recordaba a Gutierrez, el ambiguo chofer de Oaky.

Fuimos con mi abuela a las aerosillas. Tampoco me gustaban las aerosillas. ¿No se podían caer? Las sillas no estaban hechas para volar. La lógica de su funcionamiento me resultaba demasiado precaria. Se suponía que yo debía disfrutar de estar en las alturas. Pero ni siquiera mi abuela parecía pasarla bien.

Subimos, y bajábamos, sin percances. Ocurrió que al terminar el recorrido, don Orione, el encargado, me ayudó a bajar, pero no llegó a darle la mano a mi abuela. Yo quedé abajo, de pie, y mi abuela siguió en la misma aerosilla, que la llevaba nuevamente hacia arriba. La vi alejarse. Me hizo un gesto de que me quedara tranquilo, que ya regresaba.

No había más clientes. Mi abuela no bajaba. Arriba, en la cabina, estaba doña Chichina, la esposa de don Orione, que me había servido un vaso de jugo de bidón y media colación cuando descendimos brevemente en la cabina. ¿Mi abuela estaba con ella? ¿Por qué no regresaba?

Cayó la tarde. Se hizo de noche. Don Orione me explicó que no me podía llevar al hotel: eran muchas cuadras y no tenía vehículo. Apareció el conserje, Pascual, y me llevó a una choza cercana, donde aguardaríamos al regreso de mi abuela.

– ¿Pero por qué no baja? -pregunté con la garganta tomada por las lágrimas.

Pascual se encogió de hombros.

Pensé que me había quedado solo en el mundo. Y en parte era cierto: mis padres, mis hermanos, mi abuela, estaban lejos. No había amigos ni seres amables. Por primera vez tuve conciencia de una soledad más grande que cualquier posible compañía.

La choza era una cabaña de madera, adobe y barro, con un catre rancio y un colchón del ancho de una feta de fiambre. La única sábana era áspera y sucia de fábrica. Atada a un poste junto a la cabaña, me miraba perpleja una mula, sobre la que Pascual se explayó: – Este animal no es un burro, es una mula. No se puede reproducir: es la última de su especie. Así que ojo.

– ¿Ojo qué ?-me escuché preguntar.

– ¡Ojo! -me amonestó, y agregó: – No es cualquier mula, es tu amiga Carolina, que no quería terminar el primario. Por burra, la convirtieron en mula. Vos portate bien, sino…

Se marchó, me dejó solo, con la cama miserable y la mula. Repentinamente, me pareció imposible que esa mula no fuera Carolina. No los ojos, sino la mirada: era la de mi amiga. La nieta del dueño del hotel. Muy curiosamente, ahora que la habían convertido en animal, nos mirábamos con más intensidad que todos los días anteriores.

– No te preocupes -le dije, y le acaricié el pelaje por encima del hocico-. Yo te voy a salvar.

Mi idea era montar en la mula y que me llevara al hotel: todos los caballos sabían cómo volver. Pero a poco de caminar, descubrí que no me animaba a subirme a su lomo: si era mi amiga, no podía obligarla a cargar con mi cuerpo.

La llevé por la rienda: sus cascos golpeaban contra el asfalto, tapizado de cascarudos. Negras líneas de alquitrán se distinguían iluminadas por la luna. No llegamos al hotel, pero sí al pie de la montaña de la aerosilla. Escalamos el camino por tierra, en la oscuridad cerrada.

– Ahora sos un niño -me dijo mi amiga, desde su cuerpo de mula-. E igual que yo, no querés ir a la escuela. Te aburre (como a un burro). Pero yo solo seré mula por una noche, con eso pagaré mi castigo y seguiré mi vida. En cambio vos, nunca crecerás. Irás al colegio, creerás que cumpliste, pero serás un niño toda tu vida. Y cualquier mula, como yo, podrá decidir tu destino.

Le quise responder, pero llegamos a la cabina y encontrar a mi abuela me colmó de una alegría tan grande que me hizo olvidar de cualquier otra cosa. El ascenso había sido esforzado y extenuante. Ya amanecía. Nos abrazamos fuerte con mi abuela, doña Chichina nos ubicó en las dos mismas aerosillas y descendimos seguros. La mula Carolina bajó por su propio camino.

Esa noche por fin dormí bien en el hotel. A la mañana siguiente llegaron mis padres y desayunamos todos juntos un gran brunch continental. Había un carrito con postres que circulaba a toda hora. Mi madre me preguntó si me había sentido solo y le dije que no. Mentí.

Salimos a caminar con mi padre ese mismo mediodía. Un perro se nos acercó, fue el primero de mi vida al que no le tuve miedo, mi padre lo llamó “Amigo”, y por el resto de esas vacaciones nos acompañó en cada uno de nuestros paseos.

En el hotel, el conserje, jardinero y cuida perros Pascual se comportaba como si nunca nada hubiera ocurrido. Carolina había vuelto a Capital con sus padres. En uno de los paseos con mi padre, apareció la mula. Le conté a mi padre toda la historia y le expliqué quién era la mula.

– Pero ya no es ella -dijo mi padre-. Te explicó que era solo por una noche. Ahora tu amiga volvió a Capital, y la mula es la mula.

– Ah. Pero yo… ¿voy a ser un niño toda mi vida?

Mi padre me miró con una tristeza que todavía me embarga.

WD

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