José Cura: efectos indeseados de la pandemia en la música y peligros del streaming



“La falta de escenario para los artistas de raza es tan dura de sobrellevar como lo es para un caballo de pura sangre el estar encerrado en boxes. Si no te organizas para mantener en forma tu optimismo, la reclusión puede marchitarte”, cuenta José Cura, desde Madrid, uno de los tenores más reconocidos en el mundo y con una gran afinidad con el repertorio verista.

Con más de treinta años de carrera, José Cura, artista rosarino, reside hace varios años en la capital española, y logró organizar el confinamiento que impuso la pandemia en el mundo alrededor de dos actividades que habían estado relegadas largo tiempo: tocar la guitarra y componer. Escribió Concierto para un resurgir para guitarra y orquesta, terminó un Te Deum, y ahora está corrigiendo el Requiem que escribió en 1985, dedicado a las víctimas de la guerra del Atlántico Sur. Su música será publicada en breve en una editorial austríaca.

“Hemos hablado mucho en familia y con amigos -confía-, a quien esta pandemia los agarró afectivamente a contrapié. Las consecuencias fueron tremendas: creció la violencia doméstica por la convivencia forzada, aumentó el consumo de alcohol y otros ‘atontantes’ necesarios para no pensar, etc. Para quienes estábamos bien, fue genial tener tiempo para resetear afectos, reafirmar entregas, disfrutar de la compañía en silencio pues, no teniendo que salir corriendo a tomar un avión, no había por qué apresurarse a decir todo junto”.

El tenor argentino José Cura se organizó en pandemia y escribió bastante música. Foto EFE

José Cura es un tenor bastante excepcional, no sólo porque fue culturista, electricista, carpintero, sino porque, como los artistas renacentistas, le interesa involucrarse en todas las áreas del quehacer artístico. Además de la dirección de escena, domina la dirección de orquesta y la composición.

No escribe libretos, pero las respuestas de las entrevistas prefiere escribirlas él mismo y enviarlas por mail porque no le gusta que lo hagan “hablar con las formas de otro”, afirma, y agrega que “no hay como la palabra directa del entrevistado para conocerlo”. De todos modos, hay que decir que Cura logró transmitir su cercanía y exuberancia aun en el medio frio e impersonal de un mail.

Este domingo 15 de noviembre,  las 20, el Teatro Colón transmitirá la ópera Andrea Chénier, producción del teatro de 2017 que lo tuvo a Cura como protagonista.

-¿Vas a ver la transmisión? ¿Solés verte, escucharte?

-Será medianoche aquí y no soy ave nocturna…

-Llevás más de 30 años de carrera en la música y el contexto actual parece un buen momento para hacer balances. ¿Meditaste sobre eso? ¿Cuáles creés que fueron tus grandes aciertos y tus malas decisiones?

-Cuando este lío empezó, lo primero que me dije fue “Vos ya diste. Tomártelo con calma después de unas tres mil funciones en 30 años de carrera internacional, al punto de pensar en retirarte si fuera el caso, no es ninguna vergüenza”. Lo comenté con amigos y alumnos y, como si se hubieran puesto de acuerdo, cada uno por su lado me regañó diciéndome que ahora es cuando más me necesitan como referente. Así que afilé la espada y me puse en guardia.

El tenor José Cura, en la ópera “Andrea Chénier”. Foto Teatro Colón/Máximo Parpagnoli

-¿Qué pasa en el mundo con la ópera en este contexto de pandemia? En Argentina los teatros permanecen cerrados. ¿Cómo es por allá?

-El Covid-19 no es la causa de lo que está sucediendo, sino el “tiro de gracia” a un cuerpo agonizante. Así como hay que diferenciar entre el deporte realizado como “actividad lúdica y de la salud”, y la “industria del deporte”, también hay que diferenciar entre el “hacer música para el desarrollo de la sensibilidad”, y la “industria del espectáculo”, el show business. Si muere la industria del deporte, no muere el deporte como tal y lo mismo vale para la música. Esto no nos parecía tan evidente hasta que el bicho nos sacudió. Por eso nos dejamos estar, sin preocuparnos de cómo hacer para que convivan en armonía, sin anularse entre ellos, el escenario “real” y el escenario “virtual”. Este no haber cuidado de lo nuestro, más por inercia que por negligencia, amenaza dejarnos sin la industria del espectáculo tal como la conocíamos. Me dicen que exagero, que siempre habrá gente que quiera venir a teatro, y es verdad; yo el primero. Pero ojo: la comodidad de la tecnología ya mató a la industria discográfica, y terminará por matar al escenario si la cantidad de público llegara a ser tan poca como para que no se justifiquen las estructuras. ¿A qué servirían tantas orquestas y coros profesionales, tantos conservatorios con su consecuente proliferación de talentos, por no hablar de los muchísimos funcionarios administrativos dedicados a coordinar esa enorme masa de gente si no hubiera público? ¡No fuimos nosotros, fue el bicho!, terminará siendo la coartada perfecta de quienes necesitan entorpecer a los pueblos.

José Cura, el protagonista de “Andrea Chenier” advierte sobre los efectos indeseados que puede traer la pandemia sobre la industria de la música.

-¿Cómo ves el futuro de la ópera, entonces?

-Toca reflotar la nave y para eso hay que escoger a las mejores tripulaciones…

-Contanos tu punto de vista, como intérprete y como público, sobre la dinámica del espectáculo en vivo, grabado y streaming.

Por interesante que parezca ese modo de hacer llegar nuestro trabajo al público, creo que ese paliativo tecnológico que nos permite incluso agrupar verdaderas orquestas -tocando cada uno desde su casa con un resultado más o menos discreto-, está, inconscientemente, contribuyendo al fin de una era milenaria: aquella en la que los hombres se reunían en torno al fulcro social que representaba la escena -donde cobraban vida los sueños- con fines recreativos y de educación. Hay cada vez menos espectadores, incluso en situaciones normales, pues el recambio generacional se está llevando al público de siempre para sustituirlo por una generación que no concibe la vida fuera de la pantalla del móvil. ¡Pero si hasta cuando están en un concierto en vivo sacan a relucir la fatídica pantallita para filmarlo y, aun estando con los músicos delante de la nariz, lo ven en el teléfono! Si la mayoría del público termina por acostumbrarse a ese “atormentado sucedáneo del espectáculo en vivo” que representa el streaming, el epitafio estará escrito. Los artistas, en nuestra entendible desesperación por mantenernos activos, estamos cometiendo un error que, creo -y Dios sabe cuánto quisiera equivocarme-, pagaremos muy caro con el tiempo. Dejaron de venderse discos porque el streaming de audio -o las descargas a precios tirados (cuando no gratis, o piratas)-, destruyeron la industria discográfica. ¿Toca ahora matar al escenario?

El tenor argentino José Cura dice que el streaming de audio destruyó la industria discográfica. Y se pregunta si toca ahora matar al escenario. Foto EFE/Esteban Cobo

-¿Cómo te imaginás la salida de la pandemia y la vuelta al escenario?

-Muy emotiva. Por lo que tendrá de reencuentro y por lo que tendrá de incertidumbre…

-El domingo el público volverá a disfrutar tu actuación en la ópera Andrea Chénier, en el Teatro Colón, a través de su plataforma virtual. ¿Qué recordás de tu paso por el Colón y tu actuación?

-Aquello fue épico. Recuerdo llegar y preguntar al regista, Matías Cambiasso, lo que quería y a él decirme que lo dejaba en mis manos. Y es que al pobre le había caído la responsabilidad encima sin esperársela y ahí estaba, peleándola con todos nosotros. Sacamos el espectáculo adelante trabajando en grupo y, con sus pros y sus contras, terminó siendo un éxito con una carga emotiva enorme, con todo y mi “feliz cumpleaños” cantado por toda la sala en pie. ¿Qué más puedo pedir?

José Cura, en un ensayo de Tosca, en Hanover. Recuerda la puesta de “Andra Chénier” como épica. Foto EFE/Peter Stefen

-¿Por dónde creés que pasa la actualidad de la obra?

-La eterna lucha del hombre contra el hombre -que reduce el intercambio de poder a un círculo vicioso infinito, como todo círculo-, está definida en la que para mí es la frase más genial del libreto y que, por el mal hacer de Giordano -con respeto-, pasa inadvertida (Verdi o Puccini no habrían perdido la oportunidad de hacer evidente esa increíble proclama): viendo a la misma muchedumbre que antes se lamentaba (justamente) por la opresión del Rey rendir pleitesía a una nueva forma de opresión -que utilizaba como solución a los problemas los mismísimos recursos contra los que, en teoría, se habían sublevado-, Chénier dice “La eterna cortesana (ramera en ese contexto) se postra ante el nuevo dios…”. Esa es la moral de la historia. Por hablar sin pelos en la lengua, Andrea es condenado a muerte por sus propios hermanos revolucionarios. Cualquier semejanza con la actualidad, no es coincidencia: desde el Edén para acá, el problema y la solución alojan en el mismo ente: el hombre.

-En tu larga trayectoria recibiste muchos premios muy prestigiosos. Tengo curiosidad por uno en particular: en 2016 la Federació Catalana de Basquetbol te otorgó el Máximo galardón. ¿Por qué? ¿Cuál es tu relación con ese deporte?

La Federación y yo organizamos un concierto para recaudar fondos para sacar a los niños de la calle y llevarlos a hacer básquet. No se vendió ni una entrada. Demasiado fiasco para ser un fracaso personal. Dicen que hubo boicot político ligado al conflicto de siempre entre Barcelona y Madrid. No lo sé. Pero fue muy triste ver cómo la sociedad dio la espalda a una gesta que pretendía ser en favor de ella misma. La Fundación, justamente descorazonada, quiso premiar mi entrega honrándome con ese galardón. ¡Ay, si yo escribiera un libro!

WD

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