Jimi Hendrix: un genio que sigue iluminando a medio siglo de su muerte



Hendrix. Igual que hace medio siglo atrás, nombrar ese apellido todavía hoy es como convocar el sello paterno del envase humano que, en apenas 27 años, cambió la historia de la música contemporánea. Todo lo que se pueda decir para negarlo (que era un hippie, que era un guitarrista pirotécnico, que no tenía una buena voz, que era un mal negro por vivir de una audiencia blanca y no estar comprometido con los reclamos contemporáneos) habla peor del que lo enuncia que el de que ha dejado una de las obras más admiradas, consultadas y fecundas de la música del siglo XX.

Alguna vez, el sonómano, músico, productor Brian Eno habló de su fascinación por Little Wing, el clásico que Hendrix incluyera en el álbum Axis: Bold as Love (1967). “Es una historia fascinante, misteriosa, uno no sabe de qué está hablando, realmente. Lo bueno y lo malo de esa canción es que en el arte siempre quedan aquellos que pueden explicar lo que hicieron. Y él, evidentemente, no podía ni quería. Ahí reside el genio”.

Aunque no tuvo pintadas de proselitismo y fascinación religiosa tan evidentes como la clásica “Clapton is God” que se registró en Londres mientras el guitarrista de Cream se sentía infinitesimal al lado del colega zurdo que buscó Inglaterra como su tierra de reinvención & redención, Hendrix tuvo la trayectoria de un Mesías del rock. Nacido en Seattle el 27 de noviembre de 1942, su familia cruzaba sangre afroamericana y y de los originarios cheroquees. Estuvo en el ejército, como paracaidista. Durante años, tocó la guitarra como acompañante de nombres célebres del rock y el R&B, como Little Richard y The Isley Brothers, en un discreto segundo plano.

Si fuera un Cristo, llamaríamos su vida hasta el momento en que se instala en Londres (1966) sus Evangelios Apócrifos. Porque, hasta entonces, nada hacía presagiar la tormenta eléctrica que se avecinaba. Entre la modelo Linda Keith (novia por entonces de Keith Richards de The Rolling Stones) y Chas Chandler (bajista de The Animals), lo animaron a armar su propio trío, conformado por el baterista Mitch Mitchell y el bajista Noel Redding. Nacía con ellos The Jimi Hendrix Experience o, también, la tercera parte de la historia del rock.

Los milagros, el Nuevo Testamento, del músico se conformaron en menos tiempo que el que le tocó a Jesús labrar su leyenda. Entre 1966 y 1968, alumbraría tres álbumes asombrosos: Are You Experienced? (1967), Axis: Bold As Love (1967) y el doble Electric Ladyland (1968). No había un surco que predijera, entonces, el sonido que iba a amalgamar en esas obras. El punto de fusión entre la música negra (los límites disipados del blues, el jazz, el soul y el funk), el rock blanco, la psicodelia y, valga el cliché expresivo, los armónicos interplanetarios. Acaso en el mito fundacional del blues moderno, la historia de Robert Johnson y la encrucijada donde le vendió su alma al diablo a cambio de pericia y maestría para tocar la guitarra, esté el antecedente de lo que sucedió con Hendrix en Inglaterra. ¿Cómo era posible que un violero del montón estuviera componiendo y tocando una música que parecía no tener origen, que se revelaba como si hasta entonces todo viniera sonando en blanco y negro?

Continuando con la analogía. su Sermón de la Montaña tuvo lugar en el Festival de Monterey (1967) y su actuación fue tan demoledora (presentando su brillante material, versionando el Like a Rolling Stone de Bob Dylan, quemando su guitarra en un hasta entonces espontáneo ritual de sacrificio) que invalidó cualquier reacción. Inmóviles, colegas, público y crítica quedaron sumidos a un éxtasis introvertido. Un tumulto interior mudo. Un show de mandíbulas por el piso. Cualquiera que haya podido interpelar al hoy solista Skay Beilinson (ex guitarrista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota) sobre su experiencia de joven impresionable viendo en vivo a Jimi Hendrix (Royal Albert Hall, Londres, febrero de 1969) obtuvo la misma respuesta: más de el borgeano tartamudeo de este excepcional guitarrista, todavía perplejo por la información que esas orejas puntiagudas y esos ojos azules que determinaron que así lo bautizara Marta Minujin. La perplejidad de quien experimento, a punta de volumen, electricidad y fuego, un nuevo mandato en su vida. Otras voces, otros ámbitos, todas las voces. Un Pentecostés del Rock.

Igual que la vida de Jesús de Nazareth, la de Hendrix también termina en las páginas de la sección policiales. Entre las hipótesis de su muerte figuran la intervención de la CIA, la avidez de un manager (Michael Jeffrey) para cobrar su seguro de vida y devolver un dinero que había pedido prestado a la mafia (incluso hay rumores de que lo habría confesado) y hasta la presunta negligencia de su novia alemana, Monica Dannermann, para pedir una ambulancia cuando lo encontró desmayado y ahogado en su propio vómito. También, se dice que la atención fue más lerda por tratarse de un negro. En esa misma jornada, el grupo de heavy metal Black Sabbath editaba su segundo y definitivo álbum (Paranoid) que incluía un tema que se asomaba como profecía macabra: Electric Funeral.

Lo cierto es que no hay testimonio sobre sus últimos dos años de vida (1969-1970) que no lo señalen como un hombre vencido, triste, harto de tener que responder a las expectativas de showman salvaje. Buscando despegarse de contratos y compromisos. Soñando compartir una sesión de grabación con el hombre con el que llegó a compartir una novia; el avatar jazzero Miles Davis, Nombremos a la dama, claro, la talentosa Betty Davis, que hizo mucha y muy buena música en los ’70. Ya sin ellos, claro: uno difunto y otro quemado & retirado.

Por esos días, le decía al semanario inglés Melody Maker: “Ahora veo milagros todos los días. Solía percatarme de ellos una o dos veces a la semana, pero algunos son tan radicales que si se los explicara a una persona, a estas alturas ya me habrían encerrado”. En las aguas claras del Olimpo, ahí donde la única redención es la memoria, descansa el alma que alguna vez fue cuerpo en James Marshall Hendrix.

JB

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