Jauría: austera puesta de “teatro documental” sobre el juicio a la Manada



Vanesa González brilla como la víctima y la fiscal en Jauría, que recobra las actas judiciales sobre el juicio por violación de una joven de 18 años por parte de un grupo de amigos que conmovió a España en 2016 Crédito: Jacaranda Fossatti Gimenez/Prensa Jauría

Jauría. Libro: Jordi Casanovas. Versión: Juan Ignacio Fernández. Elenco: Vanesa González, Martín Slipak, Gustavo Pardi, Gastón Cocchiarale, Lucas Crespi y Julián Ponce Campos. Voz en off: Sebastián Blutrach. Iluminación: Gonzalo Córdova. Escenografía: Rodrigo González Garillo. Vestuario: Betiana Temkin. Dirección: Nelson Valente. Sala: Picadero, Enrique Santos Discépolo 1857). Funciones: los jueves, viernes y sábados, a las 20. Duración: 70 minutos. Nuestra opinión: buena.

Como “teatro documental” se define Jauría. Primer gesto: una voz en off (la de Sebastián Blutrach, productor de la sala) aclara que la obra del catalán Jordi Casanovas está basada en un hecho real y las palabras pertenecen íntegramente a lo declarado en el juicio a los cinco integrantes de “la Manada”, declarados culpables de violación a una joven de 18 años durante la fiesta de San Fermín, en Pamplona, en 2016, quienes luego fueron liberados.

La puesta del director Nelson Valente es austera y estática, apoyada más en el texto que en el movimiento de los actores. Unas sillas cercanas al público, el lugar donde declaran víctima y victimarios, iluminados con una lamparita desde abajo, luz supina de efecto entre desolador y amenazante. Detrás, cubículos que juegan como el afuera del juicio, celdas o el palier del edificio donde tuvo lugar el abuso. No hay ninguna acción física: lo explícito está en el relato. Sabemos lo que pasó no porque lo veamos sino porque es repetido y respondido durante el proceso judicial que sí deja visible y expuesta la revictimización. Por momentos, la premisa de sostener el documento judicial resta fluidez pero los intérpretes defienden sus personajes con mucho compromiso.

El impacto reside en que la actriz Vanesa González permanece casi inmutable -en “estado de shock”, repite-, soportando el embate de preguntas sin subrayar emociones ante la violencia de los agresores y de abogados, ambos roles en manos de los cinco actores (González también es la fiscal). Con un tema movilizador, la intención del Picadero es realizar debates posfunción como, en 2008, se hicieron con Gorda, de Neil Labute, en la Plaza.

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