Isadora Duncan, la frágil bailarina que sufrió el peor dolor



La vida de Isadora Duncan estuvo marcada por la creatividad, el vanguardismo, la rebeldía y también la tragedia. Un terrible hecho en particular la marcó para siempre: la muerte de sus dos pequeños hijos, Deirdre y Patrick, ahogados cuando el auto en el que viajaban con su niñera cayó al río Sena, en París.

Este jueves 27 de agosto se estrena la película Los hijos de Isadora, del francés Damien Manivel, basada en Mother, una coreografía para una sola bailarina que Isadora Duncan creó cuando estaba atravesando ese dolor, quizás el peor que puede ocurrirle a un ser humano.

No es la primera vez que el cine aborda esta vida de ribetes tan extraordinarios como dramáticos. Vanessa Redgrave la encarnó en Isadora (1968), Lily-Rose Depp (hija de Johnny) también la interpretó en The Dancer (2016), y hubo varios documentales en torno a su figura, entre los que sobresale Isadora Duncan: Movement from the Soul (1989).

Isadora Duncan

El estreno de Los hijos de Isadora marca que, a poco de cumplirse –el 14 de septiembre- 93 años de su propia muerte, la figura de una de las pioneras de la danza moderna se mantiene vigente.

“Antes de que yo naciera mi madre sufría una gran crisis espiritual; su situación era trágica. No podía tomar ningún alimento, excepto ostras y champaña helado. Si se me preguntara cuándo empecé a bailar, contestaría: en el seno de mi madre, probablemente por efecto de las ostras y el champaña, el alimento de Afrodita”.

Así empieza el primer capítulo de su célebre libro autobiográfico Mi vida (1927), un longseller hasta el día de hoy. Nacida en San Francisco el 27 de mayo de 1877, Angela Isadora Duncan era la menor de cuatro hermanos: cuando tenía pocos meses, el padre, Joseph, abandonó a la familia y su madre, Dora, debió luchar duramente para mantener a sus hijos dando clases de piano.

Isadora Duncan, en acción.

Isadora sintió desde chica que la danza era su destino, y su crianza tuvo mucha vinculación con ese deseo. Su madre pianista, poco sujeta a las convenciones sociales de su tiempo, alentó las vocaciones y aventuras artísticas de sus hijos, sin importar cuán extravagantes fueran. Dora fundó una academia de danza en Oakland cuando Isadora tenía siete años y dos de sus hermanos, Elizabeth y Raymond, se convirtieron en profesores. A los once, Isadora dejó la escuela regular para también ella ayudar en el emprendimiento familiar.

Cuando Isadora llegó a la adolescencia, la familia se mudó a Chicago, donde ella estudió danza clásica. Una de las primeras desgracias de su tempestuosa vida fue un incendio que quemó su casa y dejó a los Duncan en la ruina. Tuvieron que mudarse de nuevo, esta vez a Nueva York, donde la menor entró en la compañía de teatro del dramaturgo Augustin Daly.

La mala racha había empezado. En 1898, el padre junto a su tercera mujer, Mary, y su pequeña hija, Rosa, fueron tres de las 106 víctimas fatales del célebre naufragio del trasatlántico SS Mohegan, que encalló frente a las costas británicas.

Retrato de Isadora Duncan.

A comienzos del siglo XX, Isadora convenció a su madre y hermanos de emigrar a Europa: vivieron primero en Londres y luego en París. Fue en esas ciudades donde Isadora empezó a brillar, mostrando una técnica de danza novedosa y superando en excentricidades y audacias -amatorias, artísticas, ideológicas- lo que se esperaba de las jóvenes de esa época.

Sus ideas artísticas, expuestas en Mi vida y en algunos artículos, hoy suenan imprecisas. Duncan no logró crear escuela, pero se destacó como una artista creativa, respetada en todas las ciudades en las que se presentó, en una época en la que la danza teatral de casi toda Europa no superaba el nivel de los espectáculos de variedades. Verdaderas multitudes iban a sus presentaciones: así como ganó fortunas, las derrochó.

También fue de avanzada en sus ideas sobre la condición femenina. Sus vestidos y túnicas sueltas, inspirados en la antigua Grecia y en el Renacimiento, representaban la libertad para muchas mujeres oprimidas por los corsés y ceñidas ropas que decretaba la moda. Otra de sus innovaciones fue bailar descalza, despojada de las zapatillas que aprisionaban los pies de las bailarinas.

El estilo libre y rupturista de Isadora Duncan.

Pero su feminismo no pasaba sólo por lo estético. Sus principios sobre el amor, sobre el derecho de la mujer al propio goce, sobre los lazos del matrimonio y sobre la maternidad son aún hoy de avanzada en muchos rincones del mundo.

Del mismo modo en que tenía en claro que ella misma dirigiría su propia carrera, dispuso libremente de su vida amorosa. Rechazó siempre la institución matrimonial y tuvo innumerables amantes. Isadora eligió ser madre soltera, y así concibió dos hijos. Aunque no quiso revelar el nombre de los padres, se sabe que fueron fruto de sus relaciones con el diseñador teatral Gordon Craig y Paris Singer, hijo del magnate de las máquinas de coser Isaac Merritt Singer.

En 1913, cuando Deirdre y Patrick tenían apenas siete y tres años, el chofer del auto en el que cruzaban uno de los puentes de París junto a su niñera perdió el control del vehículo, que se precipitó a las aguas del Sena. Como es lógico, esa tragedia marcó a fuego a Isadora. Y sus extravagancias, que incluían una despreocupación completa por el dinero, como su desinterés por las convencionales sociales, se agudizaron.

Vanessa Redgrave como Isadora Duncan en “Isadora”.

Buenos Aires fue testigo de su carácter díscolo. Llegó en 1916, en coincidencia con los festejos por el centenario de la independencia. Enseguida tuvo que endeudarse para conseguir las cortinas y alfombras que obraban a modo de escenografía de sus espectáculos: las suyas no habían llegado a tiempo desde Europa, como tampoco las partituras orquestales.

Pese a su escasez de dinero, se alojó en el Plaza Hotel. El público porteño, acostumbrado al ballet tradicional, no apreció el espectáculo que dio en su debut en el Teatro Coliseo. Antes de la segunda función hubo escándalo: en una de sus recorridas por la ciudad, Isadora recaló en una milonga, donde terminó bailando al son del Himno, envuelta en la bandera.

Según cuenta ella misma en Mi vida, a la mañana siguiente el gerente del teatro quiso cancelar su siguiente función alegando que esa improvisación, que tuvo una gran repercusión, había quebrado el contrato. El conflicto fue superado, pero en la tercera actuación hubo otro problema: algunos de los espectadores comenzaron a hablar en voz alta.

Retrato de Isadora Duncan.

Isadora dejó de bailar y les recriminó su actitud. Gritó que ya le habían advertido que los sudamericanos no entendían nada de arte y terminó diciendo: “¡No son más que negros!”. Por lo que esta vez el empresario sí canceló las presentaciones que le quedaban. Antes de partir para Montevideo, Isadora tuvo que dejar su abrigo de armiño y sus pendientes de esmeraldas, regalos de Paris Singer, para pagar el hotel.

La fama de la bailarina empezó a declinar, pero todavía le quedaban algunas aventuras por vivir. Nunca cesó de entablar nuevas relaciones amorosas, algunas de ellas dolorosas: se le atribuyen numerosos amantes, tanto hombres como mujeres. Simpatizó con la revolución rusa y en 1922 se fue a vivir a la nueva Unión Soviética, donde intentó instalar una escuela de danza, pero finalmente no logró el apoyo que esperaba del gobierno bolchevique y en 1924 volvió a Occidente.

Antes cedió al matrimonio y se casó con el poeta ruso Serguéi Esenin, 17 años más joven que ella. Esenin la acompañó en un viaje por Europa, pero era alcohólico y violento, y el matrimonio duró muy poco. El escritor regresó a Moscú, donde sufrió una profunda crisis a raíz de la cual fue ingresado en una institución mental. Se suicidó poco tiempo después (el 28 de diciembre de 1925), aunque se ha especulado con la posibilidad de que fuese asesinado.

Vanessa Redgrave en la escena que muestra la trágica e insólita muerte de Isadora Duncan.

En 1927 estaba en Niza, envejecida, agotada y sin dinero. La noche del 14 de septiembre, a los 50 años, subió a un auto deportivo manejado por un joven y atractivo chofer italiano, Benoît Falchetto. Cuenta la leyenda que antes de subir al vehículo, se despidió de sus amigos con palabras proféticas: “¡Adiós, amigos míos, me voy a la gloria!” En realidad, habría dicho “Me voy al amor”.

Como fuera, pocos minutos después murió asfixiada por su propia chalina, que sobresalía del auto y se enganchó en la rueda trasera. En el obituario publicado en el diario The New York Times el 15 de septiembre de 1927 podía leerse lo siguiente:

“El automóvil iba a toda velocidad cuando la estola de fuerte seda que ceñía su cuello empezó a enrollarse alrededor de la rueda, arrastrando a la señora Duncan con una fuerza terrible, lo que provocó que saliese despedida por un costado del vehículo y se precipitase sobre la calzada de adoquines”.

Una foto autografiada por la propia Isadora Duncan.

“Así fue arrastrada varias decenas de metros antes de que el conductor, alertado por los gritos, consiguiese detener el automóvil. Se obtuvo auxilio médico, pero se constató que Isadora Duncan ya había fallecido por estrangulamiento, y que sucedió de forma casi instantánea”.

Los hijos de Isadora está disponible en la plataforma Puentes de cine.

WD

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