Historia de la canción que fue banda sonora de un Maradona sin piernas



Hubiera pasado desapercibida de no mediar un sueño roto. La canción oficial del Mundial ’94 no le llegaba a los talones a su antecesora, Un’estate italiana (Italia ’90). Pero entró en el museo de los oídos argentinos a fuerza de llanto colectivo, pelota manchada y doping positivo. Gloryland siempre será el sonido desgarrador de las piernas mutiladas de Maradona.

Fue el cantante de Daryl Hall quien intentó destronar el reinado anterior, el de Gianna Nannini y Edoardo Bennato, el dúo de “notti magiche”… Pero el músico de Pensilvania no dejó ni la mitad de las tripas en su interpretación. Máquina del tiempo infernal, la banda sonora del hachazo nos arrastra en un viaje instantáneo: Estados Unidos; la mascota oficial Striker; la pizarra de Alfio Basile; los cuatro goles a Grecia; la lengua ardiente de João Havelange… 

El no-hit arrancó con el pie izquierdo: el 17 de junio, en la ceremonia de apertura, la cantante y actriz Diana Ross falló el primer penal en el estadio Soldier Field de Chicago. El arco igualmente se partió, como estaba pautado. Nada grave en el país donde el fútbol tenía la relevancia que para Argentina tenía el béisbol. Esa rotura parecía ser un presagio: algo se rompería también para nosotros. Algo estallaría puertas adentro de la Selección.

La famosa mujer que llevó a Maradona hacia el antidoping.

Melena salvaje, traje holgado, un coro gospel acompañando​ (Sounds of Blackness). La interpretación de Daryl era limpia y armoniosa. Algo faltaba. Lo sanguíneo brillaba por su ausencia. ¿Cómo competirle a la intensidad y a los graves y agudos de “un verano italiano”?

Mientras Daryl -47 años entonces- canturreaba en la apertura del megaevento, el alemán Franz Beckenbauer se paseaba con la Copa de Italia ’90. El mundo con los ojos en el oro, la aguja del rating disparada a la estratósfera, mientras los argentinos creían que al ritmo de Gloryland el trofeo que acariciaba Franz volvería a casa.

“Gloryland”, el tema cantado por Daryl Hall.

En CD y en casete, Gloryland formó parte de un álbum editado por Polygram, con canciones de Queen (We Are The Champions), de Bon Jovi, Tina Turner, Scorpions… ¿Qué nos andaba queriendo decir ese himno estadounidense de la tierra de la gloria? Hablaba de fuego en el alma, de llama interior, de alcanzar las metas, de creer en los sueños. Un previsible lugar. Un lugar común de punta a punta.

Antes del cachetazo de realidad, en las disquerías argentinas se vendía como agua el disco latino de la World Cup USA 94. A las voces de Daryl y de Bon Jovi y Tina Turner se sumaban pistas autografiadas en español por las gargantas de Carlos Vives y Sergio Dalma. La yapa: el “dale alegría a mi corazón” de Fito, en versión de “La Negra” Mercedes Sosa.

Fuera de esa edición, muchos querían colgarse de Gloryland. Rápida de reflejos, Susan Ferrer, que había interpretado la versión argentina de “Verano italiano” cuatro años antes, se despachó con su versión de Tierra de la gloria… Hubo más temas y discos mundialistas made in Buenos Aires: The sacados, La banda descontrolada y Sergio Vainikoff, entre otros, ofrecieron su material.

Una imagen icónica. Diego Armando Maradona grita su gol ante Grecia en Estados Unidos.

Intrascendente como para quedar en un museo de canciones inolvidables, Gloryland empezó a apagarse por estas latitudes luego del 25 de junio de 1994 (el partido ante Nigeria). De la euforia por los dos goles de Claudio Caniggia al pozo negro: lo pronosticaba el entrenador del país africano, Clemens Westerhoff tras el 2-1. “Ese señor Diego Armando jugó dopado. No estaba en sus reales cabales”.

Melodía de una enfermera fantasma

Gloryland siempre será también la enfermera fantasma. Sue Ellen Carpenter. La que entró al campo de juego post Argentina-Nigeria para llevarse al Maradona con piernas y devolverlo metafóricamente amputado.

Debut y despedida, Sue jamás volvió a entrar a una cancha a buscar a un futbolista. En realidad no era trabajadora de la salud y sí auxiliar de control de la FIFA. Tenía 33 años. Hablaba español porque había estado casada con un argentino. Ahora está cerca de los 60 y es médica en una clínica de fertilidad de Atlanta.

Así luce hoy Sue Ellen Carpenter, la mujer que llevó de la mano a Maradona rumbo a una pesadilla.

You’re here in Gloryland… Mientras suena el no-himno, nos teletransportamos. Volvemos a ver la melena rubia, esa forma de agarrarse de la mano de Dios, su mameluco blanco, su crucecita verde. Mosaicos indelebles de la jornada fatídica. Ella nos arrastraría rumbo a la pesadilla.

Que si el nutricionista Daniel Cerrini había preparado a su cliente como se prepara a un fisicoculturista con pastillas de efedrina. Que si Diego había tomado dos antigripales. Que el Nastizol, que el Decidex. Mientras el debate no cesaba, el dedito acusador argento apuntaba a Sue, sin fundamentos. La delatora. Acusada de “traidora” y “entregadora”. Como un ángel del mal que invita a la guillotina. Qué culpa podía tener Su de la desilusión argenta.

La marcha de la bronca

Gloryland tuvo su última etapa de fondo en  los noticieros nuestros que no cesaban de disparar información acerca del doping positivo de Maradona. Esa entrevista de Adrián Paenza todavía es objeto de estudio de los archivos. “Me preparé como nunca. Me duele mucho porque me cortan las piernas. Me dan por la cabeza en un momento donde uno tiene la posibilidad de resurgir. Yo el día que me drogué, fui y le dije a la jueza ‘sí, me drogué’. ‘¿Qué hay que pagar?’. Y pagué”, increpaba al televidente Diego, con los ojos achinados de tanto llanto.

“Conmigo parece que se equivocaran. Juro y recontra juro por mis hijas que no me drogué. No necesito drogarme para jugar, si estreno como entreno. No quiero dramatizar, pero creeme que me cortaron las piernas, a mí, a mi familia, a los que estaban al lado mío. Ahora me sacaron del Mundial, me sacaron de la ilusión.Tengo los brazos caídos, tengo el alma destrozada. No corrí por la droga, corrí por la camiseta”.

La bendita canción que musicalizó esos trances futbolísticamente novelescos, nunca llegó a los primeros puestos estadounidenses. Ni a los siguientes. Cuatro años después se encargaría de borrarlo todo Ricky Martin con su Copa de la vida, alé, alé, alé… de Francia ’98.

¿Y Daryl? ¿Qué fue de su vida después de ese videoclip noventoso? ¿Cómo siguió su potentísima carrera tras esa irrupción en la accidentada apertura de un Mundial ganado por el Brasil de Bebeto, Dunga, Raí y Romario? Tiene 73 años, jamás hace referencia a aquel “desliz” y sigue componiendo y cantando su soul con su exitoso dúo Hall & Oates, con el que vendió más de 40 millones de discos.

Ya lo decía el anillo de Julio Grondona: “Todo pasa”. Las canciones mundialistas, también.

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