Gino Paoli, el cantante que vive con una bala alojada cerca del corazón



No es metáfora, no es poesía promocional, no es marketing: el señor que hoy musicaliza tantos balcones heridos por la pandemia de coronavirus vive con una bala alojada cerca del corazón. La cicatriz brutal de un intento de suicidio. El souvenir que los médicos no pudieron extirpar. El proyectil que ya es parte de su anatomía le recuerda el error. También le recuerda que todo parche invita a la reconstrucción.

Gino Paoli tenía 30 años cuando su estado de ánimo se nubló. Las sensación de tenerlo todo y de que algo, incomprensiblemente, siempre iba a doler. Tomó una pistola marca Derringer y se apuntó al centro del pecho. Lo siguiente fue el relato de los demás: la cama de un hospital, su esposa preguntándole por qué y los médicos que tenían una noticia particular. El plomo no lo había lastimado, pero lo acompañaría de por vida dentro del cuerpo.

Un mes después, volvía a cantar con el enemigo adentro. Así, como si algo no hubiera atravesado los tejidos, como si la vida con ese intruso prendido a la caja torácica no hubiera cambiado. Dos años antes había escrito una de sus canciones más preciosas que volvió a entonar en público: Sin fin (Senza fine).

Un poeta que aún suena fuerte en Europa, Gino Paoli.

“Un colpo di rivoltella”. El disparo fue título incansable de los periódicos italianos de 1963. “Fue un intento de irme, sin regreso posible, pero fallé”, repite en entrevistas, como teniendo que justificar todavía, que explicar a su público ese pensamiento negro desesperante que lo llevó a querer desaparecer. Incluso bromea comparando la bala con la que vivía Gardel. “Pensé que ya lo habia visto todo. Que ya no tenía a dónde mirar. Así que quise ir a ver desde otro lado. Fue una mierda lo que hice”.

​La música italiana de aquella época está atravesada por los intentos de suicidios de mujeres y hombres vulnerables que no encontraban forma de salir del pozo. Gino era amigo de Luigi Tenco, el artista que a los 29 se pegó un tiro en pleno festival de San Remo. Había cantado, había defraudado al jurado, subió a su habitación de hotel y -supuestamente- se disparó. El caso se reabrió décadas después. ¿Venganza de la mafia italiana? ¿Asesinato? Un juez dictaminó la intención de Luigi de quitarse la vida. El enigma todavía acecha con teorías descabelladas.

Gino Paoli hoy, en su casa. (Facebook oficial).

“¿Mi intento estúpido de quitarme la vida? Pienso que fue el único modo de elegir algo, porque las cosas importantes de la vida como el amor y la muerte no se eligen”, planteó al Corriere della sera en 2005. “Pero en todo caso, soy la prueba de que ni así se consigue decidir del todo”.

Gino nació en la ciudad de Monfalcone, provincia de Gorizia, un centro industrial de fabricación de aviones, buques, productos químicos. A los pocos años, se mudó a Génova. Sus hits dulces sobre la sal, el mar y el amor siguen siendo banda sonora de la RAI, de películas europeas y hollywoodenses. El 23 de septiembre cumplirá 86 años. Por estos días anda atrincherado, recordando esa atmósfera de segunda guerra mundial que atravesó de niño, con los tanques bélicos en la puerta de su casa, los cuerpos muertos en los umbrales y el bálsamo de “los pies en el agua del Mediterráneo”.

Descubridor de Lucio Dalla, considerado uno de los mejores autores italianos vivos, hacedor de más de 30 discos, Gino (“nunca un playback”, según jura) suena inoxidable en Spotify, mientras Google devuelve perlitas cuando alguien escribe su nombre: Andrea Bocelli lo reversiona, su música es himno oficial de cruceros y su arte fue incluido hasta en la banda sonora de La bella y la bestia, de Disney. Su canción Senza fine, por ejemplo, tiene más 350 versiones, una grabada por Dean Martin, otra por Mike Patton. 

Gino Paoli. /Facebook

Mientras probaba sonidos y reversionaba a Charles Aznavour y a John Lennon, hubo un tiempo en que Gino se dedicó a la política. Se alistó a la izquierda y fue diputado. “Quise responder a la injusticia, quise tener el derecho a enojarme”.

No puede contabilizar la cantidad de romances que protagonizó, incluyendo a la gran Ornella Vanoni. Tuvo tres esposas. Y cuatro hijos. El amor -o su forma equivocada en realidad- fue por mucho tiempo para él un tormento. Mientras convivía con Anna, con quien se había casado, Paoli tenía encuentros “clandestinos” con la actriz Stefania Sandrelli. A los meses de haber sido padre por primera vez (Giovanni, de su relación con Anna), nació Amanda, de su romance con Stefania.

“Amé a muchísimas mujeres y sin embargo sé muy poco de ellas todavía”, deducía, confundido. Tanto enredo lo llevó a refugiarse en el alcohol. A vivir la filosofía “sexo, drogas, rock & roll”. La dirección “no era la mejor”. Sobrevino un accidente automovilístico: su Ferrari se incrustó en un árbol. El click, necesario, fue paulatino. Había que “torcer” el camino. El modo que encontró: generar más música.

En 2003 la directora Isabel Coixet eligió las melodías de Gino para su azucarada película Mi vida sin mí. La historia (una mujer diagnosticada con cáncer que intenta buscarle futura esposa a su marido) incluye un romance de Sarah Polley y Mark Ruffalo cuya banda sonora volvió a visibilizar al gran autor Paoli en el mundo.

El hombre del bigote ya blanco visitó ​la Argentina en dos oportunidades. Fue en 1964 y 2007. La primera vez pidió visitar La Boca. La segunda, participó exquisitamente del Buenos Aires Italian Jazz Festival, en el Coliseo, acompañado por el quinteto de Enrico Rava.

Gino Paoli, cantante italiano.

En 2015, Paoli fue acusado de fraude al fisco italiano por dos millones de euros. En 2017 sufrió una aneurisma en la aorta abdominal. Fue operado, se recuperó, volvió. La historia de su vida, trastabillar, incorporarse, dudar, seguir. Pensar la vida como un sueño, una sensación irreal de flotación. El tiempo, cree él, es una ilusión. Ya lo dice una mítica estrofa suya: “No hay ayer, no hay mañana”.

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