Gastón Cocchiarale, el actor que llamó llorando a Guillermo Francella y recibió una lección



La carrera actoral de Gastón Cocchiarale está atravesada por la figura de Guillermo Francella: primero lo veía hipnotizado en la pantalla de su televisor 21 pulgadas de Ramos Mejía. A los 14 fue esperarlo a la puerta del teatro Astral y, emocionado y sin voz, le entregó una servilleta arrugada con un deseo pueril: “Sueño con que trabajemos juntos”. Más tarde fue reidor por un día en el set de Casados con hijos. Finalmente, a los 22, elegido para la película El clan, se convirtió en su hijo. Y la “magia” continuaría…

El vínculo fue más allá y la historia tuvo otro capítulo superador. Meses después del estreno de El clan, Cocchiarale, sangre del sur italiano, lo llamó a Guillermo al borde de las lágrimas. Venía de un día con dos “no” consecutivos: no había sido seleccionado en el casting de Signos ni en el de El Marginal. “Mazazo”, trompada a la mandíbula y al centro del ego. Hasta que Francella le regaló una lección sobre el “fracaso”.

-Guillermo, estoy muy triste. Me acaba de pasar esto…

-En un rato te espero en el bar de Figueroa Alcorta.

Con ese diálogo, Francella lo citó y le dedicó dos horas. Café, anécdota, café. Como un coaching de persistencia. “Se corrió del lugar de estrella para explicarme cómo era esta profesión. Fue una clase sobre el verdadero significado del fracaso. Me contó lo frustrado que se sentía en sus comienzos, todas las veces que recibía un no, las estrategias que tenía para esperar en los pasillos y en los baños de un bar de la esquina de Telefe para tirar su currículum”.

Gastón Cocchiarale en la redacción de Clarín. (Foto Lucia Merle).

-El no puede ser formativo, impulsor…

-Exacto. Es un gran ejercicio del ego que te digan “no”. Eso me empujó: si a él le dijeron varias veces “no”, me podía pasar a mí tranquilamente. Aprendí también que no todo pasa por uno. Tal vez el otro que es elegido no es mejor. Tal vez cumpla la expectativa del que mira. Es un aprendizaje espectacular. Entender que no te están diciendo “no” a vos. Es una circunstancia”.

“Acercarte a los ídolos conlleva un riesgo: acercarte a veces a la verdad”, tiene en claro “Cocha”, que tuvo otra gran anécdota con Ricardo Darín. Para 2015 atravesaba una “etapa depre” cuando fue al cine a ver Truman, el filme de Cesc Gay con el que ningún humano pudo no quebrarse. Al salir de la función, arrobó a @bombitadarin: “Me hablaron de la muerte y salí lleno de vida”, escribió en Twitter. Su mensaje llegó hasta el Festival de Cine de San Sebastián. Al recibir su premio, Ricardo citó el tuit. Moraleja: nunca se sabe cuánto podemos modificar al otro y hasta dónde pueden llegar las palabras que pronunciamos.

(Foto: Constanza Niscovolos).

Nacido el 29 de abril de 1992, mayor de dos hijos de un matrimonio conformado por un chef y una docente, Gastón estudió en la misma escuela en la que hizo parte de su formación el Papa Francisco, el colegio Don Bosco de Ramos Mejía. A los cuatro años, jura, ya decía que quería ser actor. Su mayor acercamiento con el arte era un tío mago, Diego Bonaventura, alias Boridi. “La magia y la actuación, dice, no están tan lejanas. “De mi tío aprendí la puesta en escena, el juego de la mentira, el ocultamiento, el detalle. Creo en la magia, en decretar, pero no en esperar a que pase algo, sino en trabajar para que ocurra. Fe y trabajo”.

En el comienzo de la adolescencia, tímido, flechado por su amiga Antonella, se anotó en el taller escolar de actuación para tenerla cerca. Antonella abandonó y Cocchiarale terminó enamorado del oficio más que de la chica en cuestión. En el último capítulo de Casados con hijos, coló su risa forzada en la platea de reidores que tenía la sitcom. A los 17 años se inscribió en la escuela de Lito Cruz. Lito no quería admitirlo porque no era mayor de edad, pero Gastón lo convenció: “Los chicos de mi edad no tienen compromiso, necesito estudiar con gente mayor”.

Las clases de Lito le abrieron un universo. “Colegio católico, clase media, yo venía de mi mundito de barrio y me encontré cursando con una jubilada, una modelo de San Isidro, una chica trans. Fue fascinante conocer otros perfiles”. En paralelo, trabajaba como mozo. Más tarde, se empleó como boletero del teatro de su escuela. El primer trabajo actoral llegó con la publicidad de El gran DT, en 2009. Una familia con barba candado versus los de bigote. Fútbol barro versus fútbol lírico. Caruso Lombardi versus Ángel Cappa.

Gastón Cocchiarale en la publicidad de “El Gran DT” en 2009.

Otras 30 publicidades, participaciones en series como Edha y Boy Scout. Escalón por escalón, llegó a la serie biográfica de Sandro (Telefe) encarnando a uno de Los de fuego. En noviembre de 2018 hizo el casting para Argentina, tierra de amor y venganza. Esperaban a un actor de más edad, pero Gastón los convenció. Se dejó la barba, profundizó en el mundo judío y resultó una de las revelaciones de Polka. 2019 fue su año: allí comenzó a visibilizarse su faceta como dramaturgo, docente y director de proyectos autogestionados.

En medio de la popularidad, entre grabaciones extenuantes, protagonizó La vera magia, dirigido por Francisco Prim. La obra que escribió, Un rincón en el mundo, se mantuvo más de un año en cartel. La encabezaba su novia, Tamara Liberati. Ahora ensaya Jauría, una pieza dirigida por Nelson Valente, que se estrenará a fin de mes en el Picadero con protagónico de Vanesa González. El desafío es grande y la historia, feroz: está basada en la violación española cuyo caso se conoció como “La manada”. Cocchiarale tendrá sobre sus hombres el personaje de uno de los violadores.

De promesa a revelación, Cocchiarale. (Foto Lucia Merle)

De aquel que tenía poco trabajo y varios “no”, quedan nomás los recuerdos. Hay días en que “Cocha” no piensa dormir, cinco frentes a la vez: a las funciones teatrales diarias sumará el rodaje de la película Keops, comedia dirigida por Nicolás Goldbart con Daniel Hendler. Y filmará para TV la segunda temporada de la serie El mundo de Mateo. Además, dicta clases en El patio de actores. Y dirige Esto es tan sólo la mitad de todo aquello que me contaste, de Pablo Bellocchio, en el Método Kairós.

Gastón Cocchiarale en “Argentina, tierra de amor y venganza”, con Florencia Dyszel.

Francella vuelve a sobrevolar sobre el final de la charla. Recuerda una escena de El clan que fue la metáfora sobre tenerse fe y poner primera para arrancar el recorrido. “Fue un desastre. La primera vez que tenía que filmar con Guillermo, tenía que manejar una camioneta de los ’80 y la palanca de cambios era durísima. Plano sencillo. Yo arrancaba y el motor se ahogaba. Así varias veces. ¿Papito, qué pasa?’, me preguntaba él. Por dentro yo pensaba ‘no me puede estar pasando esto’. En eso paramos la escena, pidió una picada para que me distrajera. Cuando volvimos, todo salió redondo. Nunca voy a olvidarme de sus actitudes. Ni de que soy el mismo pibe que llamó a Francella llorando”.

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