Gasalla, sus mil criaturas y la empleada pública nacida de un aviso en dictadura

Kilos de pelucas, dentaduras, látex, prótesis, polvo volátil, presupuestos holgados, guionistas formados con Alberto Migré, guiones mecanografiados y copiados con papel carbónico. Quien quiera entender un fragmento del país entre 1992 a 1996 debería volver a El palacio de la risa. Ahí, entre lo descarnado y lo grotesco, las criaturas brutales, desmesuradas y atroces, está concentrado gran parte del humor que nos encendía y describía. Antonio Gasalla en todo su esplendor, en modo rey de la Argentina.

A 30 años del estreno de aquella pieza “arqueológica” televisiva, es probable que un producto así fuera imposible hoy, colado entre las horas de panelismo y la TV de las hornallas. “Difícil que vuelva a trabajar así como está el mundo”, repite Gasalla (80 años), que pone canal Volver y se ve a los 50. Memorias de un tiempo de madurez justa, de un prestigio en su summum. La empleada pública y sus “hermanas” sangrando argentinidad, haciéndonos reír de la marca en el orillo.

Desde aquel intento de 1982, por ATC, Gasalla show, se sucedieron Gasalla, El mundo de Antonio Gasalla, Gasalla 91, A la playa con Gasalla y Gasalla en la Torre de Babel, hasta que llegó El palacio, en pleno menemismo. Ciclo “costilla” de todos esos anteriores, el programa fue tomando nuevas formas hasta llegar fragmentado ahora a Tik Tok.

Gasalla como Inesita en "El palacio de la risa".

Gasalla como Inesita en “El palacio de la risa”.

La prehistoria de hito la cuenta en detalle Atilio Veronelli, por entonces socio artístico. “En 1988 él hizo un primer ciclo de tres meses en el primer semestre de año y no le convenció. Trasladaba cosas que hacía en el Maipo a la televisión. Se dio cuenta solito que tenía que adaptarse al lenguaje de la TV e hizo un casting, fue a ver gente al teatro. Carlos Parrilla y yo lo invitamos a vernos. Trabajábamos en El Pozo voluptuoso, en Honduras y Gurruchaga”, evoca. “A Juana Molina la conoció por La noticia rebelde, lo mismo que a Daniel Aráoz. Así nos fuimos sumando”.

“Un día, uno de los libros nos pareció flojo, yo le fui a decir y me contestó que no daba abasto con todo. Me ofrecí a escribir, me tomé 15 días para armar libretos de La vieja (que Gasalla ya había cuerpeado en Esperando la carroza en 1985). Se lo presenté con manos trémulas y le encantó. Asi empecé a escribir el sketch de la villa de emergencia y el de La gorda. El sistema era juntarse casi todos los días, mirar tele, tomar té y decir estupideces. La mayoría de las mejores ideas aparecían el miércoles a la noche. El jueves había lectura y el viernes se grababa. Las noches de miércoles. Yo, que tenía buena dactilografía, me iba a una casa en Lavalle donde pasaba a máquina los sketches”.

Gasalla como la docente Noelia.

Gasalla como la docente Noelia.

Veronelli reconoce que “sacrificó” a un par de parientes. “Mi vieja, docente, profesora de música, Noelia. Un día la convertimos en personaje. O a una amiga mía, ex novia, que me contaba sus dificultades para levantarse a alguien. Con esa información inventamos a Soledad Dolores Solari. En 1992 nace El palacio, entran Humberto Tortonese y Alejandro Urdapilleta, pero que, venía de El mundo de Antonio Gasalla, ya no trabajé ahí. Aunque de algún modo participé de su construcción”.

Los lunes, a las 21 (los primeros dos años en ATC, luego en Canal 13), con Niní Marshall como televidente más fiel y Eugenio Gorkin en la dirección, los monstruos brotaban del cuerpo de Gasalla, sin tregua. Inesita, la millonaria (que en pos de no envejecer se sometía al bisturí hasta volver de chicle su piel y tomar formas animalescas); Marga (la madre de familia fanatizada por los productos naturales, la meditación y los sahumerios); Bárbara Don’t Worry (la periodista extravagante que hacía una oda al absurdo).

Esos desproporcionados, hiperbólicos, ogros o corderos cotidianos eran víctimas y victimarios de un sistema y nos acercaban a un humor no naif. Gasalla apostaba a lo sombrío, a lo barroco, a la deformidad y también a lo lúgubre. El dream team, Roberto Carnaghi, Verónica Llinás, Norma Pons, Claudio Giudice, Clotilde Borella, Urdapilleta, Tortonese y más firmas en ese engranaje perfecto.

Gasalla como Soledad Dolores Solari

Gasalla como Soledad Dolores Solari

“Se trabajaba en equipos para cada sketch. Casi como una serie de TV norteamericana. Antonio era super exigente, controlaba el detalle de vestuario de cada uno de los que aparecía en escena y hacía algo genial: me mandaba a medir cuánto se reían los tecnicos y la gente en el control. Como era un hombre de teatro, podía saber cuánto funcionaba algo de acuerdo al criterio del tipo común”, describe Ronnie Arias, que fue su productor en toda la primera época de ATC y se sumó a El palacio como guionista.

“Después de ese paso por los anteriores programas, Antonio me escuchó en radio Energy y me pidió que le escribiera un sketch para la temporada 1994. Yo hacía una radionovela sobre una superheroína, Electric Woman, y así nació para la tele Noemí, la mujer yogur, personaje que no fue muy entendido, una locura, una estética totalmente diferente, que se filmaba como cine y la dirigía José Luis Mazza. Un delirio absoluto con efectos especiales. Costaba caro ese sketch y se decidió levantarlo“.

Una de las tripulantes más importantes de esa nave artística era Pons, González en el sketch de La empleada pública, pero otras diez cuando se desdoblaba en otros personajes. A ocho años de su muerte, su hermana Mimí repasa esos años y no tiene dudas: “Aquellos fueron los mejores años de la vida para Norma. Ella estaba prácticamente más con Antonio que con nosotros, su familia. Era más que necesaria en ese programa, no había mejor segunda. Estaba fascinada, fueron 15 años de ellos juntos. Él se la llevó hasta Miami a hacer teatro, estaban muy apegados”.

Maquillaje, transformaciones y un gran trabajo artesanal de Gasalla para cada creación

Maquillaje, transformaciones y un gran trabajo artesanal de Gasalla para cada creación

Flora es la criatura de Gasalla que no pasa de moda, más bien la que podría venir a mostrarnos lo que nunca cambió: la burocracia. Maltratadora serial, esa empleada que estira las “a” del atrás y se siente poderosa ante las filas carga con una gran historia.

Máquina de impedir, esa asalariada de la administración pública nació de un aviso del diario que Gasalla vio en dictadura y que le disparó un experimento. La hizo debutar en el Maipo en los ochenta, antes que en la pantalla. El presentimiento no falló.

“Usted es responsable”, decía la publicidad gráfica en la que un empleado recibía un sello en la frente y que inspiró a Gasalla al retrato descarnado. El actor pensó en todas las veces que había asistido a una oficina estatal y en todas esas veces en que las trabas eran demenciales. Se le ocurrió poner la lupa en ese mecanismo de defensa de quienes viven de la atención al público. El resultado fue un hit.

“La atención al público es el peor castigo en una cadena de trabajadores. Ese es el trabajador que está en la primera línea de batalla, recibe las balas continuas, queja, queja y queja. La insatisfacción y el odio se sobrealimentan y el autoritarismo le sirve a la persona para creerse dueña del ministerio. El no te atiendo es su arma, un poder que no tiene”, explicaba Gasalla.

Gasalla en "El palacio de la risa" (1992) cuando hacía un alto de sus personajes y reflexionaba sobre la actualidad

Gasalla en “El palacio de la risa” (1992) cuando hacía un alto de sus personajes y reflexionaba sobre la actualidad

Hasta el ex Intendente porteño Carlos Grosso lo quiso contratar para animar a trabajadores estatales desanimados. Gasalla se negaba y jugaba cada vez más fuerte. Flora podía salir del mostrador para recibir con excitación a Federico Klemm o Ante Garmaz, mientras tomaba mate y hacía uso de ilimitado de los viejos teléfonos fijos de Entel.

Ver el ciclo es navegar por un mar noventoso. Aparecen en el discurso de Gasalla el Intendente de Morón, Juan Carlos Rousselot, la empresaria Amalita Lacroze de Fortabat, las consecuencias de la demolición del Albergue Warnes. Todo un editorialista, en un momento del envío, Gasalla se sacaba los trajes para usar un sobrio traje negro y denunciar en un bloque, sin vergüenza, las inundaciones, las veredas rotas. También hacía campaña por “el uso del preservativo para evitar el SIDA”.

La risa no tapaba el drama, más bien lo describía. El atentado a la embajada de Israel en Argentina, el propóleo adulterado, el alud en San Carlos Minas, Córdoba. De fondo, mientras sucedía de todo en aquel 1992, Gasalla, mezclaba lo teatral y circense con la cámara y lanzaba su cuota de realidad, sin anestesia. “El humor se genera de una situación trágica”, explicaba.

Era la directora y productora Clara Zappettini la que le proponía un compilado audiovisual sobre algún tema político-económico que empujaba al debate, como la Ley de Convertibilidad o el avance de las privatizaciones. Mientras, una tribuna de más de 100 personas ovacionaba el segmento en vivo, con niños de escuela entre los invitados y auspicio del licor Tres Plumas y de Plus Video, empresa editora de VHS.

El sketch de la empleada pública de Gasalla junto a Norma Pons

El sketch de la empleada pública de Gasalla junto a Norma Pons

Naboleti (Juan Acosta) podía hacer su monólogo sobre el estado “Vietnam” que representaba el asfalto de las calles porteñas y a continuación Gasalla regalaban televisores Dewo trinorma a los asilos de ancianos. Sin el apremio del rating, el conductor podía leer cartas de televidentes contra el servicio militar o mandarle cariñosos saludos a César Jaroslavsky.

“El pico del programa era la charla de Nelly Lainez con Antonio, lo único que se improvisaba”, recuerda Ronnie, que era testigo de las horas de maquillaje para el -tal vez- personaje más complejo a la hora de la realización, Inesita, “el que más rendía”.

Entre publicidades de procesadores de alimentos Ultracomb, aparecían mágicamente los mil Gasalla, en los formatos más disparatados: el archivo Prisma rescata perlas en alta definición como Las hermanas Malavuena, una suerte de oda a la telenovela, un miniculebrón a puro cliché en el que podían suceder asesinatos en un hotel de lujo de Montecarlo.

Gasalla y el sketch de Las hermanas Malavuena.

Gasalla y el sketch de Las hermanas Malavuena.

En la TV argentina de 1992 la oferta era vasta dentro de la lógica de los cinco canales de aire (aún restaban unos años para la popularidad del cable). Del otro lado del humor estaba Tato Bores, con su ciclo Tato de América, por Canal 13, recordado aquel 1992 por el cantito multitudinario “la jueza Barú Budú Budía”, luego de que María Romilda Servini de Cubría, cuestionada por su desempeño en el Narcogate, se enterara de una futura mención en el programa de Mauricio Borensztein y presentara un recurso de amparo.

Tato Bores y Gasalla compitieron ese año por en el rubro “programa humorístico” en el Martín Fierro. Ganó finalmente Peor es nada (Jorge Guinzburg). “¿Nos vamos a la mierda, o vamos a salir?”, le preguntó en cámara alguna vez Antonio a Tato. Nada queda de aquella era dorada del humor. O sí: esa respuesta que sigue en suspenso. 

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