Fernando Samalea: el que tocó con todos o el testigo encubierto del rock



-¿Qué diferencias hay entre el Charly drogado y el Charly medicado?

-Intento mantenerme lo más ingenuo posible. Con todo respeto, si te parece, podríamos hablar de García, pero con un carácter musical.

-Debo preguntar por García.

-Mirá, Charly mostró, desde Sui Generis, algo inédito en la idiosincrasia argentina. Una nueva forma de ser, algo que no existía. Y su linaje continúa firme. Si se advierte alguna herida de batalla en su semblante actual, diría que le sienta bien. Son condecoraciones del oficio, nada más. Este artista tiene con qué para cerrarnos la boca a todos. Basta escucharlo o leerlo en un reportaje.

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-Vos tocaste con Gustavo Cerati es su último y emblemático show en Caracas. ¿Si lo trasladaban antes pensás que se hubiera salvado?

-Soy conciente de que los medios buscan polemizar. Eso genera algo más atractivo en la mayoría. Si te parece hablar en plan más mitológico y romántico, con el cariño y agradecimiento que siento por el mundo musical… Además, no sería lindo que la familia de Gustavo siga leyendo, directa e indirectamente, una década después y con el asunto agotadísimo, acerca de este tema. Sobre todo por cuidar a su mamá Lilian o a sus hijos. Y volviendo a García, él también merecería ser citado por sus virtudes. Me interesa tratar temas más constructivos y luminosos. Siempre me preguntan sobre ellos, y me encanta, pero no para explayarme sobre medicinas posibles o hipótesis de mala praxis.

La actitud del que sabe escuchar y recrea los diálogos. Ese es Fernando Samalea, uno de los bateristas (también bandoneonista) más emblemáticos del rock. Testigo encubierto. Un hombre Clase ’63 que, llegado el caso, puede ser ciego, sordo y mudo. Formó parte de grupos como Fricción, grabó y giró con Charly García, Gustavo Cerati, Andrés Calamaro, Illia Kuryaki, Joaquín Sabina, Benjamin Biolay, Fabiana Cantilo… En Nunca es demasiado, su tercer y torrencial volumen de más de 500 páginas, Samalea se permite hablar por escrito con el TOC del detalle en sintonía funesiana, y con la posibilidad de irse por las ramas. Se percibe eso y su postura ante la vida: Samalea escribe estando de buen humor y lo hace con una elegancia rockera que lo acerca a Calamaro. Y a nadie más.

“Nunca es demasiado” es el tercer libro de Fernando Samalea. 500 páginas para conocer secretos del rock.

-En tu libro armás una bitácora llena de datos inútiles, digresiones y anécdotas híper detalladas y cuasi patológicas…

-Bueno, las digresiones que notaste aparecen principalmente en este tercer libro. Por lógica, siendo ya cincuentón, cargo con más pasado. De todas maneras me encanta el estilo inglés de narración, donde algo encadena lo siguiente o anterior sin dar respiro. Me viene a la mente el libro La conquista de lo inútil, de Herzog, una suerte de cruzada contra la nada. Salvando distancias, nunca sabré el sentido real de ordenar mis vivencias en libros. Pero sí puedo confesarte su efecto sanador. El relato está pensado también para chicos o chicas del futuro que sintiesen curiosidad sobre estas épocas. De ahí tanta descripción meticulosa sobre vestimentas, modismos, instrumentos, tecnologías, calles, edificios, nombres de temas o álbumes. No quise abusar de posibles sobreentendidos. Y preferí enaltecer cosas buenas y luminosas. Ya hay bastante drama en el mundo, ¿no?

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-Hablás desde una ingenuidad conciente y manifiesta. ¿El rock alimentó una contracultura de la que algunos de sus intérpretes están dispuestos a renegar?

-Para mí el rock no incluye sus arquetipos dudosos. Su valor está en las canciones o en la actitud a contracorriente. En la emoción antes de salir al escenario y el griterío del público, en dar palazos todo transpirado entre compañeros, bajo luces y estruendo. Tuve la fortuna de marcar el ritmo en unas cuantas canciones populares, y hasta de palpar los métodos creativos de sus compositores desde la primera fila. Si bien no soy una figura popular, ni creo tener estirpe social para una “autobiografía”, al menos me gustó dejar un testimonio generalizado sin otra pretensión que entretener a quien se interesase en estas páginas.

Fernando Samalea prefiere ver al rock y a sus artistas del lado más romántico.

-¿Y qué podrías decirme de Cerati?

-Qué decir sobre Gustavo. Un caballero. Me guardo en el corazoncito mil sucesos, tanto al compartir Fricción en los ochenta como al acompañarlo en sus sueños Ahí vamos y Fuerza natural, dando la vuelta al mundo durante esa primera década del siglo XXI. Fueron noches inolvidables, plagadas de chistes también. A pesar del dolor de que ya no esté entre nosotros, busqué recuperar dichas alegrías, su compromiso artístico y el jolgorio de ir de un lugar a otro como gladiadores, o un equipo de fútbol de alta competición. ¡Cada concierto suyo era como una clase de Crossfit! Terminábamos embriagados por sus canciones, envueltos en toallas empapadas. Mis crónicas no omiten picardías o mañas propias y ajenas, seguramente atractivas para mucha gente. Pero siempre situándome más allá de morbosidades, chismes, golpes bajos o lo éticamente inapropiado. Personas así merecen un carácter mitológico. Yo nunca dejaré de ser del todo público y oyente. Aprendiz perpetuo, y con una sonrisa.

-¿Por qué tocaste con todos? ¿Cualidades personales o musicales?

-Supongo que se debe a una mezcla de cosas, llámense suerte, ganas o predisposición para no cargar con golpes innecesarios en esas canciones emblemáticas. Aplicando el “menos es más”. No soy ningún virtuoso y desde ya que hay quienes tocan mucho mejor que yo. El por qué me toca a mí en ciertos casos, seguirá en el campo de lo misterioso, como el de las afinidades humanas. Habría que considerar lo astrológico, la energía invisible o el destino, por qué no.

-¿Quién fue el primero que confió en vos?

-Andrés Calamaro en 1985 con Vida cruel, luego de que yo transitase el under porteño con Clap o Fricción. Apenas cumplí mis veinte, apareció García en la película. Todos mis anhelos parecieron concretarse en ese segundo mágico, y así fue sin interrupciones hasta hoy, en todos los terrenos. Pude aprender de Gustavo, los Illya Kuryaki, Joaquín Sabina, María Gabriela Epumer, Fernando Kabusacki y Calle 13… Siempre fui curioso por lo que viene, y la vida sigue dándome la posibilidad de conocer a sus referentes de primera.

Fernando Samalea tocó en Clap y Fricción, en sus épocas del under. Después Andrés Calamaro lo convocó para su disco “Vida cruel” y allí conoció a Charly García.

-Hay una ley nunca escrita de “músicos de Charly” y “músicos de Spinetta”…

-Es verdad lo que decís, y puede que haya existido una regla de tendencias al acompañarlos individualmente: músicos más “jazzísticos” en un caso, y “rockeros” en otro, pero tampoco con fronteras demasiado rígidas. Ellos mismos lo dejaron claro hace ya cuatro décadas, rompiendo toda dicotomía posible durante el concierto de Spinetta Jade y Serú Girán. Recuerdo que esa noche conocí el estadio Obras, a mis tiernos dieciséis, a pura ilusión desde la tribuna. Pero, bueno, tampoco el asunto es llenar un álbum de figuritas, eh. A Spinetta, sin embargo, pude conocerlo cuando los íconos amagaban con hacer un álbum juntos y, en este caso, ambos se sumarían al nuevo disco que preparaba Calamaro, del cual yo también era parte. Con Spinetta compartí otras grabaciones -como El monstruo de la laguna en el álbum de Fabi Cantilo y Vi la raya en el de Andrés-, así como unas cuantas jams informales. Y supe tratarlo más que nada en mis tiempos con los IKV, promediando los noventa, cuando conocí los dotes humanos y agasajos culinarios del “papá de Dante”, degustando sus pastas, pizzas y rolls de sushi. Tuvimos lindas charlas telefónicas, muy poéticas.

Viajero. La música llevó a Fernando Samalea por todo el mundo. Además de baterista, también toca el bandoneón.

-De los músicos que te contrataron, ¿quién es el que mejor paga?

Y… no me corresponde develar esas cosas. Son cuestiones del ámbito privado, que para colmo, pueden malinterpretarse fácilmente. Pero te aseguro que hemos sido tratados muy generosamente, y si alguna vez faltó un empujoncito, la retribución llegó con creces en el plano artístico, así que todo más que bien. Cuando digo “empujoncito” no me refiero a los popes del rock argentino, sino a proyectos de amigos que no cuentan con gran producción, pero valen la pena. No bien empecé a tocar, a mis ocho o nueve, ni sabía que los músicos ganaban dinero. Me gustaban esas obras distintas y “anti-comerciales”, los looks de capas y melenas o las cubiertas de discos. Luego, la vida fue mostrándome las vicisitudes reales del mundo discográfico. Aún así, siempre intenté mantener un espíritu romántico, que me preservase de todo interés extramusical.

WD

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