El rey Luis XIV de Francia era bailarín y el ballet servía a la política

El rey Luis XIV de Francia es el más célebre y discutido de todos los Luises anteriores y posteriores a él, y de todos ellos es quien tuvo el reinado más extenso: entre 1634 y 1715.

Pero en esta ocasión podemos dejar tranquilamente de lado las profusas alternativas bélicas, económicas y políticas de ese reinado para ocuparnos de un aspecto más frívolo de la vida de Luis XIV, pero que no careció de importancia política: la afición que tenía por la danza, o más bien la pasión casi chiflada considerando las tremendas responsabilidades que llevaba sobre sus espaldas.

Y por otra parte, si el llamado ballet clásico existe y si tiene millones de admiradores en el planeta entero hasta el día de hoy es porque Luis, movido por aquella pasión, creó la Academia Real de Danza en 1661, donde se sentaron las bases del ballet, sus posiciones, su estilo y la manera de enseñarlo.

No importa que en el siglo XIX se hayan incorporado otros rasgos que dieron forma al género del ballet como lo conocemos hoy; lo cierto es que su cuna está allí, en la Academia Real creada por Luis XIV.

Una recreación del espíritu de la época del Rey Sol, Luis XIV. Foto AFP

Una recreación del espíritu de la época del Rey Sol, Luis XIV. Foto AFP

Relaciones entre un rey y la danza

¿Y cuál sería la relación entre este arte tan exquisito y los entresijos de la política monárquica?

Bien, hay que comenzar por decir que el Rey Sol, nombre con el que también se lo conoció, estaba formado desde niño en la práctica de la danza o para decirlo con más precisión, de los bailes de salón, en los que -dicen- se destacaba notablemente (¿pero alguien se hubiera atrevido a decir lo contrario?).

Como fuera, había una norma establecida en los altos círculos de la corte: todos los caballeros, desde el rey hacia abajo, debían dominar de un modo perfecto tanto la esgrima como la equitación y la danza.

Cuando vemos en la actualidad un bailarín clásico en escena, todo su porte, su elegancia y sus movimientos evocan a un aristócrata francés de aquel tiempo.

Una fiesta en el Palacio de Versalles, en 2020. En la época de Luis IV las hacían para 20.000 personas. Foto AFP

Una fiesta en el Palacio de Versalles, en 2020. En la época de Luis IV las hacían para 20.000 personas. Foto AFP

A partir de los 13 años, Luis XIV comenzó a participar en fastuosos espectáculos de danza que se presentaban en la corte misma. En 1653 actuó como el Sol Naciente en el famoso Ballet de la Noche, una alegoría en la que una casa en llamas era saqueada por ladrones.

La Aurora, acompañada por el Sol y un séquito de seres benéficos, salvaba la casa. No era una alegoría ingenua: dos años antes, una multitud había invadido el Palacio Real para protestar por los altos impuestos y la miseria creciente; el Ballet de la Noche indicaba que Francia no se convertiría en una casa en llamas y que el Sol, su monarca absoluto, reinaría gloriosamente para siempre.

Monarquía versus señores feudales

Cuando Luis XIV sube al trono, Francia estaba desgarrada por los enfrentamientos entre la monarquía y los viejos señores feudales, enemigos acérrimos de un país centralizado y dominado por una figura absolutista.

El personaje del Sol, con el que reapareció en otros ballets, era una manera de afirmar que Luis, como rey, ocupaba el centro de un sistema que necesariamente debía girar alrededor de él mismo. Así era y así tenía que entenderlo todo el mundo.

Aparentemente el Sol era su rol predilecto; pero encarnó igualmente en otras obras a la Guerra, Plutón y Júpiter. Le gustaba interpretar también papeles muy contrastantes con su condición de rey, como el de un gitano, un borracho, un ladrón, un músico o un esclavo.

En 1669 bailó, nuevamente como el Sol, en el “Ballet Real de Flore”. Al año siguiente estaba prevista su actuación en Los amantes magníficos, un ballet-comedia creado por Molière, pero una enfermedad se lo impidió y este sería el fin de su carrera de bailarín.

También, seguramente, unos versos del dramaturgo Racine hicieron pensar a Luis XIV que ya era conveniente retirarse de la escena. En su obra Britannicus, Racine hablaba del exhibicionismo desmedido del dictador romano Nerón y no era muy difícil captar a quién estaba aludiendo.

A partir de 1682 Luis ocupó el fabuloso Palacio de Versalles que había ordenado edificar y que podía albergar veinte mil personas vinculadas a la corte. Los espectáculos que allí se organizaban eran de una escala que envidiaría cualquier rockstar de hoy.

En el Ballet de la Noche, por ejemplo, ocho compositores colaboraron con los poetas y diseñadores; y los maquinistas, que tenían a su disposición sólo lámparas de aceite, produjeron puestas de sol muy realistas, efectos diurnos y nocturnos, lluvias, nubes en movimiento, diosas transportadas por el aire y un edificio en llamas.

El elenco estaba formado por setenta y cinco bailarines profesionales y un buen número de cortesanos y de músicos; la obra duraba catorce horas.

Es fácil imaginar el costo de estos espectáculos y también cómo las finanzas de Francia estaban frecuentemente al borde de la quiebra. Pero el cálculo era también político: cronistas de todas las cortes de Europa enviaban descripciones de estos increíbles ballets a sus lugares de origen, lo que afirmaba una y otra vez el poder inigualable de la monarquía francesa y de su soberano (así lo creía él) por derecho divino.

WD

Source link

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *