El resucitador serial (segunda y última parte)

Resumen del capítulo anterior: un resucitador serial revive a celebridades. El detective Keto, en algún momento exitoso cazador de psicópatas, pero que hace cinco años fracasó en capturar a un asesino, recibe el encargo de neutralizar esta novedosa amenaza.

Cuando Plones y Borgovo se marcharon, Keto permaneció sumergido en sus recuerdos. El fantasma de su compañero de primaria y secundaria, Cazofe, lo desafiaba como el del padre a Hamlet.

¿Qué relación había unido a Cazofe y Oridiana, antes de que Lugus lo asesinara? ¿Por qué él, Keto, había aceptado la oferta de sentarse a la mesa con Cazofe y Oridiana? ¿Había en aquella aceptación una secreta rendición a la belleza de Oridiana que, a la postre, había redundado en el asesinato de Cazofe?

¿Su emboscada contra Lugus había fracasado, y ocasionado la muerte de Cazofe, porque por un instante lo había deslumbrado la belleza de una mujer, la oportunidad infame del azar?

Dean, su joven asistente, le preguntó a Keto si debía conseguirle otra botella de whisky antes de marcharse, ya era la hora. Keto le respondió que se marchara tranquilo. Ese breve diálogo con su joven asistente le recordó una escena perdida en la noche de la Historia.

No la podía vislumbrar con claridad, pero algo en el fondo de su memoria pugnaba por acercarle una pista, como la línea espumosa y fugaz de yodo que deja una ola en la orilla. Su asistente le ofrecía una botella, que hasta hacía apenas unos días, previo al encargo de apresar al resucitador, hubiera bebido hasta liquidar, y amanecer sumergido en su propia resaca.

Pero se había negado: despertaría lúcido, preparado para el trabajo. ¿Qué celebridad había capitulado ante su propia tentación, y nunca más amanecido, como el propio Keto, secretamente hasta para sí mismo, ante la belleza de Oridiana? ¿Y qué relación tenía aquel recuerdo esquivo con el resucitador serial, y la finalidad última de su reversión de la experiencia humana?

Aunque eran más de las dos de la mañana, y Plones y Borgovo se habían retirado hacía apenas unas horas, Keto no dudó en llamarlos: activó la llamada colectiva de whatsapp, un recurso que jamás había usado a lo largo de su existencia. Ambos noctámbulos atendieron de inmediato. A los tres les costaba dormir y un llamado en la madrugada, contrario a un inconveniente, era una bendición.

– ¿De qué marca es el cargamento de perfume importado que le exigió Jack el resucitador a Capanga? -preguntó Keto.

– Habría que averiguarlo -lo siguió Borgovo, usando también por primera vez la llamada colectiva de whatsapp-. Pero me estoy maliciando que…

 El profesor Plones no lo dudó. No habían aún siquiera pensado por dónde buscar un indicio; pero sentenció, y los otros dos coincidieron en silencio: – Chanel número 5.

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En el avión a Los Angeles, en el asiento tripartito, los tres veteranos cotejaban hipótesis: – ¿Por qué un hombre quisiera salir a resucitar personas? -lanzó la tertulia Keto.

– Los motivos son tan innumerables como los de un asesino -especuló Plones-. ¿Ejercicio del poder? ¿Mera tendencia al Mal?

– En este caso -reflexionó Borgovo-, quizás sólo el deseo de una mujer.

– Pero para eso no hubiera tenido que resucitar a Alí, ni a Napoleón -lo desafió Keto.

– Es que en el caos triunfa el más fuerte -citó a Kissinger y retrucó Borgovo.

Plones acordó: – Por otra parte, si su interés era seducir a esta estrella, el resucitar a otros puede ser una de las estrategias de petulancia de un enamorado: “No sos la única a la que voy a resucitar. Te resucito porque me interesás; pero más vale que me atiendas, porque tengo varias opciones”.

Borgovo se puso el barbijo sobre los ojos, para dormir. Plones pidió un Bloody Mary. Keto releyó el reportaje de Truman Capote: Una adorable criatura.

Al aterrizar en el aeropuerto LAX, mientras carreteaban de llegada, Keto informó: – No sabemos aún el nombre real de Jack el resucitador.

Encontraron huellas digitales, pero no figuran en ningún registro.

A cada uno de los tres le costó flexionarse detrás de una lápida. La noche californiana era cálida y húmeda, y las articulaciones de los sexagenarios, dos de los cuales nunca habían sido hombres de acción, crujían como maldiciéndolos.

Keto quizás había corrido, golpeado y disparado, en su vida anterior; pero tras cinco años de inacción y borracheras, estaba más arruinado que Borgovo y Plones. No obstante, lograron pasar desapercibidos entre los muertos, y dejar libre de sospechas la tumba de Marilyn Monroe.

A Borgovo le tocó ocultarse tras uno de los poemas de Spoon River; y aunque su inglés nunca había sido destacable, lo leyó con secreto placer. Logró terminarlo apenas un instante previo a escuchar los pasos de Jack el resucitador, esparciendo hojas secas entre los huesos secos también.

Cuando el resucitador se había parado delante la tumba de Marilyn, juntando los dedos como para realizar un rito pagano y a punto de efectuarlo, Keto surgió desde detrás de la tumba de un policía de tránsito y le gritó a Jack: – Alto, deténgase o disparo.

Ni Borgovo ni Plones ni Keto sabían si Jack el resucitador era inmune a las balas. Pero hasta donde podían comprender, el sospechoso levantó sus manos y se detuvo, como cualquier otro hombre que valorara su vida en la misma situación. Lo detuvieron y apresaron.

Keto descubrió que Jack no era otro que Lugus resucitado. Pero si Lugus era el resucitador, ¿quién había resucitado a Lugus?

La identificación de Lugus no fue difícil para Keto: le habían reparado notoriamente -con una cicatriz a lo Frankestein- el lado izquierdo donde se concatenaban parte de la cara y la cabeza (el que le había volado la bala); y sus ojos fijos eran como la marca indeleble de un billete.

Ya Lugus tras los barrotes de la celda, Keto le ofreció reducirle la pena -un bluff, porque aún no tipificaban la resucitación como delito-, si regresaba de la muerte a Cazofe: para preguntarle qué relación lo unía con Oridiana.

Pero Lugus a cambio de la reducción de la pena reveló la verdad: la resucitadora era Oridiana. Ella había resucitado al propio Lugus, y le había prometido entregarle a Marilyn rediviva. Para cada cadáver, el rito era distinto, y solo Oridiana lo conocía. Lugus no podía resucitar a nadie sin el know how de Oridiana. También reveló Lugus la guarida de su mandante.

Cuando la atraparon, ya con una orden judicial que convertía en delito el acto de la resucitación, Oridiana, por consejo de su abogado, aceptó caducar la sobrevida de los por ella resucitados, y no volver a hacerlo. Los muertos regresaron a la muerte.

-Yo era amiga de la esposa de Cazofe -reveló por fín Oridiana-. Lo intercepté en el bar como si fuera por casualidad. Colaboré con Lugus para desorientarte y asesinar a Cazofe.

– ¿Pero por qué? -sintió un nudo en la garganta Keto.

Plones y Borgovo observaban igualmente angustiados.

Oridiana sonrió al responder: – Es un pacto entre la belleza y la maldad.

WD

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