El Pepe, una vida suprema, por Netflix: Mujica, entre frases, mate y su Escarabajo



El dueño de casa, o de chacra, como buen anfitrión chupa y escupe del mate antes de pasárselo a su visita. Emir Kusturica masca y fuma su habano. Hay también un sillón hecho con tapitas de gaseosas, mientras una gallina roba cámara.

El Pepe, una vida suprema es el documental que el director de Underground hizo sobre el ex presidente del Uruguay, José Alberto Mujica Cordano, más conocido como Pepe Mujica, hoy de 84 años.

El tono del relato es descontracturado, espontáneo. La cámara rueda y el trabajo de edición del realizador serbio, que escucha desde sus audífonos traducido lo que dice El Pepe, no habrá de ser complicado.

Mujica se muestra, en la película, como es en la vida real. Simple, sencillo. Y directo.

“¿Se arrepiente de algo?”, le pregunta Kusturica. Y de lo único que se arrepiente Mujica es de no haber tenido hijos. “No tengo hijos, si se lo dejo al Estado y viene la burocracia, que es peor que la burguesía…” dice cuando habla de sus bienes, que son los mismos antes y después de asumir la presidencia: la chacra donde pasa buena parte de la entrevista, y su Volkswagen Escarabajo celeste.

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También, como todo político de raza que es, le gusta dejar frases entre célebres y rimbombantes, pero siempre marcadas por su estilo jovial y natural. Tanto podrá decir “Lo bueno es malo, y lo malo a veces es bueno”, o “Las flores tienen una dureza tierna”, aunque quizá la mejor sea “Yo de las cosas que no me conviene no me acuerdo”.

Cuando el ex Tupamaro se refiere a su etapa guerrillera, habla de una “guerrilla urbana, romántica”, según sus palabras. Mientras estaban en la clandestinidad “cometimos delitos, expropiaciones”, refiriéndose a secuestros extorsivos. Habla del capitalismo.

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De fondo, hay ritmo de candombe o tango. “Qué ganas de llorar”, canta Julio Sosa en En esta tarde gris, estribillo que se escucha repetidas veces.

Afortunadamente, el director de Maradona by Kusturica (2008) no se coloca -demasiado- en primera persona. Como también es cierto que el documental es algo desordenado en cuanto a los tiempos -no siempre se sabe cuándo habla el Mujica presidente y cuando el Mujica ex presidente-, que el espectador que no conoce la historia del chacarero puede confundirse con extrema y llamativa facilidad.

“Destruir una pared es fácil, pero construir una pared no es fácil. Para esto hay que envejecer”, argumenta con razón Mujica, mientras Kusturica toma el cigarro a la manera del Che.

Se insertan imágenes de Estado de sitio, la película de Costa-Gavras. Aparece Lucía Topolansky, su compañera que fue diputada y senadora y es la vicepresidente del Uruguay. Y el actual shopping que supo ser el Penal de Punta Carretas, la cárcel donde compartió el encierro con presos comunes y políticos, donde aprendieron a beber orina porque no les daban líquido, y de la que Mujica escapó con Eleuterio Fernández Huidobro en 1971 junto a 110 presos que se fugaron.

El filme casi que ningunea a Tabaré Vázquez cuando el Pepe de la gente le entrega el poder. “En la política hay que buscar gente con corazón grande y bolsillos chicos”, resume el uruguayo, que el día del traspaso de mando a su compañero del Frente Amplio llega y se va en su Escarabajo celeste.

Un resumen preciso y fiel de cómo vive el protagonista de este documental que se ve por Netflix.

“El Pepe, una vida suprema”

Buena

Documental. Uruguay/Argentina/Serbia, 2018. 74’, ATP. De: Emir Kusturica. Disponible en: Netflix.

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