El nuevo relato de Marcelo Birmajer: Una noche



Remigio observaba la infinita noche estrellada desde su casucha perdida en medio del campo, a varios kilómetros de la ruta, y sin nada ni nadie alrededor. Se preguntaba cómo era posible ver el cielo entero por su ventana, ubicada en la pared lateral y no en el techo, tirado en la catrera. Prácticamente todas las noches estrelladas se preguntaba lo mismo. Aunque no distinguía las constelaciones, ni los planetas, de tanto escudriñar había llegado a poner nombres a su antojo a los astros, según el brillo, el ritmo del titilar, la posición. Eran sus único interlocutores en el silencio de la inmensidad.

Descubrió una luz con un recorrido preciso, que no era una estrella fugaz ni un avión. En una docena de ocasiones había divisado, sin demasiado asombro, la parábola espacial de un objeto volador no identificado. Pero ahora se acercaba. Descendía. No parecía una caída en picada, pero ningún otro de esos artilugios lejanos había sido para Remigio tan visible y próximo.

Finalmente, lo que fuera, se perdió en el campo, muy lejos.

Ciertamente la aparición había alcanzado otros bemoles, pero tampoco era para mesarse el cabello. Mucho menos para notificarlo. Cosas más raras pasaban en este mundo sin el concurso de otros. Remigio estaba a punto de dormirse cuando golpearon la puerta. Dos golpes, secos pero cautelosos. Puso el ojo en la mirilla y la vio: una mujer desnuda, bellísima. Tendría su edad. Le abrió pensando que debía estar aterida, pero aparentemente no sentía el frío. De todos modos, para proteger su desnudez, Remigio le tiró un poncho encima. Ella agradeció con un gesto de su perfecta cabeza y tomó asiento a los pies de la catrera. ¿Por qué no en la silla?, pensó Remigio.

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-Vengo de otro planeta -dijo ella.

Remigio asintió, sorbió el mate y le ofreció. La mujer lo detuvo con la mano, no rechazando el mate, sino tomándose aún tiempo para las explicaciones.

-En breve pasaré a formar parte de las mujeres responsables de mi civilización -le aclaró (hablaba como traducida)-. Quiero conocer otras cosas antes de cumplir con los rituales eternos.

-¿Salir a pasear? -preguntó Remigio-. Ahora es muy tarde. Pero mañana…

La mujer probó el mate y en su rostro se plasmó una expresión de placer y sensualidad. Abrazó y besó a Remigio. Su suavidad, pensó Remigio antes de caer rendido, era la del primer rocío de la mañana, previo a la salida del sol.

Al día siguiente ella se desplazó por entre los pajonales, los pastizales y el yuyo, y se perdió, igual que la nave en la noche. Remigio volvió a mirar el firmamento negro en soledad. La recordaba, claro; pero no necesariamente la extrañaba: al menos no en el sentido de desear su regreso. Había aprendido a vivir solo, cuanto más lejos mejor. ¿Qué más podía pedir que una galaxia de por medio? En una de esas noches, ya en verano, fresco en su parcela, nuevamente la nave descendió en el sitio referido: ahora que la miraba por segunda vez, a Remigio se le antojó un farol gigante. Se cebó un mate a manera de tener preparada la boca para cualquier eventualidad. Golpearon tres veces la puerta; más fuerte que en la primera visita: quizás la ansiedad de reencontrar lo que se anhela. Pero cuando Remigio abrió sin mirar, se encontró con un hombre adusto. Vestido de caucho, se parecía, en algo, a ella. La doblaba en edad.

-Soy el padre de Laila -dijo el hombre-. Lo pongo en estos términos para que usted lo entienda. Su nombre original, en la rústica pronunciación de los terráqueos, sería imposible de articular para usted. Nuestra civilización es muy rigurosa al respecto; no exijo nada estrafalario: casamiento. No pretenderá que una mujer de 82 años pase el resto de la eternidad sola por una pasión de una noche.

-Lo de la eternidad – preguntó Remigio-, ¿es una metáfora?

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-Es un concepto que usted no podría aprehender por medio de palabras. Pero se lo concederemos como parte de la dote. Vamos.

-Yo no voy a ningún lado -replicó Remigio.

-Comprendo -dijo en un tono ocultamente amenazante el extraterrestre-. Debe prepararse, recoger sus cosas. Ese brebaje (señaló peyorativamente el mate, del que seguramente la hija le habría informado embelesada). Avisarle a sus padres y seres queridos. Pero en ningún caso puede advertirles por qué ni a dónde. Dígales que se va a vivir a Inglaterra: a entrenar caballos de polo. Los ingleses contratan a gente como usted para eso.

-¿Cómo sabe tanto? -preguntó Remigio.

-Ustedes son nuestro entretenimiento. Mi hija se pasó del otro lado de la pantalla. Ahora ya es tarde para lágrimas. Mañana pasaremos a buscarlo. Tenga todo listo.

Ni bien el hombre se esfumó en la noche, Remigio se quedó dormido. Durante la mañana, actuó como cualquier otro día. Dio de comer a las gallinas, cuidó la huerta, sacó a galopar al zaino y pastoreó a sus tres vacas. Vigiló a la media docena de ovejas. Tarde en la noche, la nave descendió con su delicado vaivén. Apenas golpearon la puerta, Remigio se llevó dos dedos a la boca y pegó un chiflido ensordecedor. Las luces se prendieron en los cuatro puntos cardinales del campo: desde todos los rincones aparecieron las cámaras de televisión, los camiones de los móviles, los tanques y el regimiento especial. Una comisión del gobierno supervisaba el evento desde un dirigible tipo bunker. Pero el padre de la novia no había venido solo, y sí preparado para una celada. Un centenar de naves aerodinámicas enemigas iluminaron el cielo. No hubo intercambio de palabras.

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-¡Corran a los refugios! -gritó una voz humana antes de que impactara el primer disparo.

Remigio logró colarse en una vizcachera de su tamaño, largo como era y de pie. Por suerte, con suficiente espacio como para tener un contacto con el exterior aún a resguardo. No hubiera soportado el encierro total.

Cuando terminó la batalla, no quedaba nada de la humanidad. Ni de los animales. Los extraterrestres se habían portado como los griegos con los troyanos: aniquilando por mero despecho. Remigio probablemente fuera el último hombre sobre la Tierra. Milagrosamente, la casucha había sobrevivido. O no un milagro, sino que los destructores de la especie la habían dejado como escarmiento para que ningún otro ser vivo volviera a hacerles alguna vez desplante semejante.

Como fuera, ahí sería donde dormiría, como todas las demás noches de su vida. Pero en la madrugada lo despertó el titilar de una luz ya conocida. El bamboleo de la nave insignia. El cielo y el infierno tenían el mismo número de teléfono. Remigio se calzó los cortos, le dio un adiós silencioso a su querido rancho y salió corriendo con todas sus fuerzas para el lado contrario. Pena que le hubieran matado al zaino.

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WD

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