El machete de la Inquisición

Desde mayo de este año estuve leyendo de corrido Una historia argentina en tiempo real, de Jorge Fernández Díaz. Pero al terminarlo, volví sobre las huellas de mi lectura -sin subrayar- para repasar algunos párrafos o personajes que habían llamado mi atención a la ida.

Fernández Díaz cuenta que Juan José Hernández Arregui, autor, entre otros libros, de La formación de la conciencia nacional, celebrado por Perón como uno de los mayores escritores argentinos de su tiempo, visita precisamente al caudillo en Puerta de Hierro, en las vísperas de lo que será su definitivo regreso al país.

En el ensayo/relato de Fernández Díaz se narra que Fermín Chávez, discípulo y prologuista de Arregui, rememora que su maestro se negó a ingresar, en Toledo, a la Sinagoga del Tránsito, uno de los principales monumentos a lo que fuera la vida judía en España, previa al desastre de la Inquisición.

En la primera lectura del texto de Fernández Díaz, no me quedaba claro el motivo del rechazo de Arregui a entrar en la sinagoga vacía; sin embargo, en la segunda lectura, descubrí que Arregui, adobado por la devoción hispánica, no latina -la distinción es suya- pasa de largo impulsado por un ramplón antisemitismo.

Debo reconocer que el resultado de mi pesquisa estaba bastante spoileado por una historia de las ideas “nacionalistas”: el “socialismo nacional”, el “pensamiento nacional”, la “causa nacional”, a menudo ha padecido ciertas incompatibilidades con los componentes no hispánicamente “puros”, como le gustaban a Arregui, de nuestra proteica identidad argentina.

Confieso, por mi parte, que no soy muy afecto a las visitas a los edificios religiosos. Tampoco me encuentro cómodo rezando. Ocasionalmente he postulado que mientras una persona lee no puede estar haciendo nada peor; pero, por el contrario, mi sensación al rezar es que podría estar haciendo algo más operativo para conseguir solucionar el problema por el cual estoy rezando.

En cualquier caso, no hay relación entre estas opciones y la decisión de Arregui de eludir deliberadamente la sinagoga para no entrar en contacto con algún fragmento de la historia judía.

Incidentalmente, en los años 90 yo sí visité aquella sinagoga de Toledo, y el suceso que me llevó a leer dos veces este ensayo de Fernández Díaz se remonta a los años 80, al quinto año de mi colegio secundario, sito en la avenida Rivadavia, equidistante entre la plaza Miserere y la confitería Las Violetas, por si Arregui duda de mi integración en la cartografía porteña.

La prueba era de Historia del Arte, la profesora era bellísima -una belleza clásica, del Renacimiento, conceptos que ignoro prácticamente por completo pero que han quedado fijados en mi memoria por el solo hecho de adjetivar ese rostro y cuerpo inolvidables-, y uno de nuestros compañeros, el Puma Fanzone, no descartaba la posibilidad de conocerla, a la profesora, fuera del aula (si no era ya un hecho).

El Puma era un prodigio: no solo exudaba una cultura general apabullante, sino una inteligencia intuitiva deslumbrante. No tenía acné, ni taras, ni fobias: parecía el sueco Levov, de Philip Roth; pero era Fanzone.

Terminaba la dictadura, era septiembre, y Fanzone avanzaba hacia un destino dorado propulsado por la mera primavera de la juventud y la libertad. La prueba escrita de la profesora de Historia del Arte -y yo hubiera dedicado un período solo a estudiarla a ella, la sabiduría de su edad, la exquisitez de sus movimientos, su completa ignorancia de mi mera existencia-, incluía una pregunta sobre la historia de los judíos en España, que yo debiera haber sabido, pero que por supuesto desconocía.

Le pedí ayuda en silencio a Fanzone, tomó nota en un pequeño papelito y, según testigos, lo arrojó desde su pupitre al mío. Digo según testigos porque yo nunca vi volar el machete hacia mí. Fue un objeto volador no solo no identificado sino siquiera percibido.

Uno o dos compañeros aseveraron que siguieron el vuelo rasante. Fanzone quizás pudiera cobijar una injustificada rivalidad: en uno de los exámenes orales, yo había recitado un poema en el que la profesora había reparado. Pero luego lo olvidó, junto conmigo. No había competencia posible: yo era un objeto no volador no identificable. El universo era de Fanzone.

En rigor, ese machete nunca aterrizó en mi pupitre. Me aplazaron, por muchas preguntas sin responder; y por esa que debiera haber sabido, y ni siquiera me tomé el trabajo de consultarle a Fanzone en el recreo. ¿Había fingido enviarme un machete?

El tiempo pasó: como ese bollito de papel invisible. Recientemente acuñé, con motivo del chino de Olivos, la figura de un hombre que es invisible solo para otro. No es El hombre invisible, sino El hombre invisible para X. Tal vez aquel machete, dirigido a mí, era solo invisible para mí.

Esas cosas pasan, como en la recientemente citada, en mi columna anterior, parábola kafkiana. Pero decía que el tiempo pasó, como un machete invisible, como un bollo de papel convertido en bólido, surcando la galaxia cotidiana, como un Astroboy sin padre o un meteorito convertido en guijarro.

El tiempo se fue. Aparecí repentinamente en España, invitado, perdido, con jet lag, sin dormir y mal comido, no con hambre sino en desorden. Me señalaron la sinagoga de Toledo y entré, como en ese poema de Santiago Kovadloff: “Afuera la inclemencia empuja a la fe y la fe al vacío. Aquí dentro la ausencia de Dios importa poco”.

Año 1993, Sinagoga del Tránsito. Toledo. Estaba solo. Suelo estar solo, pero esa era una soledad de penumbras amables, no de oscuridad; me rodeaba una atmósfera fresca y seca.

Temí o esperé que en cualquier momento pudiera entrar Samuel Ha Levi, el padre del poeta. No había nadie excepto yo. Y debajo de una de las banquetas de madera distinguí una brizna de papel fuera de lugar. Me acerqué en parte ofendido: alguien había arrojado un residuo en el piso, en aquella España, particularmente en Toledo, en la que cada transeúnte, tan distinto de en Buenos Aires, cuidaba la higiene de su ciudad.

Nadie tiraba un papel en la calle, mucho menos dentro de un recinto. Me agaché a recogerlo y lo desenvolví. Como quien pasa para atrás las hojas del libro del tiempo.

Era el minúsculo fragmento de una hoja de carpeta de repuesto Rivadavia. En su interior, en birome negra, en la apretada caligrafía de los espías secundarios, se leía: 1492. Por un momento creí que el Todopoderoso estuviera jugando conmigo y al instante me sorprendí rezando, en la sinagoga vacía, en el hebreo de mis ancestros, sin destino ni concierto.

WD

Source link

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *