El Festival de Laborde volvió a reunir a los mejores malambistas del país



Un antiguo presidente de la comisión directiva del Festival de Malambo de Laborde –que acaba de cerrar su 53a edición- decía en estos días: “Lo que se ve en este escenario no puede verse en ningún otro lugar del mundo”. ¿Una exageración, fruto del orgullo local? No, una verdad sin vueltas.

Dejemos de lado algunos aspectos comentados en ediciones anteriores: por ejemplo, que este Festival del sur de la provincia de Córdoba convoca entre los mejores artistas de folclore del país, bailarines en general y malambistas en particular. O que es un festival que crece vertiginosamente y, sin embargo, conserva su carácter de encuentro amistoso.

Dejemos estas consideraciones de lado y vayamos a lo que puede verse cada noche. Por un lado, la calidad de los malambistas, desde los gurrumines hasta los veteranos, deslumbrantes en la complejidad, sofisticación y belleza de sus “mudanzas”, esas combinaciones de figuras que requieren muchas horas diarias y largos meses de elaboración pero son forzosamente breves.

Javier Leiva, en el festival de malambo.

Los malambistas, otro dato relevante, trabajan sobre la idea de un personaje: un paisano pobre, un estanciero bonaerense, un soldado de fronteras, un mazorquero -como el sobresaliente Tito Díaz, campeón de 2019- , un salteador de caminos. Es preciso recordar que estos personajes son buscados en el pasado, en la época de vigencia del malambo como competencia espontánea: entre fines del siglo XVIII y principios del siglo XX. La exacta fidelidad en el vestuario es una exigencia indeclinable del jurado.

Y en cuanto a otro de los rubros que compiten, uno de los más bellos es el de “pareja de baile”, cuya danza debe representar a la región de la que provienen. De entre las muchas que se vieron habría que destacar al menos tres, tres joyas perfectas: una “refalosa” de la provincia de Buenos Aires (Matías Somosa y Gabriela Avalos ), un chamamé de Santa Fe (Jaquelina Saucedo y Germán Moreno) y un foxtrot- que por motivos largos de explicar aquí, se considera también un género folclórico- de Santa Cruz (Natalyn Nieto y Nicolás Ibarra).

Roberto Ochoa, desplegando su arte en Laborde.

Los talleres, muy concurridos, son una actividad también extraordinaria: entre otros, el habitual pero siempre renovado de “atuendo folclórico”, dado por el jurado Héctor Aricó (el conferencista también combina siempre, genialmente, la sabiduría con el humor); el de recitador, por Andrés Zarich, muy revelador de los entresijos de este antiguo arte criollo; el de zamba, por Agostina Collante y Maximiliano Soraire, campeones en el rubro “pareja de baile” en 2018.

Laborde se precia de ser el único festival auténticamente federal y efectivamente reúne aquí gente de todas las provincias; habría que agregar que este federalismo revela la gran riqueza cultural del país, tan amplia y diversa como escasamente conocida en la ciudad de Buenos Aires.

Fabián Serna, el flamante campeón

“Con mi malambo quiero emocionar, no impresionar”, dice el bonaerense Fabián Serna, flamante Campeón Nacional de Malambo con su personificación de un general de la época de Rosas. Cuenta que comenzó a aprender folclore a los 6 años y ya nunca se detuvo: “Hice otras técnicas de danza e incluso bailé profesionalmente flamenco, pero lo más importante para mí es el malambo. Al punto que formé mi propia compañía con la que viajo mucho por el exterior”.

-¿Con qué tipo de malambo?

-Con el tradicional y con el de “fantasía”, que usa boleadoras y bombos. Y también con uno inventado por mí: el “malambo de fuego”, con los pies encendidos. La primera vez me quemé espantosamente, después investigué y ahora usamos un elemento ignífugo. Estos shows son quizás comerciales, pero me preocupan mucho los aspectos artísticos: la musicalidad, la sonoridad, los ritmos. De todos modos, creo que el malambo auténtico, como el que de aquí de Laborde, apasiona más que el malambo de fantasía. Son los malambistas los que no confían tanto y creen que lo que impacta son los bombos y las boleadoras. No, yo comprobé en Japón, Grecia, Italia, Francia, que el malambo tradicional apasiona. La convicción de uno convence al público.

-Es la primera vez que veo en Laborde una verdadera puesta en escena, porque tu personaje entra con una comitiva, aunque después bailes solo. ¿Cómo lo pensaste así?

-Todo certamen es también un espectáculo y el público debe ver un contenido, algo atrás, no sólo alguien que zapatea vestido de una manera bonita. Rosas –cuyo traje de gala copié hasta en el más mínimo detalle, aunque no lo represente a él – no se movía solo, tenía su guardia personal de coraceros. Por eso pensé mi entrada acompañada por ellos y por un mazorquero que lleva la enseña federal.

-¿Qué hay en tu malambo que considerás que mereció el premio mayor?

-Que lo que traté de comunicar trascendió la “cuarta pared” y conmovió al público, más allá de la técnica de los pasos.

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