El eterno misterio Luigi Tenco, la bala que atravesó San Remo: ¿Suicidio o asesinato?



Un hombre canta desganado, sin fuerza, en trance. Intenta entonar Ciao, amore, ciao, y se olvida la letra. Se olvida hasta como de respirar. Parte del público del Festival de San Remo lo abuchea y el jurado lo descalifica. Pero el monstruo no está en la platea ni en el banquillo: es como si estuviera dentro. Nadie percibe su tristeza ni que viene quedándose dormido en mesas de billar.

Con su dolor a cuestas sube a la habitación 219 del hotel Savoy de San Remo. Los informes policiales dirán después que eligió una pistola Walther PPK calibre 7.65. Una nota explicativa y un tiro en la sien. “Amé al público italiano y dediqué inútilmente cinco años de mi vida. Hago esto no porque esté cansado de la vida (todo lo contrario) sino como acto de protesta contra un público que manda la canción ‘Io tu e le rose’ a la final y un jurado que selecciona ‘La rivoluzione’. Espero que sirva para que a alguno se le aclaren las ideas. Ciao. Luigi”.

El show no debió continuar. Pero continuó. El festival no se detuvo y a las horas ya seguía un maratón de estrellas de la canción italiana, como Iva Zanicchi. Los periodistas llegaron a la ¿escena del crimen? antes que el comisario… “Murió de amor no correspondido”, eran las primeras versiones, relatos que intentaban aplacar, hacer “romántica” la idea brutal del suicidio. El enigma que planteaba el esqueleto de Tenco era feroz. Tanto que en marzo de 2020, a 82 años de su nacimiento, no hay una explicación que convenza a sus admiradores sobrevivientes.

Una carta, un misterio, un balazo y un adiós. Luigi Tenco, el gran enigma italiano.

La noche maldita

Las fotos del cadáver, de traje y con media cabeza cubierta por un pañuelo blanco, todavía se publican sin piedad en medios europeos. Para una generación, Luigi será siempre un puñal atravesado, una Justicia que nunca llegó, una memoria que nunca pudo blanquearse. ¿Crimen de la mafia? ¿Mafia de las discográficas? ¿Drogas?¿Depresión? ¿La carta la escribieron otros y la plantaron en la escena del crimen? En 2005 un magistrado italiano decidió reabrir el caso. “Molestaremos la paz del pobre Luigi Tenco por amor a la historia de la música”, declaró el fiscal Mariano Gagliano. Se exhumó el cuerpo, para intentar hallar rastros de pólvora y establecer la trayectoria de la bala.

“Sobre la muerte de LT, cada uno se creó su propia fantasía”, decía entonces el fiscal. Los mitos urbanos a esa altura se habían quintuplicado. Es que no había testigos. Otros huéspedes del hotel que aquella noche del 67’ dormían en las habitaciones de al lado, como el cantante Lucio Dalla, decían no haber escuchado el disparo.

La bala también era un enigma. En la primera autopsia, no había orificio de salida. En la segunda, cuatro décadas después, se estableció que sí. Desde entonces nunca dejó de sonar su balada honda, Ho capito che ti amo.

La discografía de Luigi Tenco hoy reina en Spotify.

Luigi estaba renovando la canción italiana. También la industria musical estaba tomando otra forma: cambios en el modo de producir, de facturar. Vértigo capitalista, del que Luigi disfrutaba, pero también padecía. Desde los pósters, sus ojos hoy se resignifican. Siempre parecen estar pidiendo auxilio.

Mientras sus veintitantos se acababan, Luigi mantenía una relación con Dalida (Iolanda Cristina Gigliotti) colega, nacida en Egipto, quien se suicidó en 1987. Dalida vendió más de 125 millones de discos -interpretados en 10 idiomas-. Le llovían los contratos. Pero cuando Luigi murió, algo de ella, también. Ella encontró el cadáver sobre la alfombra. La prensa empezó a perseguirle en busca de respuestas. ¿Era su pareja real o era sólo una dupla laboral? ¿Quién era esa señorita Valeria, actriz a la que Luigi habría llamado por teléfono minutos antes de su muerte?

“Hay una gran pantalla que ahora quieren proyectar. Quieren crear una imagen del ídolo que no soporta el fracaso y se mata. La verdad es otra. La verdad de esta muerte injusta la saben Dios y otra muchacha que no supo cuan enamorado estaba Luigi de ella”, disparó a los paparazzi, destrozada.

San Remo 1967. Luigi Tenco.

Un alma en pena

El Club Tenco todavía existe. Resiste desde su creación, en 1972. Es una asociación que en honor a Luigi promueve “la canción de autor” y teje redes entre productores y músicos. Sus fundadores creen en la versión del suicido de Tenco por “tristeza ante la injusticia musical”. Por eso “luchan” para empujar a los autores más invisibles, los que no encuentran un espacio en la cultura imperante. No todos son amigos, claro: por estos días la familia Tenco sacó un comunicado. No avalan que el apellido se siga explotando.

Un libro escrito por un periodista y una psiquiatra intenta explicar ese halo de tristeza y tragedia que inundó la vida de Tenco. Se llama Forse non sará domani (Tal vez no será mañana) y es más que una biografía. Los autores, Mario Campanella y Gaspare Palmieri, analizan su obra estética y el curso de una vida breve marcada por su dilema existencial.

Nacido el 21 de marzo de 1938 en Cassine, provincia de Alessandria, región de Piamonte, criado luego en la Liguria y en Génova, creció entre los vinos del negocio de su madre. No había sido reconocido por su padre biológico.

Luigi Tenco.

Inquieto, movedizo, ecléctico. Estudió Letras un tiempo, creó un grupo musical de jazz, la Jery Roll Morton Boys Jazz Band, en la que tocaba el clarinete, y más tarde fundó otra agrupación, I Diavoli del Rock. Le interesaban muchas cosas a la vez. Se matriculó en la Facultad de Ingeniería, pasó a Ciencias Políticas. Entró a formar parte del Modern Jazz Group de Mario de Sanctis y fundó también un trío, el Garibaldi, que duró menos de un mes.

Su primer disco llegó en 1961, Quando. Escribía y cantaba, cantaba y escribía, mientras trataba de colar por alguno de esos dos canales la melancolía permanente. Algunos de sus temas fueron censurados, no aprobados por los moralistas de la RAI.

Meses antes de morir había aterrizado en la Argentina, tímido. Sus temas sonaban en telenovelas como El amor tiene cara de mujer y entendió que había un mercado interesante en “la fine del mondo”. Las revistas de la época documentan la conferencia “del Cinzano Club”. Las conspiraciones no demoraron. Se dijo después que el viaje tenía “características raras, extrañas redes que tocaban la mafia”. Nunca se comprobó nada: cantó en “Casino Philips”, en el viejo Canal 13, y lo presentó Mareco.

Que tuvo militancia en el Partido Comunista Italiano y eso fue “sentencia de muerte”, que tenía “neurosis existencial”. Que su corazón y su cabeza eran un laberinto imposible… Mientras, el mundo sigue haciendo uso de su poesía… La carta encontrada post mortem, con membrete de hotel y una caligrafía que nunca se comprobó fuera de Luigi, anda perdida. Como perdida la historia toda, que de vez en cuando desempolvan los amigos ya ochentosos.

“La voz de Luigi no descansa en paz”. No es cierto lo que explican ciertos títulos. O en cierta forma, sí. En Spotify su voz no descansa y explota. Y sus baladas dulces y ásperas pueblan las películas del mundo como escenografías invisibles del amor y la muerte. Su fragilidad todo lo envuelve. Y esa fragilidad lo vuelve indestructible.

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