El escritor que odia “el relato” y dice que el lector es su “enemigo”



Cree que la trama no es otra cosa que una puesta a punto del cliché. Y que el lector “es un tirano” que siempre fiscaliza con lugares comunes. Hugo Savino escribe de una manera atípica, extraordinaria, única. Quizás por eso no aparezca jamás en los suplementos de cultura. Es autor de algunos libros indispensables como Viento del Noroeste, Furgón de cola, Salto de mata o La mañana sol de limón. Su biografía es tan sobria que apenas si menciona una procedencia: “Barracas”.

El arrebato se lee autobiográfico: “Cuando escribo no estoy en el tema, no me interesa el tema”. O, “leo una novela y reviento de angustia”. Suplica “no ceder ante los que piden narración. No escuchar a nadie en materia de literatura”.

-Por favor hablame de tu antipatía hacia la idea de tradición, de relato. En “Viento del Noroeste” subrayás: “El novelista me agobia con su argumento”.

-El relato está del lado del poder. El que sea. Hace poco leí una vieja entrevista a Ted Berrigan donde contaba cómo George Plimpton, director del Paris Review, corregía, acomodaba y espectacularizaba una entrevista a Jack Kerouac. Como se trataba justamente de Kerouac no podían faltar, en la cabeza comunicacional de Plimpton, bebidas, así que se inventó una escena que nunca existió y aparecen frases del tipo: “Las bebidas están servidas”. Un intento más de borrar a Kerouac. Esta pequeña historia dice todo sobre el relato, muestra que sólo le interesa la descripción y que siempre es una puesta a punto del clisé. El relato, además de querer ocupar todo el terreno, te quiere hacer pensar que él es toda la verdad de la literatura. Empuja la idea de que el lector es un incauto. Que hay que catequizarlo. Y los tipos que lo ponen en el centro de la literatura, saben que hay que leer mucho para no dejarse convencer. Y sobre todo no hay que leer desde el relato. Así que como cuentan con la pereza organizada, tienen muy afinada su producción de relatos. Muchos de los que supuestamente están contra el mercado, trabajan en la fabricación de los relatos.

Hugo Savino: “Para mí el poeta es muchas veces el enemigo del poema”.

-Por lo general en tus libros subestimás enfáticamente al lector de trama. Calculo que no sería conveniente preguntarte qué pensás de los “best seller”…

-Creo que no subestimo al lector, al revés, lo considero un enemigo, es un tirano que te fiscaliza con esos lugares comunes como eficiencia narrativa, saber contar, trama, argumento. O se presenta como el mejor lector. Te reprocha que no sos claro o consecuente. Para ellos, el consejo de Raúl Berón a un oyente que se quejaba porque no le entendía muy bien la letra: “Compre El alma que canta”. Yo adoro a Balzac, es uno de mis dioses por ser realista. No tengo nada contra el best-seller: está, se hace, se escribe, tiene lectores. Es mejor esa proliferación desbordante de libros que una dirección cultural.

-Decís que hay que ser digresivo, disperso en la escritura, tomar desvíos, y de hecho escribís salteado, con párrafos cortos y espaciados o yendo de un tema a otro. Es como una literatura de la mente. Aparte elogiás a Eduardo Wilde, “maestro de la digresión”.

-Bueno, a mí me gusta la digresión, por eso Eduardo Wilde, o Gadda, con esas notas en sus relatos, interminables, llenas de datos y referencias. O Macedonio Fernández, con ese escribir que viene de una cueva del tiempo y que se escapa indefinidamente de lo dicho, de lo escrito. En todos ellos el relato no avanza, parece estancarse, hay descripción y creés que la tenés agarrada, y no, se pierde, se extravía…

-Tampoco te gusta la literatura en “tercera persona”. La llamás “mentirosa”.

-Es que se miente casi siempre en tercera persona. Esto está unido al relato. Hay toda una pedagogía literaria de la tercera persona. Es una inflación enorme.

-¿Qué pensás de la llamada “gestión cultural” y de los movimientos estratégicos que se advierten en el mercado? Es más, a propósito de esto vos hablás de “los refractarios suprimidos de todas las revistas” y de “la literatura responsable que va a corriendo a los medios oficiales”.

-No pienso nada de la “gestión cultural”. Está ahí. Con sus revistas y suplementos o blogs. Te respondo con Mandelstam, el de El Estado y el ritmo, mejor organizar lo colectivo, sino se termina en el colectivismo. Yo creo que no es algo para discutir, al revés, hay que salir de esa discusión, hay que salir de la discusión política. Y en cuanto a los refractarios son siempre suprimidos. Y no hay que quejarse de eso. No hay que hacer un heroísmo. Porque un refractario es básicamente un desertor, un tipo que no quiere ser incluido. Hay una desobediencia oficial que se sabe todos los trucos para ser incluida. Annie Le Brun, que es una gran poeta, les sacó la careta.

-Leo en voz alta: “Volaba una amenaza en el ambiente: se puede terminar como Hugo Savino”.

-Bueno, espero que se escuche el humor. Esa frase viene de un reproche que me hizo un amigo. Discutíamos ese tópico de llevar o no llevar manuscritos a los editores, yo iba y voy por no, eso le parecía una arrogancia, y salió esa frase. Digo “tópico”, porque es una vanidad pensar que uno marca un hito con eso de llevar o no llevar. Como dice alguien, terminás en la situación cómica de imitar una fuerza que no tenés. Te inventás una demanda que no existe. No te espera ningún editor o agente literario. Esa ilusión también es el ambiente.

-Escribir sobre la escritura es una de tus constantes. Pregunto: ¿no es esa una trama, un argumento propio de la “novela total”?

-Sale así. En realidad escribo con la lectura, no sobre la escritura. Escritura es una palabra que no me gusta, es muy década del sesenta, cuando empezaron con todos esos estereotipos críticos que siguen vigentes. O lo escrito, tampoco me gusta. Escribir es mejor, es una figura de movimiento. Trama, argumento suenan como cosas del estilo, problemas del estilo. Y detesto la noción de estilo.

En “La mañana sol de limón” dice: “No olvidar que escribo en porteño. ¿O alguno cree que el porteño no suena?”

-No hay dudas ni lejanía posible entre el autor y quien escribe. Pareciera que, al margen de la cuarentena, te la pasás todo el día con vos mismo.

-No sé. No quiero entrar en esa, se jode todo, sé que es una tentación la generalización, empezás a glosarte a vos mismo y entonces no escribís más. Ahí te vas a la orilla del relato. Te asustás de la guerra del lenguaje. Te empezás a preocupar por la “recepción”, o por cosas como: cuál es tu lugar en la literatura, en tu generación… y un día hablás de tu obra y otro día aspirás a un estilo, y ya le regalaste tu voz a la tercera persona para que glose tus libros, y ya estás chapoteando en la escritura, no, no, no, tres veces no a esos clisés. Creo que uno firma lo que escribe y ahí está. Firmado. Y a otra cosa. Me encanta estar conmigo mismo una parte del día. Después, aparecen secuaces. Gente que no anda en esas convenciones sociales del reconocimiento. Y con ellos hay amistad en el poema, en la lectura, amistad a secas. Grupos, no. Willem De Kooning decía que todo grupo engendra su pequeño dictador.

-¿Qué opinás del discurso de la “pasión” vinculada al acto de la escritura?

-Que es hegemónico, aburrido, mentiroso, y lo hegemónico y consensual no tiene nada que ver con escribir…

-Te leo en voz alta: “Escribir para ser leído. Gilada”.

-Sí, por favor, de dónde sale eso de ser leído. Es una preocupación del relato. De la “recepción”. Es un cálculo de posibles lugares que tenés ganas de ocupar. Es lo que se llama: la carrera.

-Si no es ofensa llamarla así, ¿cómo definirías tu literatura?

-Si te definís, se arruina todo, vas de cabeza al estilo. Y como te dije: es una noción muy pobre.

-Vos hablás mucho de un ambiente que no frecuentás pero, se ve, conocés perfectamente…

-No hace falta frecuentarlo. Desde que empezás a publicar empieza la represión, la hostilidad, el ambiente viene a tu encuentro. Franelea, te seduce, te critica, hoy te quiere, mañana te abandona. La comedia de siempre. Quiere que obedezcas. Ese es el ambiente.

-Con los poetas sos particularmente feroz. Rescato un par de frases: “Tengo un verso para calmar al vampiro” y “Todos los pelotudos que van para escritor oficial”.

-Es que poeta… hay que presentarse así. Es uno de los grandes estereotipos. Para mí el poeta es muchas veces el enemigo del poema. Y eso, por su obediencia a la filosofía, esa charlatana.

-Definime “resentimiento”.

-Parafraseo a Céline: “Es lo que viene del fondo, de la juventud perdida en el trabajo sin defensa”. Y si esa es tu historicidad, tenés que escribirla, con tu voz, no se la podés regalar a las normas del relato. Tenés que escribir contra el estilo justamente. Necesitás abrirte otro espacio. Y ahí entra la repetición, insistir. Meterte en tu madeja propia.

WD

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