El dramático relato de Monona sobre el final de Diego y el sueño que quedó trunco


Monona fue la mujer que vivió con Diego Maradona todo el último año, quien le cocinaba y lo cuidaba como una madre. Se llama Romina Milagros Rodríguez, pero él le decía Monona “porque un día estábamos en el Tigre y me dijo: vos vas a ser mi Monona. Yo lo amaba, era como un chico”.

Romina habló con Rodrigo Lussich en su programa El show de los escandalones y en Intrusos, en América, y dio detalles de la vida de Maradona. Contó que quienes acompañaron al Diez en los últimos días eran el personal de seguridad, su sobrino, el secretario y el masajista. “Había que llevar su malhumor. Si no quería comer no comía, tenía sus horarios, era todo como él quería. Si no comía él, no comía nadie: quería poner a dieta a todos, lechuga y tomate para todos, me decía”. Y contó que su relación era tan cercana que, a pesar de ser ella mucho menor que Diego, a veces lo llamaba “mi enano”. “A él más que todo le faltaba una mamá. Extrañaba mucho a su madre. Cuando planchaba venía a la cocina a contarme sus anécdotas de chico. Que viajaba en tren, sobre sus hermanas… Amaba a su familia”.

Según Monona, la rutina de Diego arrancaba a las 8 de la mañana, cuando se levantaba. “Desayunaba un cafecito con tostada con queso de untar y mermelada de arándanos. El mate le gustaba para compartir. Siempre quería sopa, de verdurita, con pollo. Era sencillo, iba de un extremo al otro, por ahí me pedía de comer osobuco y otro día rana. Y el pescado le encantaba. Le gustaba bailar y escuchaba todos los días a Rodrigo Tapari. Tenía sus momentos de bajón, de tristeza”.

Sobre la relación con las hijas, señaló: “Ellas estuvieron siempre. Gianinna, cuando la llamaba, estaba. Con Jana era otro vínculo, no era lo mismo que con las otras. Era paternal pero no tan pegado como con los otros chicos. Eran todos iguales pero era distinto. Dalma también, pero se hablaba mucho por teléfono. Todos los hijos estuvieron presentes”.

Con respecto a Rocío Oliva, Monona señaló: “No fue más a la casa. Terminaron bien. Después empezó a ir más Verónica con Dieguito, lo adoraba. Entraba el nene y le cambiaba el humor automáticamente. A lo último se llevaba re bien, un lazo hermoso tuvo con su hijo. Jugaban, iban al patio”.

Monona aseguró que Matías Morla era muy amigo de Diego y que “posiblemente se despidió a su manera. Yo pude ir a despedirlo, porque las hijas me mandaron un auto. Me quedé unos días más en la casa, para cuidarla”. Reveló que no la indemnizaron y que no va a hacer reclamos: “Porque me quedo con lo que conocí de Diego, que me enseñó mucho. Un tipo bueno, sabio, humilde. Las hermanas son divinas. Tiene una familia grande y hermosa, lástima que no se lleven bien entre ellos. El sueño de Diego era juntar a toda su familia en una mesa. Podrían haberle dado el gusto y caretearla”.

De los amigos de Diego, Monona comentó: “Los viejos compañeros que se hacen los grandes amigos jamás los vi, los que si estaban eran los de Gimnasia de La Plata, sus jugadores. Los del Mundial de México sí, pero los demás, puro bla bla. Eso me indigna, todos decían ‘soy amigo de Diego’. Muchos hablan pero nadie estuvo. Se hacen los amigos, llorando en el velatorio, todo mentira. Diego sabía si le robaban. Sabía todo pero se hacía el boludo. Sabía absolutamente todo. Me decía ‘los dejo correr hasta donde yo quiero, después les corto las piernas’. Se daba cuenta si le faltaba un reloj, se daba cuenta de todo”.

Monona contó que Diego le hacía caso a su médico, Leopoldo Luque, y que no quería ver a otros médicos. El último día le quedó grabado en la memoria: “No se despertaba, yo estaba como loca. Lo retaba, le decía ‘vamos Diego’. Les decía a los médicos que siguieran intentando, que él no se iba a dejar morir. Nadie podía creerlo. Fue re duro. Estábamos todos tratando de revivirlo. Estaba la enfermera con el de seguridad pero es mentira que la psiquiatra le hacía el RCP, porque no sabía ni cómo se hacía. Me decían a mí que le hiciera respiración boca a boca, y no podía. Era una locura, ese conteo quedó en mi cabeza por días. En el medio vino un médico vecino y nos dijo que siguiéramos haciendo eso. Estábamos todos afuera y salió una médica y dijo ‘ya está’. Para mí él dijo ‘basta de todo’. Diego hacía milagros, era un marciano. Podría estar vivo. Para mí que estaba cansado. Gianinna llegó cuando estaban las ambulancias. Yo no sabía si ir a calmarla o dejarla sola. Después llegaron todos, todo el mundo. Claudia, Verónica, Gianinna, Dalma, todos”.

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