El día que dormí en la Bombonera



Por más de veinte años, la misma pregunta. En medio de la actividad sísmica de la Bombonera, cuando todo era rugido, la duda, cómo sería el estadio dormido, quién lo custodiaría, cómo se sentiría la oscuridad cerca del Riachuelo, qué le pasaría al cuerpo dentro de esa topografía de madrugada. Como ver a un ser querido mientras duerme.

Un día pedí permiso a las autoridades de Boca Juniors ​para pasar la noche ahí donde nadie duerme. No entendían la misión periodística de escribir sobre el momento en que no pasa nada, pero después de una burocracia lógica, habilitaron. No había demasiada explicación. Las pasiones no se explican. O sí: a veces son herencias. Y formas de homenajear al que ya no está.  

Revista Viva. 30 de abril de 2016

Fue el 2 de abril de 2016, la noche previa al cumpleaños 111 del club. Boca jugaba por la tarde con Rafaela. El operativo tenía que ser completo: la previa, el partido, el “desarme” y la espera hasta la salida del sol el mítico 3 de abril. Más de 15 horas. Resultó algo onírico: Carlos Tevez convirtió de emboquillada, Boca ganó 3 a 0, y ese proceso de fotogramas vertiginosos, terminó escrito. La Bombonera a las tres de la mañana tenía una vida inimaginada. Serenos, cazadores de papelitos y un gran secreto, una señora que vivía en el primer piso y lavaba a mano las camisetas.     

Una vez que pasa el temblor, desmontar La Bombonera postpartido demanda más de tres horas. Hay que esperar a que se vaya el último hincha y que desaparezca hasta el último “trapo” colgado para iniciar la tarea de limpieza. Esa noche, aparecieron los “sopladores” de papelitos para absorber el cotillón desparramado. Dos horas con overol y aspiradoras, intentando succionar lo que el hincha había hecho volar por los aires. Después, barrer un museo de desperdicios como de una pequeña ciudad y esperar el turno de los desarmadores de publicidad móvil, titanes que llevándose carteles de más de 120 kilos.

La Bombonera de noche tras un partido cobra una nueva vida. Foto: Revista Viva

“No acercarse al departamentito. A la señora no le gustan las visitas”. Los vigiladores hacían sus advertencias sobre la dama misteriosa que vivía en el primer piso. Golpeamos la puerta igual, y salió la gema de la historia, Doña Julia Fieres, encargada del lavadero, por entonces 79 años y medio siglo prestándole las manos al agua y al jabón para fregar la sagrada azul y oro.

¿Cómo era posible que tamaño personaje estuviera oculto? “Vinieron a buscarme de otros países, pero no doy notas”, decía con una dulzura imposible. Su casita era un santuario de camisetas y cuadros. Usaba un gran lavarropas, pero elegía lavar la ropa de entrenamiento a mano, como ofrenda. Había llegado al club durante la presidencia de Alberto Armando. Una tarde se había sentado a tomar “aire fresco” en la tribuna “porque el conventillo era demasiado caluroso” y le ofrecieron el trabajo. Hasta que se mudó a su “trocito de Bombonera”.

Juilia Fieres y su espacio en La Bombonera donde lavaba las camisetas a mano. Foto: Tony Valdez

“Los días de partido tiembla todo. Prefiero ver por televisión, por el corazón, para que no falle”, explicaba. “Antes de que llegara el presidente Antonio Alegre, en los ochenta, cortaron la luz, el gas, todo estaba embargado. Nos turnábamos para cuidar al club hasta que vino un interventor. Yo me iba con un camioncito a lavar a La Candela de San Justo, un sacrificio para que los jugadores tuvieran ropa. Un día, los oficiales de justicia me golpearon la puerta y no los dejé pasar. Lo único que no estaba embargado era mi lavadero. ¡Con marcadores yo pintaba los números de las camisetas! ¡Cuando transpiraban, los jugadores chorreaban, y venían con la espalda pintada! La época de mishiadura”.

Todo era como de cuento. Hasta un tren bordeaba (bordea aún) la Bombonera. Cada vez que pasaba alimentaba más la leyenda. Ahí, por esa vía lindera que parecía muerta, de madrugada, un sereno se encargaba de abrir un portón y dar la venia. Entonces sí, la máquina traquetea al costadito del estadio, zamarreando sus vagones como en una escenografía perfecta pintada por Don Quinquela.

Revista Viva. 30 de abril de 2016

Por entonces se hablaba de “la jubilación” de la Bombonera como un hecho. Los custodios del club contaban que algunos hinchas juraban “encadenarse” si el proyecto de construcción de otro estadio se realizaba. A media luz, en el hall, el nombre de Viktor Sulčič, resplandecía en placas. Era el arquitecto esloveno (junto a Raúl Bes y a José Luis Delpini) que ideó la estructura. Una de las versiones de la historia documentaba que una amiga le había regalado una caja de bombones. Sorprendido por la coincidencia de que la forma de la caja era prácticamente igual al proyecto de estadio, adoptó el “Bombonera”. 

A las cuatro de la mañana, con los serenos convidando mates y pizza, nos sumamos al “operativo patrullaje”. De a turnos, los vigiladores con sus linternas iluminaban los tramos oscurísimos. Sólo un lugar mantenía prendida su lucecita como una estrella que titilaba, el palco de Diego Maradona. En el artículo que se publicó en la revista Viva, quedó remarcado el concepto: la Bombonera de noche es como el mar de noche, imposible saber dónde empieza y dónde termina.

Lo que siguió después fueron las preguntas sobre la actividad paranormal del estadio. A Ezequiel, uno de los serenos que estrenaba puesto, le habían contado “sobre espíritus” que “bajaban” amigables para volver a donde más amaban. “Muchos vienen a tirar cenizas de sus familiares, disimuladamente, los días de semana. Algo de las almas debe quedar acá”, conjeturaba.

Los “junrapappeles” que entran en acción cuando no quedan hinchas. Foto: Revista Viva

Ya la especialista en terapias vibracionales, Angeles Ezcurra, encargada de “limpiar energías” antes de la llegada triunfal de Carlos Bianchi (en 1998), nos había explicado días antes a la “expedición”, sobre la “frecuencia vibratoria xeneize”: “Millones de energías desde hace 100 años. Alguna vez todo eso se estanca. Cuando fui a sanar la Bombonera, algo estaba trabado, como atorado, la cancha tenía una energía densa. Me quedé una noche y limpié todo, cada ángulo, cada rincón, oficinas, estadio, túneles, vestuario, cancha de básquet. Fueron 13 horas de trabajo con agua, aceite y sal”. Después de esa intervención de Ezcurra -créase o no- Boca se cansó de ganar.

Ráfagas, el viento del Riachuelo, el sonido después del sonido amplificado del partido. Igor, el otro custodio esa noche, hablaba de física y química y de ruidos naturales una vez que pasó la multitud: “Después de tantos saltos y movimientos, la temperatura baja, el fierro se dilata y vuelve a su lugar. De ahí algunos crujidos”. La Bombonera se estaba “acomodando” tras el sismo.

Esa noche, el punto emocional más alto fue sentarse en la popular vacía, bajo las estrellas. Ya no se veía el banco que pertenecía entonces a los mellizos Barros Schelotto. En realidad, ya no se veía más que una lucecita tenue a la altura de los palcos. Fue imposible dormir, no pensar cómo Boca Juniors no explotaba la experiencia de una estadía en ese lugar que late. Como una propuesta, si se quiere, de meditación o de experimento existencial.

Cuando llegó la mañana, todo parecía surrealista, como una gran película. Los pájaros cantando, la Bombonera sin ojeras, recién amanecida, como si no le hubiera pasado la noche. “Boca es nuestro grito de amor. Boca nunca teme luchar”, se escuchaba como ringtone de algún sereno el himno boquense. Hubiera querido ir corriendo a contarle todo eso a mi papá.

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