donde estaba “El Taller” abrió un bar con el mismo nombre de aquel ícono de Palermo

Cuando cerró, la noticia apareció en todo lados. Rolling Stone titulaba: “Fin de una época”. Clarín: “Cierra el símbolo de Plaza Serrano”. Un día cualquiera de noviembre pasás por Borges al 1550, ex Serrano, y ves un lugar que se llama El Taller. Justo frente a Plaza Cortázar. Misma esquina, mismo nombre del primer bar de Palermo PreSoho, pero un look ultracheto en la antípoda de la bohemia irracional del aquel boliche.

2010. Cerró El Taller, bar que fue epicentro de la bohemia rockera de Palermo Viejo en el último cuarto de siglo. Síntoma de la mutación cultural de un barrio.

Charly García tocó a puertas cerradas en El Taller. Andrés Calamaro llevó un demo y el inefable dueño de entonces, Eugenio Ramírez, lo rechazó porque sus gustos musicales estaban en otra parte. Hilda Lizarazu daba notas en esa esquina. Luis Zamora cerraba sus campañas políticas en El Taller.

Se llama El Taller. Otro logo. Falta el serrucho colgando de la puerta. Adentro venden platos veggies y pastelería. Hay chef. A menos que Eugenio Ramírez se haya convertido en un yupi tardío, sólo los incautos podrían confundir un bar con otro.

El Taller original cerró en 2010. Estaba en la esquina de Serrano (hoy Borges) y Honduras. Foto Archivo Clarín

El Taller original cerró en 2010. Estaba en la esquina de Serrano (hoy Borges) y Honduras. Foto Archivo Clarín

Lo único parecido es la disposición. La barra está donde estaba la original. Las mesas son otras, el encargado es un tal Osvaldo y no el inolvidable Jover (Gustavo Lidijover). Todo el conjunto tiene la atmósfera de soledad contemporánea que se ve en los cuadros de Hooper.

Es una conmemoración”, nos explica una chica que trabaja en El Taller 2021. “Un homenaje al viejo local”. 

-¿Se puede hablar con el dueño?

-Ahora no, no se encuentra. 

Gustavo, Jover para todos, fue el encargado del primer bar que hubo en Palermo. Ahora -pasados los 50- es un señor psicoanalista con barba de diván. Ante la noticia, lo suyo es una mezcla de fastidio e indiferencia. “No me parece ningún homenaje. Ponerle el mismo nombre es apropiarse de algo conocido. Yo lo veo como que se cuelgan de ese mito. Berreta me parece. La gente que ha pasado por ahí y se comunicó conmigo para saber qué onda está enojada. Y hablo de artistas, de gente conocida…”.

El Taller original fue el escondite de Los Redondos y el mostrador de Charly y Moro, el baterista de Serú Girán. Hasta Fogwill se peleaba con el encargado por la calidad de las medialunas de manteca. El baño de la nueva versión es una escala antropológica necesaria. La observación participante invita a decir que esto sí es un excusado. En el viejo y querido Taller había que entrar en apnea no bien cruzabas la puerta del Caballeros.

Allí paraban Charly García, Andrés Calamaro y escritores como Fogwill. Foto Archivo Clarín

Allí paraban Charly García, Andrés Calamaro y escritores como Fogwill. Foto Archivo Clarín

Algún episodio de la vida sanitaria de El Taller se retrata magníficamente en esa Biblia barrial llamada The Palermo Manifesto. El Taller abrió con el alfonsinismo y fue parte del Plan Austral. En esos años, Capusotto actuaba a la gorra en el escenario que ocupaba un ángulo de la planta baja.

Cuando cerró…

La noche del cierre, en 2010, mientras algunos se prendían a la nostalgia inevitable, otros se llevaban saleros para vender como objetos vintage de determinado bar emblemático. La pregunta era: ¿Cómo se puede vender un lugar público?

Después de El Taller el bar se llamo Sanz. Le fue mal y cerró. Reabrió con el nombre de Clara. Le fue mal y cerró. El equívoco sobrevuela la tradición. Enfrente sigue estando Crónico, que es el único bar de cuando esto no era ni Soho ni Hollywood, sino Palermo Viejo.

Crónico: un jean jardinero en medio de tanto bar-chupín. Cualquier trago en el último bastión de la bohemia local cuesta la mitad que en el nuevo Taller. Martín Isola es uno de los dueños. “Crónico compitió históricamente con El Taller”, dice. ¿Y ahora? “¡No!, ahora nada qué ver. El Taller que abrió es un bar de alta gama. Otro público”. 

Gustavo Lidijover, ex encargado del Taller verdadero: "No me parece ningún homenaje. Es una berretada". Foto Archivo Clarín

Gustavo Lidijover, ex encargado del Taller verdadero: “No me parece ningún homenaje. Es una berretada”. Foto Archivo Clarín

Cambiaron los bares de la zona. Cambiaron hasta los nombres de las calles que Borges imaginó para la Fundación Mítica de Buenos Aires: la manzana pareja que persiste en mi barrio: Guatemala, Serrano (Borges), Paraguay, Gurruchaga.

El nuevo Taller pertenece al inmenso shopping a cielo abierto del Soho porteño. Cuando empezó a funcionar el viejo y conocido boliche ni siquiera llegaba a la zona el 39 ramal 3. La calle Godoy Cruz, ahí nomás, se inundaba y los alrededores estaban plantados de talleres mecánicos. Palermo Viejo era la nada misma hasta que el tal Eugenio Ramírez puso el ojo en la jurisdicción. Nunca sabremos cómo lo hizo. Consultado por este diario -reservado es poco-, Ramírez prefiere no emitir opinión sobre el tema.

Están los bares notables, for export y los bares emblemáticos. El Taller (auténtico) fue parte de esta segunda existencia. De cuando la Capital Federal tenía La Verdulería, Cemento, El Samovar de Rasputín, Arpegios, Arlequines, El Parakultural, Las Fiestas Nómades.

Hoy El Taller es casi una patisserie. Su dueño actual se llama Guillermo González, un tipo querido en la zona que, cuentan, tiene al menos un par de bares y está al frente de una suerte de sindicato de Plaza Cortázar y adyacencias. 

Preguntame lo que quieras“, nos dice fumando al sol frente a la plaza. “Ya sé: me querés preguntar por qué se llama igual”.

-Sí.

-Porque siempre se llamó El Taller. Esa es la verdad. Le cambiaron el nombre dos veces y la gente decía: nos encontramos en El Taller. Entonces dije: le ponemos El Taller y listo. 

La nueva versión no tiene nada que ver con la anterior. "Nosotros vendemos salmón", dice su dueño actual. Foto: Luciano Thieberger.

La nueva versión no tiene nada que ver con la anterior. “Nosotros vendemos salmón”, dice su dueño actual. Foto: Luciano Thieberger.

-¿El dueño original estará contento?

-¿Eugenio Ramírez? Nosotros abrimos hace un mes y medio y le hicimos un homenaje pintando su nombre en una pared interior…

-¿Se enteró del homenaje?

-Se enteró y se emocionó. El Taller, como nombre, es un símbolo de los bares porteños.

-¿Pediste permiso para usar el mismo nombre?

-No hizo falta porque estaba sin registrar y lo registramos nosotros como El Taller. Estaba disponible. Que quede claro: queremos honrar el nombre y nada más. No nos interesa la oferta de entonces. No es un bar bohemio, sino que la oferta está más actualizada. ​Hoy en El Taller podés comer salmón, ¿se entiende?

-¿Esto puede generar polémica?

-Me tiene sin cuidado. 

Como si lo estuviera escuchando, Jover, el encargado histórico, parece interrumpir la charla. “Podrían haber hecho un tributo digno y no atribuirse una chapa que puede llevar a la confusión obvia. Es como si yo, el día de mañana, me hiciera llamar Pablo Picasso y me pusiera a pintar”.

POS

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