Dino Saluzzi: “El fueye es como si fuera mi corazón”



A los 85 años, Dino Saluzzi está más activo que nunca y acaba de publicar un disco a solas con el bandoneón. “Es un diálogo conmigo mismo, una confesión” Fuente: LA NACION – Crédito: Diego Spivacow

Sentado en su estudio, Saluzzi Music, en el barrio de Once, el bandoneonista se corre el barbijo hacia un costado y habla con acento salteño, grave. “La música no es como el dulce de leche, que te gusta o no te gusta -larga Dino Saluzzi, en una reflexión surgida repentinamente-. Es profunda, misteriosa. Trato de ser un compositor sencillo. Al cual le interesa la complejidad, pero no ser complicado. Este disco es una narración de fe, una especie de ofrenda”.

Es locuaz; habla pausado, lento, y a la vez se dispersa con facilidad. Sus temas van de la pandemia al tango, de Jorge Luis Borges a Rimsky-Korsakov, de la creación artística a una reminiscencia de su infancia en el recóndito pueblo de Camposanto, en Salta.

-No lo hice pensando en agradar -amplía, continuando el concepto-. La música que está hecha con ese propósito tiene una doble intención. Yo busco un camino espiritual, creo en un oyente atento y curioso.

¿Y cómo es ese oyente?

Es alguien que se aleja del ruido y se detiene en las imágenes de mi bandoneón.

Saluzzi, escribiendo música en la intimidad de su estudio Fuente: LA NACION – Crédito: Diego Spivacow

Entonces, saca de su campera negra una copia de Albores, su nuevo disco de bandoneón solo, editado por el prestigioso sello alemán ECM -con el cual graba hace tres décadas-, y le pide a su hijo José María, presente también en el estudio, que ponga play en la computadora.

El disco se escucha de fondo, a un volumen medio, y Dino cierra ligeramente los ojos. Resopla. Bambolea la cabeza. Acaba de cumplir 85 años y su genética norteña está intacta: la piel curtida, la complexión robusta, las manos suaves. Suena el primer tema, “Íntimo”. Abre los ojos y permanece en una mirada nostálgica. Tararea, por momentos ríe con un gesto pícaro. Da la sensación que Dino parece -o quiere- estar solo.

-Es un diálogo conmigo mismo, una confesión. Pero no hablo yo, habla el bandoneón. Quise darle un protagonismo absoluto, porque en la música instrumental se habla mucho del piano, de la guitarra, pero del fueye, poco y nada. -dice, mientras el disco suena ahora en un volumen más alto.

¿Cómo es eso?

Hace unos años estaba algo nervioso, no me sentía conforme con lo que estaba componiendo. Y quise conversar mano a mano con el instrumento que toco desde los siete años. Fue un diálogo insondable, tenso. Lo que sale apurado, se pierde en el amontonamiento y no trasciende. El disco lo grabé dos veces. ¿Para qué correr? Hay que saber esperar. No es fácil. Y por supuesto que le dejé el sonido de los botones y toda su mecánica, que es como respira el fueye.

Dino Saluzzi es uno de los músicos más importantes del país. Regresó hace unos años luego de vivir durante décadas en Europa. “Extrañaba mi patria, pero no me han tratado muy bien en Argentina, apenas si he tenido trabajo. Todos esos años afuera me enriquecieron. Uno siempre debe estar receptivo, incorporar la cultura que no es de uno, abrirse, estar en movimiento”, dice, con esa huella melancólica que lo acompaña en cada frase y hasta cuando se mueve, lentamente, por el estudio.

Considerado como uno de los mejores bandoneonistas del mundo, al punto que la crítica internacional lo ubica al lado de Astor Piazzolla -“un grande, pero nunca se salió del tango”, lo define el salteño-, Saluzzi es un músico atípico, desafiante de las formas tradicionales del folklore y el tango, géneros que cultivó en sus comienzos -desde las zambas carperas de su padre, Cayetano Saluzzi, pasando por Los Chalchaleros, Alfredo Gobbi y Enrique Francini, entre otros- y que luego apropió en un universo de amplias referencias, desde la música barroca al jazz, de lo sinfónico a lo contemporáneo.

-El bandoneón es un instrumento más que humano, te aniquila -suelta, con risa sardónica, en otra digresión-. Un instrumento que nació dos veces. Nació en Alemania, en las minas de carbón. Y después acá, con toda la música argentina, con el tango, con el folklore. Pero hay que emanciparlo.

¿Emanciparlo?

Sí, emanciparlo de la referencia.

Saluzzi Music es el estudio que posee en el barrio de Once; allí se sumerge a buscar siempre nuevos sonidos Fuente: LA NACION – Crédito: Diego Spivacow

¿De qué referencia?

Mirá, yo hace 80 años me la paso hablando como un boludo de chacareras, zambas, tangos. Un artista no puede quedar pegado a la referencia. Crear no significa adornar una zamba, o hacer un arreglo en un tema de tango, ¿entendés? Crear es construir un lenguaje propio con todo ese mundo de referencias y jugársela por esa mirada.

Con casi veinte discos grabados a la fecha, en los años 70 se fue a Europa después de que el reconocido compositor George Gruntz lo escuchara en Argentina -“en una piecita medio sucia donde solía ensayar con mis músicos, me dio una vergüenza bárbara”, rememora Dino-. A partir de entonces, lo invitó a trabajar en países como Alemania, Francia, Suiza, Dinamarca. Ahora la prensa internacional lo llama por teléfono por el disco y él habla con un inglés precario, el mismo que aprendió “a los ponchazos”.

Para la crítica especializada, el esperado Albores es uno de los discos del año. Y es el tercer álbum de bandoneón solo que saca en su carrera: una especie de manifiesto artístico.

-Busqué una economía de medios -define en su estudio-. Uno se va despojando de lo que sobra a medida que pasa el tiempo.

Albores, en su conjunto, se escucha bajo un aura sacra, deliberadamente religiosa, aunque no faltan sus toques andinos, milongueros, y, en efecto, su particular sello de fina improvisación. “El título invoca el nacimiento de algo nuevo, una luz de fraternidad y amor en medio de todo este mundo de caos y desorientación, que aumentó su hostilidad con este virus”, reflexiona Dino.

Como un músico que narra historias, las de Saluzzi son alusivas y de múltiples capas, como bien sugiere Luján Baudino en el libro que acompaña el disco. El álbum se abre con “Adiós Maestro Kancheli”, un homenaje elegíaco al compositor georgiano Giya Kancheli, fallecido en 2019. Las imágenes de los temas conducen a una atmósfera evocativa, donde Saluzzi reluce con un sonido magistral en cada armónico, que vibra en diversas frecuencias, intensidades, timbres. Al igual que un pintor con el óleo, el músico salteño juega con las formas: un conjunto que está repleto de pequeños y sutiles senderos, de forma tal que el oyente va completando su propio recorrido perceptivo.

Entre escenas de pequeños pueblos de infancia y de los barrios obreros de la Buenos Aires que conoció en su época dorada, en los años 50 y 60, aparecen temas como “Don Caye. Variaciones sobre obra de Cayetano Saluzzi”, “Ausencias”, “Según me cuenta la vida” -que refiere a “Milonga del Forastero” en Para las seis cuerdas, de Jorge Luis Borges- y “Ofrenda-Tocata”, un cierre de doce minutos con citas a Bach.

-Pensé en la Virgen María cuando hice el último tema. Ese tema no podría grabarlo acá en Argentina, porque me reprocharían su duración -acota Saluzzi, mientras sigue analizando el disco-. El contrapunto es algo fundamental en mi música.

La cocina de un disco íntimo

El ingeniero de sonido y músico Néstor Díaz había grabado a Dino Saluzzi en el notable disco El valle de la infancia (2014). “Nos entendimos en lo artístico y él pasó sin escalas a formar parte de mi familia, con asados en mi estudio de Coghlan, festejos de cumpleaños”, dice Díaz desde Madrid, donde vive.

Luego hizo sonido en vivo en un concierto del bandoneonista junto a la chelista alemana Anja Lechner y su hermano, el saxofonista Félix Saluzzi. “Esa noche fue mágica -recuerda Díaz-. Me dijo una frase del interior, como somos nosotros, él salteño, yo entrerriano: ‘Querido, ¡la gente salía chupándose los dedos con el sonido del concierto!'”.

A mediados de 2018, empezaron con las primeras tomas de Albores. Primero, en el estudio de Dino y después las ediciones, mezclas y masterizaciones en el estudio La Montaña, de Néstor Díaz.

“Un día me preguntó, después de grabar un tema: ‘¿Te gustó?’. Y le digo: ‘¡Pero sí, Dino!’. Me contestó: ‘No me convence tu respuesta. Vamos con otra toma'”. Néstor Díaz ya intuía que Saluzzi tenía otra toma en la cabeza antes de preguntarle. “Hay tanta conexión y humor para comunicarnos que todo va fluyendo en esa intimidad con el Maestro. Sé que a él no le gusta ese título, pero lo es con todas las letras”.

Un aventurero impredecible

Autodidacta, formado por fuera de la academia -“en Salta no obtuvimos ninguna información a través de la radio ni a través de álbumes ni de escuelas”-, Saluzzi es crítico de cualquier clasificación. “La etiqueta es una forma del control”, dice, y detesta particularmente la de “World Music”, una de las maneras con la que la industria musical engloba diversas tradiciones étnicas.

“¿Qué es eso? Un engaño para gente que compra y no distingue la esencia de la creación. Yo hago música, y punto”, dijo alguna vez. Uno de sus últimos trabajos, Imágenes (2015), junto con Horacio Lavandera, considerado como uno de los pianistas más destacados de la música clásica, fue elegido como de los mejores de los últimos tiempos.

Sobre Saluzzi se podrían escribir varios capítulos, propios de un aventurero impredecible. De cómo cineastas como Jean-Luc Godard y Pedro Almodóvar eligieron su música para sus películas; cómo cautivó a Miles Davis en un festival de jazz; cómo fue el único argentino adoptado por los alemanes y en particular por Manfred Eicher, el gurú de ECM, que cobijó a Saluzzi con un carácter moderno, innovador; cómo, en definitiva, hizo una carrera internacional que durante décadas lo cruzó con músicos de la talla de Astor Piazzolla, Al Di Meola, Charlie Haden, Egberto Gismonti, Gato Barbieri, Enrico Rava, Paul Motian, Rickie Lee Jones, Maria João y The Metrople Orchestra.

Mientras para otros músicos sería el elixir de su currículum artístico, en Saluzzi no es algo extraordinario ni valioso en sí mismo. Prefiere, incluso, hablar de otros músicos tal vez no tan conocidos, con los cuales tuvo una afinidad cercana: su familia -sus hermanos Félix y Celso, su hijo José María, su sobrino Matías-, el baterista noruego Jon Christensen -con el que grabó el extraordinario y atípico Senderos, en 2005-, el trompetista danés Palle Mikkelborg y el contrabajista norteamericano Marc Johnson.

-Nunca busqué encontrarme con nadie. De Argentina me fui porque no era fácil ganarme el mango con mi música. Simplemente me encontré con esa gente a través de la obra musical, no por búsquedas trazadas de antemano.

Tener una idea es algo raro, difícil. Dino Saluzzi pide frenar el disco y le dedica unas palabras al pianista Manolo Juárez, fallecido por coronavirus: “Fue un luchador, como todos nosotros, en crear un mundo propio sin salirse de la música popular. Pero trasladándola a un camino autoral”.

Vuelve sobre su nuevo disco de bandoneón solo.

-Ahora que lo escucho de nuevo puede ser la banda de sonido de una película, ¿no? Hay que buscar el director -se divierte.

Preocupado por su falta de ahorros en épocas de pandemia, se ocupa de componer una nueva obra sinfónica para un cuarteto de cámara. Lejos del establishment musical que todavía ignora su cualidad de compositor, dice que Albores está dedicado a los jóvenes bandoneonistas.

-Para que no teman defender una autonomía creativa y la lleven a formas desconocidas.

¿Y cuál es tu autonomía?

El fueye es como si fuera mi corazón. La música no miente, no tiene palabras. Es lo que es, lo que se escucha.

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