Daniel Melero y Diego Tuñón: entre el rock, la experimentación y el poder hipnótico de su nuevo álbum, La ruta del opio



La ruta del opio, el reciente álbum publicado por Daniel Melero y Diego Tuñón, es un verdadero viaje en el que el destino, aunque parezca algo extraño, no lo definen sus creadores, sino quienes la transitan. Así de raro y así de atractivo, como los universos de ambos músicos, cuya sociedad artística lleva tantos años que se podrían contar de a decenas.

En algún punto, uno podría pensar que existen dos Daniel Melero; o al menos dos versiones del mismo, por cierto bastante inquieto, que tanto parió a Los encargados y alimentó la usina creativa de bandas como Soda Stereo, Los Brujos, Juana La Loca y Babasónicos, como exploró caminos alternativos en los que se dedicó a experimentar bastante más allá de las de por sí difusas fronteras del rock y del pop.

Tuñón, en cambio, es un Babasónicos de la primera hora, y si dedicó parte de su tiempo a otras búsquedas, no es tan fácil rastrearlas como en el caso de su compañero de la ruta opiácea que comenzaron a delinear hace unos cuantos años -alrededor de seis-, y que ahora tomó forma definitiva de disco.

Tuñón: Hace mucho tiempo que existe este master.

Melero: Sí. Inclusive una vez terminado el disco y convencidos de que no volveríamos atrás, decidimos retocar, a partir de un muy buen reenfoque que hizo Diego del tema La capital del insomnio. 

Daniel Melero y Diego Tuñón, reflexiones en torno a la música y un viaje hipnótico que se resignifica en la pandemia. /Foto Lucia Merle – EFE/Sáshenka Gutiérrez

A tal extremo llegó el “reenfoque”, que Tuñón avisa que finalmente el título fue Los seis. Hablan del track que cierra el álbum, cuyo comienzo crea las condiciones para entrar en una especie de trance, hasta que deriva en una situación completamente opuesta. “Lo que sucede, es directamente sideral”, dice Melero.

Tuñón: Estaba volviendo a leer el libro Opio: diario de una desintoxicación, de Jean Cocteau, y hay una introducción en la que comentan acerca del grupo Los seis, que integraban Picasso, (Eric) Satie, (Jean) Cocteau y no recuerdo quiénes más…

Ese grupo, que estaba formado además, por Georges Auric, Louis Durey, Arthur Honegger, Darius Milhaud, Francis Poulenc y Germaine Tailleferre, y en el que Cocteau era el único “no músico”, inspiró el cambio de título, recuerda ahora Melero.

Apenas uno entra a La ruta del opio es envuelto por el sonido casi continuo que propone Si supieras, apenas oscilante, sobre el que la voz de Melero (¿)canta(?) “si supieras que, cuando no estás, seguiría sin entender… a veces, creo que sos mi vida. Y eso es un error”. Enseguida, Gotas y Mozartronic nos ponen en suspensión.

-Además del libro, uno podría relacionarlo con la película italiana de 1972 llamada de igual manera, con las Guerras del opio que Gran Bertaña y China mantuvieron en el Siglo XIX o, sencillamente, con el consumo de opiáceos. ¿Cuál es la opción más correcta?

Melero: Tiene bastantes volutas, el disco. El título me pareció fabuloso, mucho tiempo antes de terminarlo.

Daniel Melero y Diego Tuñón presentaron “La ruta del opio” en 2019, pero recién a principios de este año la criatura dejó de experimentar nuevas formas. /Foto Martín Bonetto

Tuñón: ‘Opio’ es una palabra que tiene mucho poder. Verla escrita es muy lindo. Se roba todo. Es algo fuerte y claro; tiene linda fonética, además. No todas las palabras en español tienen linda fonética.

Melero: Pero además estabas leyendo algo de la historia de las guerras, ¿verdad? De la crueldad que había ahí.

Tuñón: Sí. Esa parte de la historia me apasiona. Me gustan mucho los libros de exploradores del siglo XIX, que de alguna manera escriben cartas de ruta, o de situación…

Melero: Bitácoras…

Tuñón: Bitácoras, los primeros relatos de carretera, donde realmente iban a en carretas, en canoas… Ese tipo de exploración me parecía que tenía que ver también poco con la idea de generar un estímulo parecido al que puede producir químicamente el opio en el cuerpo. O sea, todo esto, esa especie de viaje entre junglas y estado me parecía que era lo que definía la idea. Y podíamos ir por ese camino para armar el disco.

-Un actor no necesariamente tiene que pasar por las experiencias del personaje. Pero un músico…

Tuñón: ¡Nosotros fumamos mucho opio antes de hacer el disco, jajaja!

“Una parte de cuando uno logra ser artista un rato puede ser esa conexión con algo que los demás no ven y todo eso, pero también existe decididamente la reflexión alrededor de lo que se hace. Hay mucha gente que con ese pequeño viaje hacia el otro mundo concreta arte. Pero aquí se trata mucho de reflexionar y profundizar en el sonido, y de invitar a un tipo de escucha a través de las frecuencias.”

-¡Eso era lo que quería confirmar! Las músicas del disco, donde predomina lo instrumental, hace pensar que no podría ser hecha sin estar en una especie de viaje mental. ¿Cómo se accede a ese nivel de abstracción?

Melero: Una parte de cuando uno logra ser artista un rato puede ser esa conexión con algo que los demás no ven y todo eso, pero también existe decididamente la reflexión alrededor de lo que se hace. Hay mucha gente que con ese pequeño viaje hacia el otro mundo concreta arte. Pero aquí se trata mucho de reflexionar y profundizar en el sonido, y de invitar a un tipo de escucha a través de las frecuencias. De, inclusive en los temas cantados, usar el sonido de la voz como representación. Pero creo que lo que hay, que nos une mucho desde siempre a Diego y a mí, es la experiencia como oyente; la experiencia de escuchar música. Y acá se percibe mucho un factor que durante muchos años en el rock se creía que estaba mal, que era como: “Está bien lo espontáneo, pero también hay otros lugares por los que se llega al arte”. Y y esos lugares tienen que ver con estar reflexionando.

Tuñón: Como que también hay mucha música y muchos armónicos en una pequeña porción. En una nota. Por ejemplo, una nota en el piano desprende una cantidad de vibraciones y situaciones, que en definitiva era lo que nos gustaba ver. 

Melero: Las cualidades de los sonidos.

Tuñón: El estiramiento en el tiempo de una sola nota. Qué pasa si yo expando a lo largo de un minuto lo que sucede en un segundo. Qué queda de un segundo en un minuto. De alguna manera empezamos a encontrar como un grumo y una musicalidad, incluso un ritmo amorfo, dentro de las propias situaciones.

Melero: Vibraciones, directamente.

-Por momentos el ritmo parece desintegrarse. ¿No es así?

Melero: Se ve invadido por una situación que parecería ajena, pero que sin embargo se incorpora de manera total, después.

Tuñón: Juega un poco a lo inesperado. De alguna manera era lo que más nos gustaba. Que las canciones se desarrollaran caprichosamente.

-Puede que haya capricho, pero de pronto aparece una canción como Mesmer, en la que aparece una cuestión melódica que parece romper esa especie de ruido blanco.

Tuñón: Somos dos personas que venimos del pop. Entonces, los links melódicos son algo que nos interesa muchísimo.

Música de pandemia: ¿el fin de la alegría?

-La música de La ruta del opio genera cierta sensación de que pudo haber sido creada en un clima de aislamiento o de encierro. ¿Escucharlo ahora, en medio de la pandemia, les significa algo distinto a lo que les producía al escucharlo antes?

Melero: Creo que todo lo escucho de una manera distinta. Hasta lo que no me pertenece. Y no me refiero al álbum; todo. Uno empieza a darse cuenta de que las interpretaciones que hace de lo que tratan las cosas son producto de contextos más grandes, que están involucrando la dirección de tu pensamiento. Pero de ninguna manera estuvimos preparados para lanzar el disco en la cuarentena. No se trataba de eso.

Tuñón: Yo había hecho el chiste de que habíamos pensado: “¡Esperemos que haya una cuarentena y lo lanzamos!” ¡Jajaja! Todos estamos muy sorprendidos con lo que pasa. La mayoría de la gente reinterpreta todo, dentro de eso. Toda poesía melancólica, de alguna manera, hoy tiene un significado distinto.

Melero: ¡Sin duda! La idea de la alegría no va. Mejor reflexionar, que estar alegres.

Tuñón: No va para vos. La mayoría escucha esa música latina alegre y vana que no tiene ningún significado.

Diego Tuñón, un Babasónicos de la primerísima hora, con inquietudes que se expanden más allá de los límites del pop y el rock. /Foto EFE/Sáshenka Gutiérrez

Melero: Yo creo que debe ser muy difícil escuchar esa música y vivir esta vida.

-¿Esa música, precisamente, no es un camino válido para olvidarse de que uno está viviendo esta vida?

Melero: Ojalá pueda. A mí me volvería loco que con esta vida pueda estar escuchando eso. ¡Y con la anterior también! (Risas) Pero bueno, para mí, la excesiva positividad que existe en general, y sobre todo últimamente en la música popular, es una de las cosas que me alejan de ella. Porque no me parece que sea una actitud que sirva en la vida, por lo menos desde que tengo consciencia de las cosas que pasan en el mundo.

Tuñón: Pero es cierto que hay mucha gente a la que la música bajal la deprime. Como que toma la música como un electrodoméstico del bienestar. Entonces, necesita que le haga mover el pie…

Melero: ¿Para qué? (Risas)

Tuñón: Y, para que el corazón vaya más fuerte. Y yo lo entiendo. Pero para mí no sirve. La música es tan inmensa retratando la melancolía, que lo otro es como un poco vano. Le saca una dimensión. Pero es válido.

Melero: Creo que es lo próximo que tenemos que empezar a hacer, Diego. Una buena música ‘pum’ para arriba.

Tuñón: Estamos cerca.

-¡Música latina!

Daniel Melero, un pieza esencial en la evolución del rock argentino, con derivaciones hacia planetas musicales periféricos. /Foto Lucía Merle

Melero: Música ladina. Eso es: música ladina. Jaja.

-Ustedes son de generaciones diferentes…

Melero: ¡Me encantó! No quise interrumpir, pero suena bien eso de “degeneraciones”. (Risas)

Tuñón: ¿Cuáles son las degeneraciones que vos notás?

Melero: Es una maravilla. Son “degenaraciones diferentes”. ¡Nos insultó casi, Diego!

-No lo había pensado así…

Melero: Pero lo expresaste de marea perfecta.

-Puede ser. Finalmente son de generaciones diferentes; y también son degeneraciones diferentes las del ’80, las del ’70, las del ’90.

Tuñón: El nació en el ’58 y yo en el ’68. Somos así, los dos del ocho.

A jugar al “playroom” de Melero

-Pero se conocen desde hace mucho. Da la sensación de que hay músicos que deben decir: “Vamos a jugar a la casa de Daniel, que ahí podemos hacer lo que en casa no podemos”. Pienso en Gustavo (Cerati), con quien hiciste Colores Santos, en Gilespi y Desayuno en Ganímedes, ahora Diego…

Tuñón: Tiene un buen playroom, jajaja. 

Melero: ¡Sabés qué hermosura es eso! Es lo que sostiene mi vida desde siempre. Estoy rodeado de artistas con los que puedo jugar, y que quieren hacerlo. ¡Es hermoso! También, la colaboración es un arte que se aprende a desarrollar. Y yo aprecio haber profundizado en él. 

-En ese arte, ¿cómo funciona el ida y vuelta? ¿Cuándo se decide que algo está terminado?

Melero: Llevó tanto tiempo el disco, que a la vez lo más hermoso es, después de tantos años escuchándolo y reviéndolo, sentir que es fresco. En nuestra memoria es como millones de borroneos que en algún momento cerraron. A principio de año fue que sentimos que por fin había que darle un cierre.

Tuñón: Sí, antes de la pandemia.

Melero: Fuimos con lo que nos parecía lo más interesante para ir desde nosotros en el ahora.

Tuñón: A mí me parece que es como una primera entrega, un introducción. 

“En cualquier proyecto que haga, jamás pienso en otra cosa que no sea que me guste, de alguna manera. Y siempre me gusta tratar de emular en los otros lo que alguna música me ha hecho a mí. Lo pienso de esa manera, tratando de provocar. Pero ya el hecho de poder concretarlo me resulta maravilloso. Y que después alguien lo escuche, un milagro del universo.”

-¿Pensaban en algún público determinado, mientras iba tomando forma?

Tuñón: En cualquier proyecto que haga, jamás pienso en otra cosa que no sea que me guste, de alguna manera. Y siempre me gusta tratar de emular en los otros lo que alguna música me ha hecho a mí. Lo pienso de esa manera, tratando de provocar. Pero ya el hecho de poder concretarlo me resulta maravilloso. Y que después alguien lo escuche, un milagro del universo. Pero nunca pienso si está orientado a alguien en especial. Quiero generar sensaciones que la música me ha generado, y encontrar nuevas situaciones en el camino.

Melero: No creo que de ninguna manera el disco intente ser didáctico o algo por el estilo, para el público de tal o cual. Estamos publicando música sobre la que reflexionamos desde otro lugar, que es el interés que nos despiertan los sonidos. Por supuesto que somos conscientes del afuera, pero casi no figura, en la instancia de la producción y la mezcla de esta música, ni de su creación. Está libre de eso.

Tuñón: Cada uno de nosotros hemos tenido una carrera en la que fuimos completamente libres para hacer lo que hicimos. De última, la gente que se ha relacionado con nuestra obra anterior puede imaginarse que podemos tomar cualquier camino.

Melero: El proceso original que nos fue llevando a esto no tuvo ni siquiera la intención de ser una publicación, sino una experiencia musical que decidimos atravesar. Aún cuando era evidente que iba a salir, no se trató de otra cosa que no fuera una experiencia.

Tuñón: Para nosotros era una hermosa manera de pasar las tardes, escuchando música o manipulando sonidos.

Melero: Muchas veces nos juntábamos a partir de la propuesta hermosa de Diego de juntarnos a escuchar música un rato. Algo que siempre hacemos. Y de última, a lo mejor tocamos algo. 

Tuñón: Lo que siempre me gustó de ser “profesional”, es que todo eso que de niño era perder tiempo, que era escuchar música, ahora lo puedo llamar trabajo.

Melero: Es hermoso eso.

Tuñón: Y logré capitalizarlo. Lo único que quería era perpetuarme en eso. Nunca pensé incluso ser músico, excepto a los 17, cuando pensé que la secundaria se terminaba y se había terminado lo bueno.

Daniel Melero y Diego Tuñón, los hacedores de “La ruta del opio”, un álbum hipnótico que invita a escuchar de distintas maneras y a viajar a través de sus sonidos. /Foto Martín Bonetto

Melero y Tuñón cuentan que La ruta del opio ya tuvo un presentación a finales de 2019, cuando todavía era posible que un grupo de gente se reuniera en un espacio a disfrutar de la música tocada ahí, en vivo. Una experiencia que por ahora es difícil que se repita.

Tuñón: Este año nos cagaron el World Tour. Teníamos todo… Jajaja!

Melero: Hasta en Saigón teníamos shows.

-¿No es un disco que se adapta perfectamente al formato del streaming?

Melero: El streaming que se usa suena bastante peor que lo que suena mejor. Se degrada mucho la música.

-Pero uno podría pensar que la presentación digital es casi el ámbito natural para La ruta del opio.

Melero: Debería serlo. De todas formas, esa disponibilidad es como está ocurriendo la música hace años, y seguirá siéndolo por algunos años más, seguramente. Por eso, uno tiene que mezclar un disco para que suene bien en el peor equipo.

Tuñón: Exacto. No se olviden de cuánta música le cambió la vida a mucha gente sonando en una Spika.

Melero: Me pasó eso con Kraftwerk.

Tuñón: Para mí, la música siempre fue eso. Y sigue siéndolo. Yo, los primeros viajes me los pegué con un Winko: escuchaba Led Zeppelin como si estuviera en el Colón.

Melero: Hace muchos años, me regalaron un casete del primer álbum de Jesus and Mary Chain, y resulta que mientras por un canal salía Jesus and Mary Chain, por el otro salía la banda de sonido de la película Love Story, pero al revés. ¡Era una locura! No había armonía, no había sentido ni canal. Después, lo dabas vuelta y la experiencia era la inversa. Tenías Love Story al derecho, de un lado, ¡y Jesus al revés! Y vos decías: “¡Qué discazo!” Hoy no tendría cómo reproducirlo. Pero en ese momento lo escuché mucho. Y en el sentido de escuchar, La ruta del opio tiene una hermosa invitación.

En etapas, como si se tratara de una arquitectura mutante a través del tiempo, Daniel Melero y Diego Tuñón fueron construyendo “La ruta del opio” a lo largo de unos seis años. /Foto Martín Bonetto

Tuñón: Escuchar en auriculares me dio intimidad de los mundos externos, cuando no los podía controlar. Entonces siempre pienso en prepararla para ese sistema. Imagino a la gente escuchando la música en la calle, y me gusta pensar que esa situación alguna vez me ha rescatado de la horrenda rutina de tomar el colectivo para ir al colegio, suponete. Esas cosas. Le dio belleza… 

Melero: Y tiene que ser una experiencia para las personas que no tiene un audio de primera. Por ahí, hay que ver qué pensaría un audiófilo. Hay gente que vive muy conflictuada por la forma óptima del audio. Pero generalmente, cuando se logra eso no hay arte.

-Entonces, ¿qué pasa mientras no haya presentaciones?

Melero: Desde lo artístico, lo mejor es lo que está pasando hoy: que La ruta del opio vea la luz, en este panorama o en cualquier otro. Esto me sorprendió en medio de estar haciendo una banda de sonido de una película, que pertenece a la industria del cine que también está postergada; y viviendo con alegría la inutilidad efectiva de estar inmerso en la vocación. Pero nunca pensé que iba a ser fácil. No tengo la solución para volver a ser tan feliz como lo era en un estudio de grabación, rodeado de personas que me estaban inspirando. También extraño mucho la experiencia de ir a escuchar música a lo de Diego. Virtual, no funciona. Y además, es saludable.

La tapa de La ruta del opio

Una escultura digital con vida propia

-En algún momento leí que el disco este era una especie de escultura. Uno puede imaginarse que el modo que el que fueron horadando sonidos para ir creando la silueta de lo que finalmente se escucha. Pero en ese viaje, la tapa, aunque suene vintage hablar de ese concepto, es un elemento que definitivamente refuerza esa idea.

Melero: Es una escultura digital de Gabriel Rudd, un gran amigo nuestro y colaborador, en ese sentido. Y creo que es impactante. La arquitectura que presenta le queda perfecta al disco.

Así es la tapa de “La ruta del opio”, el álbum de Daniel Melero y Diego Tuñón.

Tuñón: Representa también las mezclas del disco, que están plagadas de detalles que parecen vivos. Para mí, las buenas mezclas siempre te muestran algo nuevo. Arman una situación donde los instrumentos no terminan de parecerse a sí mismos y nunca se diferencian entre sí, y en definitiva forman una amalgama. No se parecen a sí mismos. Y tampoco se diferencian de los otros.

Melero: Es buenísimo eso. Y sin embargo hay muchos planos. Es extrañísimo; es como la tapa. Tal cual.

Tuñón: Es una amalgama. Como la buena cocina, que no se sabe muy bien qué incluye y forma un ingrediente nuevo. Eso me parece que son los buenos discos.

Melero: En ese caso sería La ruta del curry. (Risas)

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E.S.

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