Cuarentena por coronavirus: una tarde en Nueva York de la mano de Astor Piazzolla



Por qué te lo recomendamos Buenos Aires está rara; las ciudades están raras. No sólo las de la Argentina. En ese marco, la música de Ástor Piazzolla adquiere una nueva dimensión, un nuevo significado. O tal vez sea la misma, pero en el cara a cara con la realidad parezca distinta. Y para muchos, por primera vez seductora. Entonces, ¿por qué no dejarse?

“Ahora démosle la bienvenida al extraordinario Astor Piazzolla”. Enseguida, la voz del locutor queda sepultada bajo unos aplausos que son a su vez sepultados por el contrabajo de Héctor Console, y enseguida definitivamente enterrados por esa aplanadora del tango que era el quinteto que completaban Pablo Ziegler, Fernando Suárez Paz y Horacio Malvicino.

De ahí en más, lo que sigue es un vendaval de hits con los que el bandoneonista fue jalonando su trayectoria fantástica, única, controvertida y cautivante; polémica e inigualable.

El concierto en el Central Park fue grabado en 1987 y editado en 1994.

Es posible que el Concierto en el Central Park neoyorquino no sea el mejor que hayan dado Ástor y sus muchachos a lo largo de su extendida carrera; pero al cabo del Verano porteño inaugural, uno parece haber sido triturado por la versión más extrema de Metallica. Así tocaban: en el límite, jugando con los contrastes, como si cada certeza lograda debiera ser puesta en duda al instante. 

La cosa va de emoción en emoción; de una Milonga del Ángel en la que el violín de Suárez Paz y el bandoneón de Ástor juegan una escena de amor que estalla en desenfreno y vértigo en la inmediatamente posterior Muerte del Ángel. La secuencia es demoledora; y funciona como un antídoto ideal para la modorra.

Al fin de cuentas, de lo que estamos hablando es de música que nos ayude a sobrellevar esta etapa del tiempo en la que a veces parece no pasar. En ese plan, dejarse llevar por La camorra es como entrar en trance; así como disfrutar de cada nota de la intro que Ziegler le mete a Adiós Nonino es ser pasajero de un viaje al más allá. ¿O acaso la psicodelia es patrimonio de los sesentistas californianos y londinenses?

De nuevo; para algunos la intro del Lausanne Concert puede ser mejor, o quizá la del Vienna Concert. ¿Quién sabe? No es una mala idea hacer la prueba de escuchar y comparar. Pero aquí no se trata de eso. Se trata de lo que esos dos minutos provocan en quien escucha sin coraza y con las defensas bajas. “¿Por qué nos cuesta tanto el amor?”, se pregunta Fito Páez en El diablo de tu corazón. En este caso la pregunta es más sencilla aún: ¿Por qué nos cuesta tanto escuchar?

De lograrlo, a esta altura del disco, Michelangelo y el Concierto para Quinteto son una recompensa más que merecida, necesaria para completar la experiencia de flotar en una Buenos Aires que por un rato deja de ser tangible. Es otra cosa; alcanza con abrir la ventana al silencio, mientras aún suena de fondo, para comprobarlo. De pronto, eso de que Piazzolla lograba darle forma a la ciudad desde su música se hace realidad. Y paradójicamente, la realidad queda en stand by por un rato.  

E.S.

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