Cuarentena por coronavirus: Juan Pablo Navarro Septeto y las infinitas reencarnaciones de Juan Carlos Cobián



Por qué te lo recomendamos ¿Cuántas veces más se pueden tocar piezas como Nostalgias, La casita de mis viejos, Nieblas del Riachuelo o Los mareados sin que suenen definitivamente y sin remedio a repeticiones de algo ya hecho? De acuerdo; es música, de modo que la respuesta es: infinitas. La cuestión, en todo caso, es saber si existe la posibilidad de averiguar cuántos músicos están en condiciones de hacerlo. Difícil… Pero si hay aunque sea una mínima seguridad en un juego de acertijos de ese tipo, es la de que dentro de ese universo de elegidos, Juan Pablo Navarro tenía reservado un lugar.

Si el verbo está conjugado en pretérito es sólo porque con el diario del lunes en la mano hay que avisar que ya se encargó de ocuparlo. El diario del lunes es, claro, el álbum Los dopados – La música de Juan Carlos Cobián, grabado en la Usina del Arte los días 17 y 18 de mayo de 2018 y publicado por Club del disco; y escuchándolo, cuesta pensar que alguien pueda desbancarlo alguna vez.

Porque lo que logra Navarro, contrabajista que hace rato sacó chapa de músico excepcional, es que la música del compositor nacido en Pigüé en mayo de 1896 suene como si nos acercáramos a ella por primera vez, aún para quienes por una cuestión generacional, voluntariamente o no, hayamos escuchado una y mil veces algunas de las obras elegidas por el músico para el Proyecto Cobián, ideado por el director de la Usina, Adrián Iaies.

La fórmula, dicho con la mejor de las consideraciones por esa combinación de elementos que da por resultado algo más que la suma de los mismos, no tiene mucho más secreto que el de tener la virtud de saber elegir entre los mejores de cada clase. Nicolás Enrich en bandoneón, Bruno Cavallaro en violín, Sebastián Tozzola en clarinete bajo, Esteban Falabella en guitarra, Emiliano Greco en piano y Sergio Verdinelli, como invitado, en batería y vibráfono conforman un dream team que Navarro, en su plan de director y arreglador, hace jugar al máximo de sus posibilidades, aprovechando al máximo las virtudes de cada uno de ellos, al mismo tiempo que permitiendo el lucimiento, alternado o colectivo, de los siete.

Puede ser que Tozzola se destaque inicialmente, fundamentalmente por el original tratamiento que recibe el inicio de El motivo, donde su contrapunto con Greco es una invitación a poner en juego todos los sentidos, algo que se replica en la maravillosa Mi bunker/Mi refugio; y que lo mismo suceda con Cavallaro en Nostalgias, cuya melodía imbatible es terreno fértil para su instrumento, que se desplaza como suspendido entre sonidos que se reparten entre el resto de los músicos.

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Así también podremos hablar del dueto de Enrich con Navarro en Rubí; de la sutileza de Falabella para coronar la tarea de Cavallaro en La casita de mis viejos, que suena nostálgica, íntima, casi susurrada; del cautivante diálogo de Navarro con la voz de Noelia Moncada en Almita herida; o del desempeño de Verdinelli al mando del vibráfono, sorprendente para quienes automáticamente lo asociamos a su perfil rockero como compañero de ruta de Luis Alberto Spinetta o Fito Páez.

Precisamente Páez suma su voz en la versión algo lisérgica de Nieblas del Riachuelo, donde Falabella es el encargado de bajar la canción a tierra, mientras el resto se empeña en largarla a volar una y otra vez. La tensión de preguntarse adónde irán a parar esos tipos es fantásticamente atractiva. Una sensación que se vuelve a hacer presente por momentos durante Los mareados, que una vez más con Fito en voz, completa la sesión.

Antes, entre una y otra pieza, Shusheta podría colar su comienzo entre cualquier standard del bebop hasta que, claro, el bandoneón de Enrich lleva todo al campo del tango, como una señal de que entre ambos géneros no hay tanta distancia, pero también de que no son lo mismo. Y tal vez y en parte por esa misma razón, no hay aquí improvisaciones eternas, ni experimentaciones exhibicionistas, ni momento alguno en el que se pierda la referencia de lo que el septeto está tocando.

Entonces, no hay nada por descifrar; sólo dejarse llevar, disfrutar y, vez a vez, descubrir en cada escucha algo nuevo. Y si alguien se le ocurre preguntar que cuántas veces se puede escuchar al Juan Pablo Navarro Septeto tocar piezas como Nostalgias, La casita de mis viejos, Nieblas del Riachuelo o Los mareados sin que suenen definitivamente y sin remedio a repeticiones de algo que ya han hecho, la respuesta es simple: es música.

E.S.

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