Crítica de El lago de los cisnes: entre la luz y la oscuridad



El Ballet del Teatro Colón, dirigido por Paloma Herrera, cierra su temporada con una gran producción de El lago de los cisnes, obra del repertorio del siglo XIX y de su supremo hacedor Marius Petipa en colaboración con Lev Ivanov y sobre la hermosa partitura de P.I. Tchaikovsky.

Seguramente no hay otro ballet de ese período que haya llegado hasta hoy con tantas modificaciones, supresiones, alteraciones y nuevos puntos de vista como le ha ocurrido a El lago de los cisnes, lo que quizás habla de la vitalidad de su temática. Dicho simplificadamente: la oposición entre el bien y el mal, entre la oscuridad y la luz, representados de un lado por la angelical Odette, el Cisne Blanco –transformada en ave durante las horas del día por el maléfico hechicero Von Rothbart- y del otro por la pérfida Odile, el Cisne Negro, idéntica a Odette e instrumento del hechicero para confundir al príncipe Sigfrido y hacerlo quebrar involuntariamente su primer juramento de amor.

Mario Galizzi, que ya había recreado este ballet para el Colón, eligió conservar la forma y el contenido tradicionales de El lago…, aunque con unos saludables cortes: unió el primer acto con el segundo y el tercero con el cuarto. Por lo tanto, hay un solo intervalo y la obra tiene una duración más razonable en los términos de una producción de estas características. Para eso contó con una buena solución técnica, que permitió un pasaje fluido de la escena del palacio a la del lago en las dos partes en que quedó dividido el ballet.

La nueva versión de “El Lago de los cisnes”. Foto: Prensa Teatro Colón /Máximo Parpagnoli.

Esos son precisamente los ámbitos que representan la oposición básica de la obra: el luminoso salón del palacio –con la celebración del cumpleaños del príncipe y luego la fiesta en que elegirá una princesa como esposa- y el bosque sombrío: aquí Sigfrido descubre a Odette y se enamora; en la última escena, aunque aclarada la presunta traición, los amantes se suicidan derrotados por Von Rothbart.

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Es sin duda más simple –dicho en un sentido relativo- poner en escena las escenas festivas que las oscuras. Las dos fiestas están muy logradas, coreográfica e interpretativamente. Las escenas del bosque, en cambio, hubieran requerido una atmósfera más ominosa; quizás la insuficiencia de ensayos conspiró contra ese objetivo.

Macarena Giménez es una estrella en indudable ascenso que por sus características podía imaginarse que el rol del Cisne Blanco le cabría de una manera perfecta. Sin embargo, comenzó de una manera no tan segura, aunque luego se afirmó sólidamente en este papel tan difícil. Pero su Cisne Negro fue, de principio a fin, fantástico: maligna y sutil en su frío apasionamiento y técnicamente brillante. Juan Pablo Ledo, como Sigfrido, no pudo evitar caer en cierta gestualidad que le es propia y que le dificulta una interioridad más profunda.

Majestuoso. “El Lago de los cisnes”, en la versión de Mario Galizzi. Foto: Prensa Teatro Colón /Máximo Parpagnoli.

Hubo algunos momentos muy destacables: una variación de Camila Bocca en el Pas de Trois del primer acto; la princesa húngara de Ludmila Galaverna en el segundo y la danza napolitana preciosamente interpretada por Emilia Peredo Aguirre. Muy digna y elegante fue la reina madre de Natalia Saraceno y espectacular el Von Rothbart de Federico Fernández. El bufón de Yosmer Mejía no alcanzó la simpatía que el personaje requería y algo desparejos fueron los desempeños de los papeles solistas.

El vestuario de Aníbal Lápiz y la escenografía de Christian Prego constituyeron dos puntos muy altos de esta producción, en una función de estreno que culminó de una manera particular, cercana a la realidad de hoy y lejos de palacios y lagos encantados: mientras comenzaban los saludos finales, los miembros de la orquesta se pusieron de pie con carteles (después se sumaron los bailarines y técnicos) que reclamaban salarios dignos, mejores condiciones de trabajo y revisión de los sueldos de privilegio.

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Ficha

El lago de los cisnes

Calificación: Muy bueno​

De: Petipa-Ivanov-Tchaikovsky Compañía: Ballet del Colón Directora: Paloma Herrera Teatro: Colón, Libertad 621 Funciones hasta el 29 de diciembre.

WD

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