Cristina Plate, la pionera desconocida del rock nacional


“Cristina no existía”. Así la recordó, o ninguneó, Jorge Álvarez en cada libro o entrevista que dio después de que ella decidiera irse de Mandioca [el primer sello discográfico de rock independiente en el país, fundado en 1968 por Álvarez junto a Javier Arroyuelo, Rafael López Sánchez y Pedro Pujó]. Pero existía, y con su voz lírica rompió todos los preceptos de la historia y fue la primera mujer en grabar sus canciones en el marco del rock nacional. Con una voz diferente a la acostumbrada por ellos, su formación teatral, su influencia artística y de la vanguardia, Cristina Plate pasó por la historia como un torbellino de creatividad y revolución. Su canto era tan distinto, tan inesperado y original, que fue rechazada.

Cristina Plate nació con el nombre Cristina Ruiz de Luque. En aquellos años, los últimos de la década del 60, trabajaba de modelo, actriz y cantante. Frecuentaba el bar Moderno [ubicado en la calle Maipú, entre Paraguay y C

harcas, donde se juntaban intelectuales y lxs artistas de vanguardia del Instituto Di Tella] porque venía del grupo de las letras y la plástica. Su voz, con un cantar pop lírico, poco tenía que ver con la locura teatral de Miguel Abuelo y el blues pesado al que irían acercándose los Manal. Pero el afiche de una ciudad psicodélica los promocionaba juntxs en el oscuro cielo de la noche, bajo el cuidado de “la madre de los chicos”, como le decían al sello Mandioca. Cristina Plate fue la primera mujer en grabar un simple en la historia del rock argentino.

En aquel momento, en 1968, Cristina estaba casada con el artista plástico Roberto Plate, de quien tomó el apellido, y estaba involucrada en el mismo mundo artístico de vanguardia en torno al Instituto Di Tella. Había actuado, hecho performance, y cantado en algunos proyectos artísticos. Alejandro Medina, bajista de Manal, les propuso a los cuatro socios de Mandioca escuchar las canciones que había estado preparando con Cristina. Ella componía la letra, él la ayudaba con la música. Escucharon sus cuatro canciones en un estudio de grabación y decidieron sumarla al inminente catálogo de la primera discográfica independiente. Javier Arroyuelo, uno de los cuatro socios, lo recuerda así:

“Cristina tenía aspiraciones artísticas. En aquella época las encontraba naíf, pero estaban bien, era algo que correspondía. Ella hacía algo que acá no existía, les daba un tono lírico a sus canciones que las convertía en algo interesante. Tenía influencias internacionales, francesas. Era pop, pero a los rockeros no les gustaba”.

El lanzamiento de Mandioca fue un éxtasis para los sentidos. Durante esas dos noches de noviembre de 1968 en la sala Apolo, lxs artistas de vanguardia se juntaron en un único lugar para presenciar el primer acto de unión, el primer beso entre ese rock en castellano y el arte en sus múltiples disciplinas. Una orgía artística. Mientras entraban los rockeros de pelos largos y pantalones de pata de elefante, los intelectuales de anteojos de marco grueso y gomina charlaban con las actrices y los actores excéntricos mirando a lxs bailarines y lxs artistas plásticxs cerca de la gente de la moda. Todxs juntxs en el hall del teatro, en una primera ceremonia de iniciación, de cruza artística entre esa gente que solo se conocía de los bares, del café, de la calle. La espera cuchicheada en la sala se interrumpió por una novia en moto que entró al salón con un reproductor de audio desde el cual sonaba la marcha nupcial.

Y se largó. Una azafata entró desde otro sector y empezó a indicarles por megáfono que era la hora de entrar al teatro, pero un coro disperso entre la gente cantaba Bach ocasionando una gran confusión. Al entrar, Manal estaba en el escenario y un mago hacía su magia mientras el trío tocaba. Un circo, un happening, una obra de teatro, una exposición de arte y un recital de música. Fue un éxito desprolijo, porque fueron 300 personas que no supieron entender lo que habían visto. Arroyuelo, uno de los Mandioca, el único que recordaba el nombre de soltera de Cristina, narra desde su casa en Banfield cómo sonó aquella vez.

“La vi suelta, bien, ella era una mina segura de sí misma. Tenía una voz de soprano ligera, y su música era un pop lírico. A lo mejor no era la tonalidad ideal para ella, porque creo que se le notaba incluso demasiado la academia, todo lo que estudió, pero no siento que haya habido nada forzado en su música”.

No era habitual en ese momento ver un concierto en un teatro, tampoco ver a una mujer en el escenario entre rockeros. Los cuatro socios de Mandioca querían que en su lanzamiento hubiera una mujer y salieron a buscarla. “Muchos hablaron mal después, porque se sintieron excluidos”, dice Arroyuelo, o tal vez traicionados en su machismo. Los únicos que le dieron espacio a la mujer arriba del escenario fueron varones homosexuales. El público y, sobre todo, los periodistas la juzgaron a Cristina con dureza. Que ella haya trabajado como modelo o como actriz fue algo imperdonable para la vara moralista del rock espiritual e intelectual de la época.

Cristina Plate fue la primera en cantar en esas dos fechas. El periodista Miguel Grinberg en la revista Panorama del 19 de noviembre no la mencionaba como cantante, siempre se refirió a ella como “la modelo” antes de indicar su nombre. En su crítica, que fue muy dura con lxs tres artistas, publicó: “La modelo Cristina Plate intentó cantar con acompañamiento de cuerdas y otras herramientas musicales: su ‘barroco’ naufragó en una absoluta falta de sentido de las armonías”. En la reseña de los discos, publicada en la misma revista con fecha del 18 de marzo de 1969, la descripción del simple de Cristina también hacía referencia a que la música no era su ambiente “natural”: “Su voz es forzada a la estridencia y da la impresión de un trabajo hecho por imposición”. Por su parte, en la revista Siete Días Ilustrados, de marzo de 1969, la reseña de los discos de Mandioca que escribió Juan Carlos Kreimer también fue dura, pero, al hablar de Cristina, sus trabajos como modelo fueron imperdonables para el periodista: “La voz de Cristina Plate, tenue, ahuecada, no justifica su cambio de género artístico (es modelo profesional)”.

Cristina Plate en 1970Semana gráfica/Gentileza Marea Editorial

Cristina no era una improvisada, sabía lo que quería y parecía que estaba dispuesta a pelearse con quien fuera, a riesgo de quedar como una pesada. Desde chica quiso cantar ópera, pero en la casa no la dejaban estudiar, decían que se le iban a formar nódulos en las cuerdas vocales. Sus padres le permitieron hacerlo recién a los dieciocho años, fue a clases colectivas de folclore. En 1963, ella vivía en París, en un hotel que estaba arriba de un boliche, el L’Escalade, donde la folclorista chilena Violeta Parra y sus hijos hacían números latinoamericanos. Se escapaba al boliche a escucharlxs, quería estar cerca. Una noche la invitaron a participar de sus recitales. Aceptó. Y ahí tomó conciencia de que quería comunicarse con el mundo a través del canto.

Cuando volvió a Buenos Aires, los primeros trabajos que consiguió fueron como modelo de publicidad, pero rápidamente la banalidad y la comercialización de su cuerpo la expulsaron de esa profesión. “No bien descubrí que la publicidad era algo que pretendía hacer de mí un jabón, un soutien, un jugo de frutas y un detergente casi al mismo tiempo, comencé a sospechar y antes de que se me metiera definitivamente en mi vida la abandoné”, dijo en una entrevista a la revista Semana Gráfica del 4 de septiembre de 1970. El impacto de las críticas le dio a ella una apreciación más lúcida sobre los mecanismos excluyentes de una industria que normativiza el arte y sobre los periodistas asustados por su obra:

“En la música no sé si exactamente pasa eso o es que todos terminan en una carrera competitiva absurda. Se trata de ver quién es el mejor, quién el que vende más discos o lleva más gente a un estadio, cuando lo que importa es contribuir a crear un movimiento, una conciencia musical. El oficio de cantar debe ser una cruzada. Una vida sin rebelión no puede ser completa. No hablo de la rebelión sin sentido sino de la creadora, la encauzada”.

Su marido de aquel momento, Roberto Plate, fue reconocido como artista plástico del Di Tella porque en el 68 escandalizó al mundo del arte con su instalación Baños públicos. La obra simulaba dos baños de bares, eran dos puertas que tenían dibujados los típicos iconos de hombre-mujer, y cuando el público pasaba la puerta, la ausencia de los sanitarios confundía al espectador obligándolo a repensar y redefinir su condición sexual. En las paredes blancas de esos baños, el público intervino la obra como si fuera un verdadero baño público: dibujaron garabatos, pitos, firmaron y escribieron frases, entre las que estaba un “Onganía puto”.

El Gobierno clausuró la obra por obscena, “por insólita agresión al público”, como explicó el diario La Razón ese día, el 21 de mayo. En señal de protesta, Plate y todxs lxs artistas que participaban en Muestra 68 quemaron y rompieron sus obras en la calle. Pocos meses después Plate se fue a vivir a París.

Entre los meses que separaron la obra escandalosa de su marido y los shows en el Apolo, Cristina grabó un simple de dos canciones, “Paz en la playa” y “Para dártelo todo”, y fue ese vinilo el que presentó aquel día en el lanzamiento de Mandioca. En el lado A, la letra es de la actriz Liliana Fernández Blanco con música de Alejandro Medina, en el lado B Cristina fue la letrista y Medina hizo la música. “Ya no tengo la voz vacía/ Hoy doy vuelta los silencios”, canta, y ese único registro de su voz perdura como recuerdo. A pesar de la grabación del simple, su vínculo con Mandioca se rompió rápidamente. Javier Arroyuelo relató la locura que fue ese proyecto que se transformó en insignia de la cultura independiente. “Hablan de hito, de mito […] Pero Mandioca era también imposible entonces. Por eso lo hicimos, o lo flasheamos, y por eso, en su estado primero, duró lo que una tormenta rica de relámpagos. Con el tiempo fue un fuego”. Al cabo de dos años el sello cerró, en principio porque varios se tuvieron que exiliar. Antes de hacerlo, los Mandioca grabaron a una amiga de ellos, Mónica Douek, quien grabó un simple en 1969 bajo el seudónimo Samantha Summers, con dos canciones: “You” y “Te iluminaré”, de corte jazzero. Ella también se exilió en Roma y nunca lo presentó en vivo.

Al borde de 1969 Cristina Plate se alejó del circuito Mandioca, enojada con el ambiente de rockeros por “la imagen hippie que le formaron”, según consta en Historia del rock en Argentina, libro de Marcelo Fernández Bitar, e intentó una nueva experiencia con RCA. Separada de su primer marido, con una pequeña hija y con medio millar de discos de su primer simple apretados en el fondo de algún placard, trató de relanzarse con el gran sello y el resultado fue igual de desalentador.

En 1969 grabó su segundo simple con las canciones “Viejo amigo” y “Muchacho de pan”, con un coproductor español llamado Manuel Román, que trabajaba en una especie de sello de vanguardia, Trova. Según cuenta Isa Portugheis, baterista de La Cofradía de la Flor Solar y luego de Pappo’s Blues, el español “era el marido de una mina que cantaba que se llamaba Cristina Plate”, según consta en Rock de acá 2, el libro del periodista Ezequiel Ábalos. Ese segundo single de Cristina, que grabó con su nueva pareja, no gustó en la discográfica. La empresa, que pensaba integrarla a su staff de “valores jóvenes”, chocó con su firme determinación de no dejarse acomodar a esquemas fácilmente comercializables, ella iba a seguir cantando de esta manera lírica sin hacer el pop que le pedían.

Ese mismo año, Cristina actuó en una película importante para el circuito artístico de la época. Tiro de gracia se estrenó en octubre de 1969, dirigida por Ricardo Becher, basada en el libro de Sergio Mulet. Su papel fue Greta, y compartía cartel con Roberto Plate, Javier Martínez, María Vargas y la desconocida Susana Giménez. La banda sonora de esa película la hizo Manal.

Cristina también estuvo vinculada a la primera grabación de Skay Beilinson. Antes de que fuera el guitarrista y alma máter de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota, Skay armó un grupo con Isa Portugheis y el Topo D’Aloisio que se llamó Diplodocum Red & Brown. “Una vez vino Cristina Plate a La Plata y nos propuso grabar un simple, que salió en el sello Trova (‘El blues del hombre de la cara azul’ y ‘Blind sex’). Cantábamos en inglés. Creo que grabamos los dos temas en un par de horas”, le contó Skay al periodista Claudio Kleiman en Página/12 décadas después.

En dos años, Cristina grabó dos simples, filmó una película, hizo grabar a otros músicos y se decidió a experimentar la música por fuera de la industria. A partir del 69 probó salir a los café concert de la provincia de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, con su voz y su guitarra, bien alejada del circuito de los escenarios porteños. “La experiencia del interior me confirma que allí hay más respeto, no más desconocimiento, como se cree. No juzgan por lo que uno es o ha sido (modelo y actriz en mi caso) sino por lo que está haciendo en ese momento”, dijo Cristina en una nota en Semana Gráfica en 1970. Después de ese intento no hay más registros suyos en la música argentina.

La experiencia hostil que vivió Cristina Plate en el ámbito del rock en español, donde apenas la nombran como partícipe y muchas veces en los relatos la ignoran, la alejó de la música. Y ya desde los 70 se perdió su rastro. Es inhallable su camino. ¿Se exilió? ¿Cambió de nombre? En el mundo de la música es un misterio.

En Internet hay una única entrada con su nombre completo, y es en IMDB, la web que funciona como base de datos del mundo del cine. Ahí se le adjudica a Cristina Ruiz de Luque la dirección, en conjunto con el italiano Giampiero Tartagni, del documental Bandidos como Jesús con fecha de casi diez años después, en 1976. Según el catálogo “La dictadura y el cine” de Memoria Abierta, se trata de “una película que alguna gente piensa que no se hizo y de la que solo hay registro concreto en el British Film Institute, donde se la menciona y se habla de dos directores, Cristina Ruiz y Giampiero Tartagni. Trataría sobre el compromiso militante de un sector progresista de la Iglesia católica local”.

Cristina se exilió en Italia, Roberto Plate en París, su hija, la ilustradora Leticia Plate, vive en Estados Unidos. Contactada para el libro Brilla la luz para ellas: una historia de las mujeres en el rock argentino 1960-2020, no quiso hablar, es muy reservada sobre sus años de juventud musical.

La tapa del libro Brilla la luz para ellas, de Romina ZanellatoSemana gráfica/Gentileza Marea EditorialMás información



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