Creedence Clearwater Revival: su discografía ordenada de peor a mejor



Creedence Clearwater Revival: ordenamos su discografía de peor a mejor

La dificultad de ordenar los LP de Creedence Clearwater Revival (CCR) es que en la mismísima era de oro del álbum como unidad conceptual para escuchar música pop ellos no fueron un grupo de álbumes. Creedence, cuya popularidad en Argentina a principios de los 70 solo era superada por Los Beatles, se consumió sobre todo a través de recopilaciones como el doble álbum Crónica (presentando a John Fogerty), que reunía esos “20 grandes éxitos” que definieron el esencialismo rocker de Fogerty.

7- Mardi Gras (1972)

En esa rockolla de hitazos (como Vilas con la ATP, nunca llegaron al número uno de Billboard pero metieron cinco números 2 en la Biblia de los charts solo entre 1969 y 1970) se hace difícil encontrar algo “peor” pero si hay que empezar a ordenar la discografía en forma descendente todos los boletos se juegan en el magro Mardi Gras. Para cuando este LP se editó en abril de 1972, Creedence había quedado reducido a trío por la partida de Tom Fogerty, el hermano mayor de John sobre quien recaía la responsabilidad compositiva y la ideología estética del grupo. Mardi Gras parece un disco de outtakes, pero hecho de descartes antes que de hallazgos. Fogerty canta solo cuatro canciones entre las que se cuenta el último clásico de CCR: la balada autobiográfica “Someday Never Comes”, lado A del último single del grupo que salió en junio del 72. En octubre de ese mismo año, Creedence se había terminado. Archívese junto a Squeeze (Velvet Underground, 1973), Full Circle (The Doors, 1972) o Cut the Crap (The Clash, 1985) como discos irrelevantes de bandas relevantes.

6. Creedence Clearwater Revival (1968)

Puesto a jugar con el resto de la discografía, este debutazo queda relegado solo por su carácter embrionario. Ese carácter queda enfatizado en el hecho de que dos de sus tres simples eran covers cuando la idea de autor se había vuelto uno de los rasgos diferenciales de la cultura rock dentro de la industria musical. Fogerty fue, como definió el crítico inglés Simon Reynolds, retro-garde: alguien que usaba el pasado como símbolo de distinción. Así, elige abrir el primer álbum de CCR para el oscuro sello Fantasy con una crudísima relectura de “I Put a Spell On You” del extravagante bluesman Screamin’ Jay Hawkins que Nina Simone ya había llevado a una cumbre sublime en 1965. En su rescate del rock and roll primal y bailable el primer álbum de CCR es un manifiesto anti-hippie aunque la atmósfera psicodélica amenaza tanta necesidad de clearwater y revival (que no lo es). La relectura del rockabilly “Susie-Q” (1958) de Dale Hawkins lleva a ocho minutos y treinta y siete segundos un original de apenas dos minutos a través de una zapada sin destino que se enrarece al límite de la disonancia y unos coros que balbucean algo indecible. Además del rockabilly y el blues más oscuro, Fogerty rescata el soul del sello Stax (Wilson Pickett) y define su ideario en “The Working Man”: el costado renegado del Summer of Love. No el nihilismo proto punk de Velvet Undergound sino la misma perspectiva de clase (trabajadora) que Ray Davies con los Kinks (“Dedicado seguidor de moda”) o Moris (“Pato trabaja en una carnicería”). Es nada menos que la aparición en público de una voz cuyo gruñido irritante anticiparía el de Brian Johnson (AC/DC) y hasta el del Kurt Cobain menos pop.

5. Cosmo’s Factory (1970)

En términos de impacto, el disco que revelaba en su tapa la trastienda de trabajo de Creedence (a la que Fogerty llamaba “The Factory” sin ninguna relación con la de Andy Warhol) marcó el Everest de dos años agotadores yendo del estudio de grabación a los escenarios. Editado el 16 de julio de 1970, “Cosmo’s Factory”, que fue número uno en Estados Unidos y seis países de Europa al mismo tiempo, apareció como un flash en una dimensión paralela a la separación de The Beatles (“Let it be” había salido en mayo).

Fogerty era capaz de hacer que Creedence sonara tan amenazante como los Stones de “Gimme Shelter” en “Run Through the Jungle”: joya del minimalismo rocker que sostiene la tensión en un solo tono evitando el paroxismo de un estribillo que nunca llega. Lúmpenes de Woodstock (la actuación de CCR quedó desteñida por la de Grateful Dead), en la Factory de Fogerty había lugar al mismo tiempo para un retro-rock que se pasaba de anacrónico. “Travellin Band” debió haber reinado en las rockerías (discotecas suburbanas donde el rock and roll se preservó como baile) pero se trataba al fin de una interpretación lineal de standards de la segunda mitad de los 50. Y los hit(o)s de Fogerty no estuvieron en repetir como un mirlo el rock and roll vintage sino en revisionarlo usando y desechando al mismo tiempo la atmósfera de su época. Lo que queda expuesto aquí en la electrizante apertura con “Ramble Tamble” o la alegría contagiosa, neurótica, de “Up Around the Bend”. En “Who’ll Stop the Rain” retoman el estilo clásico de The Byrds pero sin aquella armonía pastoral (Angry Byrds), mientras que la solidaridad con el poder negro (¿soulidaridad?) sigue con la versión de “I Heard it to the Grapevine” (Marvin Gaye) que desemboca en una jam obsesiva de once minutos. No es “peor” que los discos que siguen sino que acaso “Cosmo’s” sea menos álbum.

4. Bayou Country (1969)

1969 fue el año de Creedence que, en una proeza fordista, editó tres LP entre enero y noviembre. La imagen de la tapa de su segundo álbum repetía la fotografía del cuarteto en el mismo ambiente natural del debut pero con un efecto de distorsión óptica. Esta dislocación entra en diálogo con la bombástica apertura, piedra angular del estilo swamp: “Born on the Bayou”. Por “Bayou” se designaba en la lengua de la etnia choctauw a los meandros pantanosos del río Misisipi y esa es la tierra prometida de Fogerty y Creedence que no eran del sur profundo de los Estados Unidos sino que se habían formado en El Cerrito, una pequeña ciudad recostada sobre la bahía de San Francisco.

“Ojalá estuviera de vuelta en el Bayou enrollado con alguna reina del Cajún” se le oye gritar a Fogerty en su imaginaria nostalgia mientras conduce a la banda a través de un sueño de Faulkner. Pero nada es impostado aquí: Creedence se la cree. “Bayou Country” afirma un sonido; la voz urticante de Fogerty y hasta su estilo de guitar anti hero. Todo eso es conjugado en “Orgullosa Mary” donde la ensoñación americana (ese sub estilo que termina en Wilco) roza la perfección. No solo es alto pop sino que la electricidad se deja oír diáfana (huyendo de los efectos de la época) en ese intersticio donde Fogerty se vuelve un acupunturista de la guitarra: una intervención mínima (escuchar a la altura de 1:50) le alcanza para sacudir entero el sistema nervioso del oyente.

3. Pendulum (1970)

Texto que escribió Luis Alberto Spinetta en un diario under de Marta Minujín

El menos explorado de los LP de CCR es el que mejor califica como álbum: es el único compuesto íntegramente por originales de Fogerty (no hay covers) y el que mejor responde a la demanda conceptual del formato. Luego del éxito de “Cosmo’s Factory” al gruñón del pantano le quedaba todavía una bala y era para demostrarle al mundo (del rock) que Creedence no eran unos Monkees o Archies en camisas leñadoras. “Sí, ya sé que pese a esto el rebaño escuchará a Creedence Clearwater Revival para moverse y gastar energía”, escribía a fines del 69 Luis Alberto Spinetta en el diario underground Lo Inadvertido, editado por Marta Minujín y Daniel Beilinson, uno de los hermanos de Skay. Sí, esa era un poco la idea que se tenía de Creedence en la tribu aunque casi al mismo tiempo Moris rubricara otra mirada en la contratapa de Treinta Minutos de Vida: “Son las once y media de la noche y escucho en el aire una canción del conjunto Creedence Clearwater Revival y suena con la naturalidad de un tango antiguo flotando sobre la ciudad”.

Pendulum se transita como un todo homogéneo y autárquico; un mundo que se pliega sobre sí mismo del mismo modo que venían haciendo los Beatles a partir de Revolver. También es cierto que es el disco menos hitero aunque en ese recorrido aparece el country-rock “Have you Ever Seen the Rain”, que se editó como simple en enero del 71 para instalarse para siempre en el canon del rock clásico. Antes y después de “Have you Ever Seen the Rain” lo que hay en Pendulum es terra incognita. La paleta sonora se ensancha y Creedence se reinventa con arreglos de bronces (“Chameleon”), aires de góspel (“Sailor’s Lament”) y hasta un final de música concreta debió haber sido un enigma insoluble para sus fans entonces.

2. Willy and the Poor Boys (1969)

El pulso del bajo en el comienzo de “Down on the Corner” es pura memoria en el oído pop. Al punto de, como mucha de la mejor música folklórica, volverse anónima. Con “Willy and the Poor Boys”, Creedence cierra la trilogía de 1969 y en el nombre dickensiano del LP puede leerse una suerte de guiño de la América profunda al colorido “Sargeant Pepper” de The Beatles. Donde Paul hacía descansar a los Fab 4 de su vida pública otorgándoles un alter ego neo victoriano y lisérgico, Fogerty sacaba la banda a la calle y la convertía en un cuarteto de skiffle que se fotografiaba tocando para un puñado de chicos negros.

Willy and the Poor Boys es el LP que más cerca está de Pendulum en cuanto a la idea de diseño de álbum mientras que las canciones evitan esos finales aletargados en el estilo del fundacional “Susie-Q” (excepto por “Effigy”, otra obra maestra inadvertida). En solo dos minutos con veinte segundos Creedence deja grabada en este LP la mejor canción contra la guerra de Vietnam: “Fortunate Son”. “Algunas personas heredan las estrellas de la bandera en sus ojos / te envían a la guerra señor y cuando les preguntas ¿cuánto debemos dar? Solo responden, más, más, más / No soy yo, no soy yo, el hijo de un millonario, no soy yo el afortunado”. Fogerty gritaba que no era solo una cuestión de pacifismo oponerse a la guerra sino de cuna. La política doméstica se cuela también en el rockazo “It Came out of the Sky” donde la aparición de un objeto extraño en el campo se vuelve disputa de poder entre Hollywood, el Vaticano y “Ronnie el populista que dice que se trata de un complot comunista” (Ronnie es Reagan.). Y así como el bajo de “Down in the Corner” pasó al dominio público, las versiones de “Cottonfields” y “Midnight Special” saltaron del cancionero anónimo a ser dos más entre los “grandes éxitos” de Creedence.

1. Green River (1969)

Piel de jean y chaleco de cuero crudo, una guitarra acústica sostenida como espada medieval, los otros tres un poco más lejos a la sombra de un viejo árbol. El imaginario sigue siendo rural pero el primer plano de John Fogerty se justifica en tanto y en cuanto apenas se ponía la púa en el primer surco de este LP lo que se escuchaba era nada menos que la reinvención del rock and roll, como música de baile y como metáfora erótica, como todo lo que había sido al principio pero, ahora, 1969, atravesado por una década revolucionada.

La guitarra de “Green River” es algo tan demarcatorio como los gorjeos de Elvis, el ulular demente de Little Richard, los riffs de Chuck Berry y su posterior reencarnación en Beatles y Stones. Un hit tan perfecto como “Proud Mary” pero a la vez una pieza capaz de sumarse al canon de los pioneros, cuando los pioneros marchaban con destino incierto al universo temático de Las Vegas. Green River, el álbum, es puro vértigo y apenas si da descanso en las baladas “Wrote a Song for Everyone” y “Lodi”, el molde de las futuras lluvias de Clearwater: “Who’ll Stop the Rain” y “Have You Ever Seen the Rain”. El lado B abría con otro futuro clásico como “Bad Moon Rising”, que no era otra cosa que la versión de Fogerty del final del sueño que los Stooges de Iggy Pop sumariaron en “1969” (el advenimiento de la mala onda). Fogerty usaba la voz del profeta y cantaba, veía: “Veo el ascenso de la mala luna / veo problemas en el camino / terremotos y relámpagos / veo los malos tiempos hoy / No salgan esta noche que hay una mala luna asomando”. Al otro lado del mundo nadie le hizo caso y la canción pasó de bailarse en las rockerías a las tribunas de fútbol hasta que ralentizada apareció en el Mundial 2014 de Brasil. No fue magia, claro. La música de Creedence hundió sus raíces en la Argentina como si fuéramos nosotros también una extensión del País Bayou aquel. Piel del pueblo.

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