Coronavirus: El Rey Lear del Cervantes deberá esperar



Es la primera vez, en este siglo cargado de inquietudes y desafíos, que no hay espectáculos en vivo en casi ningún lugar del planeta. Incluso, no se recuerda algo similar en la historia del hombre moderno. La pandemia conocida como coronavirus se expande sin respetar fronteras, razas, idiomas ni estratos sociales. Los que gozan de una posición económica holgada son tan vulnerables ante el virus como los que nada tienen.

La cartelera teatral de Buenos Aires, como en toda metrópolis cosmopolita, también cerró los telones de sus salas para sumarse a esta campaña que busca no solo salvar vidas, sino también poner un freno a cualquier posible colapso sanitario.

El Teatro Cervantes, único Nacional de la Argentina, hoy es un gigante dormido, que espera despertar de esta pesadilla de ciencia ficción que ni el mismísimo Ray Bradbury, aquel escritor norteamericano especialista en literatura de anticipación, pudo imaginar. Si la ansiedad, el nerviosismo y la preocupación ante la incertidumbre de lo desconocido, tuvieran un perfume, las calles estarían impregnadas de él.

El pasado jueves 12 de marzo, previo a las medidas dispuestas por el poder ejecutivo, al ingresar al hall del noble edificio, declarado Monumento Histórico Nacional en 1995, el encargado de prensa pregunta: “Te enteraste? Hoy es el último ensayo general abierto porque se detiene toda la actividad”. Se refería a la apertura de un compás de espera en el estreno de La gesta heroica, el nuevo espectáculo de Ricardo Bartis, cabal hombre de teatro y todo un referente de la actividad.

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Inspirado en el clásico Rey Lear de William Shakespeare, se sitúa en nuestro país y cuenta la historia de Horacio Cerutti y sus tres hijos: Lorenzo, Elena y Enrique. El añoso propietario del parque de diversiones denominado “La gesta heroica”, está muy enfermo y decide legar los terrenos abandonados al vástago que le demuestre mayor afecto. Allí, en algún paraje perdido de la ciudad de Santa Teresita, en la costa bonaerense, donde el oleaje embravecido del mar devuelve cadáveres maniatados, de víctimas de la entonces feroz dictadura militar que nos asoló durante los “años de plomo”, se desarrolla la trama de esta singular y fascinante radiografía de vida familiar.

En el hall imponente del Cervantes se instaló lo que Bartis define como “precario museíto familiar”. Y se explaya al respecto: “esos restos, retazos de la familia Cerruti, funcionan como “trampa” teatral. ¿En qué tiempo estamos? En el “pasado”, del que nos hablan los juguetes infantiles y pedazos de juegos; esos diarios de 1979, donde se informa la aparición de cadáveres, devueltos por el mar, atados de pies y manos; las fotos familiares con la ausencia notoria de la madre; esas otras de la inauguración en los años ‘80 del parque de diversiones; aquellos antiguos periódicos zonales donde hablan de una muerte familiar y el arma incautada. ¿O en el presente en que transcurre la obra? Es Shakespeare el que nos dice que “el Tiempo (la época, el Mundo) está fuera de quicio”, afirma el director.

Machín, como un padre autoritario, en “La gesta heroica”, próximo estreno del Teatro Cervantes.

Algunos pocos privilegiados, sentados sobre el escenario de la Sala Mayor, llamada María Guerrero, semejamos a los náufragos que la gigante ballena blanca Moby Dick engulló en la novela de Herman Melville; tal es la magnitud del espacio. Todos expectantes, como ante cada nueva propuesta de “Bartolo”, como se lo conoce en el ambiente local. El misterio es total y subyugante. ¿Qué veremos? ¿Algo que existió o no?

El siempre notable actor Luis Machin encarna a la controvertida figura paterna y, entre las bambalinas de una escenografía minimalista, firmada por Paola Delgado, e iluminada por Jorge Pastorino, que reproduce casi a la perfección el espacio de la sala Sportivo Teatral de la calle Thames, perteneciente a Bartis; repite en tono apenas audible, cual letanía, el texto que en minutos representará.

Una imagen de “La gesta heroica”, la obra de Ricardo Bartís con la que piensa reabrir el Teatro Cervantes.

Más tarde, una vez concluida la pasada, Machín contará: “Lo (a Bartis) considero una figura relevante y necesaria en el campo del compromiso profundo que hace con sus alumnos y los actores con que trabaja. Su estilo, su forma de concreción están ligados al conocimiento cabal de las personas con las que emprende un proceso de ensayos y es por lo que logra sacar de cada uno su campo expresivo más poético. Su exigencia en los procesos tiene la intensidad de la altura de lo que propone. Lo asociativo que despliegan sus actores está contenido por una mirada minuciosa pero no esquemática, lo que hace que haya enorme libertad para crear, pero también límites que hacen posible el desarrollo de un lenguaje propio y muy singular”.

En la historia que vemos, la figura retórica afectiva del protagonista quiere forzar la elección de los hijos; como si se tratara de la última venganza paterna ante el crecimiento de la descendencia. “Siempre pensé que Lear hablaba de un poder, el patriarcal, autoritario y despótico, que se enuncia amoroso, pero destruye, produciendo desolación y muerte. No son conflictos psicológicos los que desmoronan el mundo de los Cerruti, lo trágico es la aparición de fuerzas creadas por los hombres, pero estos no pueden entender, ni combatir”, sostiene de manera casi enigmática Bartis.

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Las habitaciones de la casa en que transcurre la historia son fiel reflejo de lo que atraviesan los personajes. Paredes descascaradas, cubiertas con los jirones de un papel tapiz que conoció mejores épocas. Manchas de humedad, olor a encierro. Un televisor pequeño, en el que la figura señera del hogar pasa las horas viendo, quizás en blanco y negro, una película en la que se adivina la voz del icónico actor británico Laurence Olivier; auténtica leyenda del cine y los escenarios.

Ricardo Bartís está a cargo de la relectura de “Rey Lear”, la obra de Shakespeare. Ahora la historia transcurre en la Argentina.

Los tres jóvenes actores que representan la prole y acompañan el derrotero del achacoso hombre, se ven tensos ante la incertidumbre que siempre genera el aplauso final, aunque velozmente se relajan cuando la sonora aprobación resulta unánime. Ellos son encarnados por Martín Mir, como el mayor, que viene de la gran ciudad ante la convocatoria familiar; Facundo Cardosi interpreta al muchacho con problemas de adicción, quien exclama eufórico, mientras consume sustancias: “Esto es como la religión; te da chances”; finalmente Clara Seckel, en la piel de una sufrida mujer cuyo cuerpo es invadido por la llama del deseo y la violencia física y verbal.

¿Tendrá Machin algo para decirle a otros futuros intérpretes que ansían actuar? Le consultamos: “Si de algo pudiera servirle a la gente joven mi experiencia, les diría que nunca se queden sin intentar cumplir con lo que sienten. Que no importa la idea de éxito que se vende envasada. El deseo es tan íntimo y personal que no tiene paralelos con los de ninguna otra persona. Las experiencias personales son únicas. Hay que ser fieles al deseo. Eso”, concluye.

Mientras se espera sortear el flagelo que paraliza al mundo entero, como no lo hizo ninguna otra guerra, y salimos del bellísimo ámbito del Cervantes, ahora liderado por Rubén D’Audia, como director general; y el empresario Sebastián Blutrach, en tanto responsable de la programación artística; ambos en reemplazo de los cargos que unificó Alejandro Tantanian durante la anterior gestión, el regreso al hogar se tiñe de dudas.

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Días después, Bartis responde un mail al cronista que comienza así: “Te escribo en medio de esta Tragedia que es la pandemia generalizada del coronavirus, que ha caído sobre la Humanidad, como “una gélida noche que a todos nos ha de volver locos y nos trastornará”, Rey Lear, Acto lll, Escena lV”. Imposible sumar más palabras ante la abrumadora situación que vivimos.

WD

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