Cómo es Post mortem, la nueva serie de Nacho Viale, con algunos clichés policiales



Post mortem sigue los lineamientos básicos del policial negro escandinavo que, a partir de las novelas de Henning Mankell y Stieg Larsson, tanto viene influyendo en series y películas en los últimos años. Es decir: una investigación que aborda crímenes truculentos sin ahorrar ningún detalle escabroso, a la vez que desnuda las falencias psicológicas de los propios investigadores.

Dos pilares sostienen el intento de darle cierta originalidad a esta ficción realizada por la productora StoryLab, de Nacho Viale, en coproducción con TECtv (el canal del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación). Uno es la profesión de la pareja de pesquisas, que no son policías, sino periodistas.

La serie estará disponible por Flow a partir del jueves 8 de octubre.

A Florencia Rodra (Julieta Zylberberg) y Guillermo O’Reilly (Esteban Pérez), el director y/o dueño del diario en el que trabajan (David Castro, interpretado por Alejandro Awada) los saca de las secciones en las que se desempeñan (Tecnología y Espectáculos, respectivamente) para asignarles una nueva tarea: ser la dupla que sostenga una nueva columna de policiales. En tiempos de crisis, ellos son la gran esperanza de captar o retener lectores.

Julieta Zylberberg y Esteban Pérez, protagonistas de “Post mortem”.

El otro toque novedoso es la aparición, en cada uno de los capítulos, de un verdadero especialista en criminología. Así, en el primer capítulo -el único que se mostró a la prensa- aparece Ricardo Torres Medrano, un licenciado en Filosofía y Sociología, que, entrevistado por los protagonistas, les explica cómo se define un crimen, si existe el crimen perfecto y en qué consiste la metodología de una investigación criminal.

Más allá de la idoneidad del entrevistado, su aparición estuvo desaprovechada: su breve testimonio dejó conceptos que cualquier lector o espectador frecuente de policiales conoce de memoria. Y de los que también deberían estar al tanto Rodra y O’Reilly, por más que sean sapos de otro pozo periodístico.

De todos modos, la mala sensación que deja el primer episodio no tiene su raíz ahí, sino en una narración apurada, plagada de lugares comunes y superficial a la hora de presentar a sus criaturas. Tal vez por tratarse de sólo ocho capítulos de media hora, la introducción parece resuelta a las corridas, como tratando de sacarse de encima el trámite de las presentaciones. En pos de la dinámica se sacrifica profundidad.

Afiche de “Post mortem”.

Todo está contado en flashbacks a través del testimonio que dan los protagonistas a un fiscal (Rafael Spregelburd) que investiga un crimen que aún desconocemos. Lo concreto es que, en el presente de la ficción, tanto Rodra como O’Reilly están tras las rejas: no sabemos qué hicieron para terminar ahí, pero ahora los sospechosos de asesinato son ellos.

A partir de las declaraciones, viajamos al pasado y vemos cómo estos dos periodistas fueron de un momento a otro sacados de sus zonas de confort para sumergirse en las oscuras aguas de los policiales.

El jefe los llama a su despacho, los alecciona con un cliché periodístico (“No dejen que la verdad les arruine una buena historia”) y un rato después ellos están yendo rumbo a su primera misión.

En un galpón alejado se encuentran con un forense, Gregorio Trieste (Diego Velázquez), que los saluda con un teatral “bienvenidos al horror” y les muestra un cadáver que apareció en ese lugar, dentro de una bolsa (de ahí el título de este misterio: “¿Quién mató al hombre de la bolsa?”).

Esteban Pérez, Julieta Zylberberg y Diego Velázquez en “Post mortem”.

Rodra manda otro cliché (“el cuerpo habla”) y rápidamente monta la remanida oficina de los policiales yanquis, con esos pizarrones en las que los obsesivos investigadores pinchan todas sus pistas. A continuación explica sus primeras conclusiones, confusas por más que sean ilustradas con animaciones.

Todo es artificial, poco creíble, frío. También, aséptico e impersonal: ésta es una de esas ficciones globalizadas que, como las publicidades, están hechas para funcionar en cualquier lugar del mundo, desdibujando cualquier referencia local (más allá de alguna toma aérea de Buenos Aires). Así, vemos una redacción impoluta y periodistas gráficos que viven en lujosos departamentos.

Habrá que ver si en los siguientes capítulos, Post mortem consigue ahondar en los conflictos de sus personajes y generar el magnetismo que no tiene su primera entrega.

Esteban Pérez, Julieta Zylberberg y Diego Velázquez en “Post mortem”.

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