Cómo es el nuevo disco de Foo Fighters, Medicine at Midnight


En sintonía con la época que vivimos, el nuevo álbum de Foo Fighters estuvo rodeado de incertidumbres. La idea de la discográfica era lanzarlo en simultáneo con el regreso de la banda liderada por Dave Grohl a los tours internacionales, pero como el coronavirus hizo más daño que el previsto cuando recién supimos de su existencia, esa estrategia se fue diluyendo gradualmente y hubo que cambiar los planes.

Foo Fighters se acomodó entonces a la nueva lógica de la industria y lanzó tres singles de adelanto que generaron entre los seguidores de la banda más discusiones que acuerdos. Grohl aportó un poco más de ruido a esa conversación pública cuando introdujo como asunto a Let’s Dance, el disco con el que David Bowie se propuso volver a las certezas del mainstream luego de asumir una cantidad considerable de riesgos con la trilogía berlinesa que pergeñó con Brian Eno y la inspirada relectura del glam en clave postpunk de Scary Monsters (1980). “Quisimos hacer un disco muy divertido”, aseguró el exbaterista de Nirvana para curarse en salud antes de la andanada de interrogantes que despertó “Shame Shame” con sus loops de batería, sus pizzicatos y la huella de Bowie bastante más borroneada que en otras canciones del disco como “Medicine at Midnight” y “Chasing Birds”, donde las voces definitivamente remiten al gran músico británico muerto en enero de 2016.

Lo cierto es que, polémicas de foristas al margen, no hay demasiadas sorpresas en el décimo disco de estudio de Foo Fighters. Más allá de agregarle al menú habitual del grupo algunos ritmos sincopados, la receta suena familiar, sobre todo en casos como “No Son of Mine”, homenaje explícito a Motörhead y prueba cabal de algo que ya sabíamos: la misma banda que ahí nos muestra los dientes puede sonar más amable y con el toque de épica prefabricada necesario para manejar el clima a voluntad en el ambiente donde suele sentirse más cómoda, los grandes estadios (“Waiting on a War” es una sumatoria acabada de todos los clichés que terminaron creando un público más inclinado a la repetición de fórmulas que a algún tipo de experimentación, por mínimo que sea).

El esfuerzo -más discursivo que concreto- de Grohl por mostrar una faceta distinta de un proyecto que ya triplica en años de supervivencia al que inicialmente lo hizo famoso en todo el mundo (Nirvana) tiene razones pertinentes: los discos que editó Foo Fighters en los últimos diez años parecen más impulsados por la inercia propia del negocio de la música que por las motivaciones creativas. Es probable -y también difícil de demostrar fehacientemente, claro- que Grohl sea consciente de eso. La cancelación del lanzamiento de Medicine at Midnight, relacionada con la imposibilidad de poner en marcha el vital andamiaje de las giras, reforzó esa especulación. Ahora, con la perspectiva de un regreso al vivo en el próximo verano del Hemisferio Norte, la incógnita quedó develada: no hay demasiadas excusas para inquietar a los fans que valoran a la banda más por la consolidación de su status de producto de consumo masivo que por sus exploraciones estéticas.

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