Clases para aprender a hablar con un peluquero



Un amigo peluquero cuenta que en sus mejores años, Rubén Orlando era capaz de hablar, y con propiedad, de temas tan disímiles como nutricionismo, agujero de ozono o entrenamiento de mascotas. “Por eso, no entrevisten a cualquiera, entrevisten al que sean capaces de conversar”, interviene Hugo del Casale, el Tano a secas, peluquero de Lionel Messi y tantos otros futbolistas. “Yo no paro de hablar nunca, los vuelvo locos a todos”, dice, desde su trono de la peluquería Il Figaro, este hombre que podría vivir sólo del ambiente pelotístico: “Los jugadores se cortan el pelo una vez por semana”.

Nadie ha encontrado un peluquero que no hable. Y cuidado: hablan por detrás. Y hablan mucho más desde que abrieron después de meses de estar cerrados por el coronavirus. Encima hablan una especie de idioma propio (“¡Te dije sólo las puntas!”). Hablan sobre todo cuando encienden el secador. Y hablan más que los taxistas y que Nicolás Maduro.

Todavía no hay ninguna app para encontrar peluqueros silenciosos. Sería una idea millonaria. Imaginemos una peluquería de mudos. En Gales está la barbería Bauhaus –“menos es más”-, que convida la opción de “sillas silenciosas”. De esta forma, el cliente se asegura que el peluquero mantenga la boca cerrada, como si el local estuviera lleno de moscas.

“A veces trato, pero no puedo parar de hablar…”, sigue El Tano. “No sé qué me pasa, no puedo…”

-¿Vos le cortaste el pelo a Messi?

-Sí.

-Pero Messi no habla. ¿Cómo hacías?

-Bueno, tratándose de pelo, la figura soy yo.

-¿Fue a tu local?

-Ná… fui yo a un domicilio en Puerto Madero y le cambié el corte para siempre. Antes él usaba flequillito y yo se lo paré un poco. A partir de ahí se le animó a su imagen y hasta se dejó la barba.

-¿Te dio propina?

-Ni le cobré. Me tenía preparado un sobre que debía contener dólares o euros, pero no quise. Me daba vergüenza decirle son 600 pesos.

La fobia a los peluqueros es un rasgo incomprensible, pero que existe, existe. El eminente Luis Chitarroni (escritor, editor, crítico literario) realizó un inventario de cosas que, habiendo nacido en 1958, nunca asimiló. En su libro La noche Politeísta se quita la máscara: “Cosas que nunca aprendí: ponerme gotas en los ojos, santiguarme de la manera compleja, cebar mate, expulsar un proyectil de una cerbatana, hablar con el peluquero”.

El escritor Luis Chitarroni reconoce que no sabe cómo encarar un corte y asume la fobia: “Carezco de espontaneidad para hablar con un peluquero”.

-Amplianos, Luis…

-Me parece que hay que tener una espontaneidad de la que carezco para iniciar una conversación así. Cuando vi Grand Torino, el filme de Clint Eastwood, una de las primeras cosas que Clint enseña al coreano es a bromear con el peluquero de manera chabacana. Y en The Man Who Wasn’t There, de los hermanos Coen, el tema del peluquero es central. Un peluquero introspectivo, que no cambia palabra con los clientes. Como verás, es un asunto que me ocupa y sobre el que pensé más de una vez.

En la película que menciona Chitarroni, Ed Crane (Billy Bob Thornton) es un barbero de carácter melancólico, reservado, inexpresivo. Jamás sonríe. “Un peluquero florero”. Rara avis. Hablando de cine, en Balcarce, provincia de Buenos Aires, hay una peluquería llamada El joven manos de tijeras.

El salón de Gales que propone el servicio silencioso también tiene un staff paralelo de “excelentes conversadores”. Scott Miller es su dueño: “Una parte importante de ser estilista es saber hablar. Si bien muchos de nuestros clientes disfrutan una buena conversación, entendemos que hay personas que tienen vidas ocupadas y quieren algo de alivio”.

¿Cuáles son los temas preferidos de los peluqueros? ¿De qué no se animan a hablar? ¿Qué los habilita a tener que dirigirnos la palabra sin pausa? ¿Buscarán de verdad manipularnos?

En el diccionario de Drogas simples, de 1698, el cabello se define de la siguiente manera: “Especie de planta que crece sobre la cabeza del hombre y también en otros sitios”. A contrapelo, en 2006, la peluca principal de Andy Warhol se subastó por 11.800 dólares. Un dato forense al paso: junto a los huesos, los dientes y las uñas, el pelo nos sobrevive. En el Arte de peinarse las señoras a sí mismas, obra traducida al español en 1832, M. Villaret escribe: “La peluca no solo contribuye al adorno de la cabeza, sino que preserva males de oídos”.

“¡Es hora de hablar!” –se reía un peluquero famoso caído en desgracia, haciendo festivo honor a la campanilla de su garganta.

Nati tiene 20 años cortando en Bucles, corazón de Palermo Soho. Natalia Vidal Alcaráz. Ella cuenta que saca temas de conversación insustanciales: familia, vínculos, meteorología. “De política no hablo nunca”.

-¿Por?

-Como están las cosas, se pueden perder clientes de un día para otro.

-¿La gente va deprimida a cortarse el pelo?

-Acá vienen bastantes deprimidos. Yo soy una peluquera que escucha.

-¿Soportás el silencio de un cliente?

-No me pongo nerviosa. Soportar el silencio es parte de mi trabajo

-¿Diferencias de género a la hora de un corte?

-El hombre se abre más. Yo sé hablar de fútbol si es necesario.

Billy Bob Thorton protagoniza, en “El hombre que nunca estuvo”, a un peluquero ensimismado y melancólico que no emitía palabra.

-¿Conversar hace al clientelismo?

-No, pero el peluquero sólo es mudo cuando el cliente tiene mala onda. A mí me gusta agradar.

Daniel se llama. Es quien habría inspirado a los hermanos Coen para el filme que aquí se conoció como El hombre que nunca estuvo (el que refiere Chitarroni más arriba). Joel y el otro viajaron para tratar de conocerlo, pero Daniel… Ah, no, no, parece que en realidad no viajaron, sino que Joel –o el otro- escucharon la historia de boca de un colaborador de ellos, latino él, argentino para más datos. 

Lo cierto es que Daniel -como corresponde a su austeridad tiene una peluquería llamada “Daniel”- debe ser el único que, pudiendo hacerlo, no habla. Y en pandemia más ostrácico se ha vuelto. Un cliente lo quiso ubicar para ver como andaba, pero Daniel no tiene teléfono. “Ni fijo ni celular”, dice el asiduo Fabio Dana, agente inmobiliario. “Vive en su mundo. Cree que wifi es el nombre de una gaseosa”.

Daniel guarda silencio, porque cree que cortarse el pelo nada tiene que ver con el tiempo muerto. “Dice que meterse en la cabeza de la gente es cosa seria. Como si un corte valiera más que mil palabras”. Su horario de atención es tan incierto que nunca lo encontraremos. Y los vecinos, seguramente implicados en este laissez faire, saben responder una sola cosa: “Ya viene”.

En Belgrano, el peluquero llamado Vidal no es mudo, pero tiene un solo ojo como el dios Odín. No se lo tapa. No lo disimula. Vidal, por el apellido. “Adorable”, opinan. Cuentan que, en su caso, no habla mucho porque su por el problema de su ojo hace que tenga que fijar más la atención. Julio Martínez, estilista del salón de belleza Fernando Lema, es pelado.

-¿La calvicie afecta la seriedad de su praxis?

-Para nada. Hay un montón de peluqueros que no tiene pelos. La capacidad no tiene estética.

Reaparece el Tano. “Dejame decirte algo importante. Los tacheros no sé, pero nosotros somos psicólogos. Yo llevo 35 años cortando pelos”. ¿Tema de conversación preferido? “Fútbol, fútbol, fútbol”.

El Muñeco Gallardo es cliente suyo.

-¿Qué pasa con el jopo del DT?

-A él no le gusta mucho que se lo toquen…

-¿Jugadores más charlatanes?

-Con el Pity Martínez el corte puede durar hasta dos horas.

WD

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