Ciudanza, el festival que hace bailar y jugar a la ciudad



El domingo a la noche culminó la edición número 11 de Ciudanza, el ya tradicional festival en espacios urbanos, dirigido por Brenda Angiel, que desde 2019 perdió su condición autónoma y sus fechas habituales en el mes de marzo, para integrarse a la programación del FIBA.

También su duración es más breve -un fin de semana, de viernes a domingo-, pero no por eso menos intensa.

Las locaciones fueron tres: el Parque de la Estación en el barrio de Abasto, un tramo de Diagonal Norte entre Plaza Lavalle y el Obelisco, y la explanada y la gran escalinata sobre el Paseo del Bajo.

Este año hubo espectáculos para toda la familia, con juegos participativos.

En sólo tres días se concentraron quince obras breves de los más diversos formatos y lenguajes, ofrecidos a un público ya habitual de Ciudanza, así como también a muchos espectadores circunstanciales. Este rasgo, el público ocasional, que es esencial en cualquier festival de danza en espacios abiertos, vuelve necesario cada vez pensar qué se muestra, cómo y cuánto.

Es imposible, en un texto inevitablemente acotado, detenerse en cada obra, pero sí exponer una apreciación general y enfocar algunas piezas particularmente interesantes. En primer lugar, algo muy presente en buena parte de las obras fue la idea del juego: lo estuvo en Anticuerpos, de Adriana Barenstein, en la que los bailarines se desplazaron por la gran escalinata, relacionándose entre sí con reglas sólo conocidas por ellos.

“Ciudanza”, el festival que sacude anualmente a la ciudad de Buenos Aires.

Pero que le dieron a la pieza un carácter fresco, atractivo y muy bien pensado para ese espacio.También en 50, de Gabriela Prado y Jorge Martínez, que reunieron con cierta coincidencia cronológica secuencias siempre bellas de la técnica de Martha Graham, un pasaje del solo mítico La bruja, de la coreógrafa alemana Mary Wigman y varias parejas bailando swing. En todo caso, un momento de celebración de la danza, siempre bienvenido.

El Centro, el Abasto y el Paseo del Bajo fueron los puntos convocantes de esta 11a edición.

Inés Armas montó para la Compañía de la UNA, que dirige Roxana Grinstein, una coreografía muy interesante, muy sólida y a la vez atravesada por quiebres inesperados, inspirada en parte en una estética de video-juegos.

Para iluminar hay que arder, de Noelia Meilerman y Juan Giménez Farlan, que empezó muy sugestivamente como una “lucha entre ciervos” en el anochecer del viernes y en el marco de Plaza Lavalle, se concentró luego en textos dichos por los tres bailarines y en juegos con las palabras de estos textos.    

La coreógrafa Brenda Angiel es la responsable de la puesta de “Ciudanza”. Foto Guillermo Rodriguez Adami

En el habitual taller coreográfico de todos los años, esta vez encargado a Agustina Sario y qué ocurrió sobre Diagonal Norte, un numeroso grupo de bailarinas se reunieron para una suerte de ritual, incluida una ceremonia de mujer-árbol que cantó un hermoso tema en portugués. Y luego se hizo jugar al público, que respondió de buen grado a indicaciones tales como “los que tienen un trabajo colóquense de este lado”, “los que tienen más de uno, de este otro lado”; “los que recibieron alguna herencia, de este lado; los que no, de este otro”; “los que otorgaron favores sexuales para obtener un trabajo, de este lado…”, y así sucesivamente.

Hubo también un grupo de cumbia con el espectáculo Cumbia de cámara, de Julia Gómez, sobre el césped de Plaza Lavalle, muy sencillo en su concepción y que también incluyó al público; otro grupo que integró personas con discapacidad motora con otras que no, de Mariana Chilutti; una creación de Liliana Tasso basada en el cuento de Julio Cortázar “Instrucciones para subir una escalera” y mucho más.

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