Cinco años sin Anita Ekberg: la diosa de la fuente que murió en soledad



Hubo un minuto en el que hubiera querido quedarse a vivir para siempre. Y lo hizo. Un minuto en el que fue irrompible. Después, la romperían los años, la soledad, la tristeza. Pero ese minuto bendito, filmado, archivado, magnificado por el tiempo, la haría volver así cada vez, congelada eternamente dentro esa belleza nórdica y de esa escena fellinesca.

Nunca fue la misma después de cruzada la frontera. Fuente adentro cruzó el límite de mortal a mito. Apenas tenía que cerrar los ojos y mostrarle a la cámara cómo se sentía el agua helada en un cuerpo ardiente. Ese instante glorioso del cine italiano junto a Marcelo Mastroianni fue su bendición y su estigma. Creímos que siempre sería hermosa, rica, inalterable. Faltaban cuatro décadas para que sintiera la pobreza y la piel arrugada y para que -“hecha pedazos”- decidiera recluirse.

Un gato blanco, un vestido negro, una cabellera dorada y la piel, traslúcida. Aunque la escena de La Dolce vita no tiene color, los cuatro tonos se diferencian. Una escultural sueca infringe la norma romana, se baña en la Fontana de Trevi, y pasa a categoría de leyenda. Una oda al erotismo más elegante. Lo que decenas de curas italianos consideraban “una aberración” que exaltaba los instintos humanos más primitivos y animales. Mientras perforaba mandatos, Anita Ekberg se reía.

Murió en enero de 2015, cuando ya tenía 83 años, más de 40 rodajes atravesados, pocos amigos vivos y demasiado cansancio. La decretaron indigente. Una fractura de cadera la había mantenido internada lejos de su casa, en un hospital de Rimini, y un grupo de ladrones se llevó hasta los muebles de la casa. 

Nadie podía creer semejante final para esa deidad pálida, ni mucho menos el pedido de auxilio que había lanzado a la Fundación Fellini. Los herederos del director la ayudaron llevándola a una residencia para ancianos. Ekberg ocupaba las primeras planas por ser como cualquiera de nosotros: vulnerable, humana, frágil. 

“Me siento un poco sola”, apuñalaba en 2011 con un título que atravesaba como una lanza a los italianos. “En soledad, sí, pero sin arrepentirme de nada. Amé, lloré, gané y perdí. Y hasta llegué a enloquecer de felicidad”.

Anita Ekberg, La dolce vita

Miss Suecia tenía tres nombres, Kerstin Anita Marianne Ekberg, pero el mundo la conocería por el segundo. Nació el 29 de septiembre de 1931 en Malmö, al sureste de Suecia, en la provincia de Escania. Sexta de ocho hijos, probó suerte en los Estados Unidos sin hablar inglés. Compitió por el título de Miss Universo 1951, no ganó, aunque en cierta forma sí: como finalista obtuvo un contrato con Universal Studios.

En Universal le enseñaron arte dramático, dicción, modales, baile y hasta esgrima. Así, logró un papel mínimo en filmes de Universal como Abbott and Costello Go to Mars y The Golden Blade. Cuando pasó a Paramount Pictures, intentaron promoverla como “la Marilyn Monroe de Paramount”.

Anita en 2010 (Reuters).

Una frase de Fellini se repite y se replica hasta hoy. “El problema de Anita es que cree que todos los hombres quieren dormir con ella. Lo peor de todo: es cierto. Anita disfrutaba de su libertad sexual en una era en la que el disfrute, el sexo y la mujer no eran buena combinación ante el ojo social y el dedo señalador. Amores fugaces, amores longevos, “Anitona”, como la llamaban cariñosamente, se casó con el actor inglés Anthony Steel y luego con el estadounidense Rik van Nutter.

Antes de su caída (la real y la simbólica) los periodistas que la redescubrían con arrugas le preguntaban hasta el hartazgo detalles del rodaje de La dolce vita (1960). “Fue una noche entera de filmación en la fuente. Yo no sentía frío no molestias, pero Marcello temblaba y apelaba al whisky y al vodka. Tres veces cayó al agua y tres veces hubo que auxiliarlo”, se reía.

Apoyada en un bastón en la alfombra roja del Festival de Roma. (EFE).

Poco le gustaba que le recordaran tantas veces un reino perdido. Pero era inevitable que décadas después los curiosos le exigieran datos y secretos de la trastienda de La dolce vita, a la que filmó con 28 años. Por eso tenía que resignarse y repetir una y otra vez anécdotas como que el director, indignado por la suciedad del agua de la fuente, aceptó el truco de un colorante verde para “limpiar” y disimular la turbulencia.   

Cuando Fellini murió (1993) trascendió una anécdota: Anita era la única que se preocupaba a toda hora por Giulietta Masina, la esposa del director. Giulietta pedía perdón: “Anita, siempre pensé mal de vos, creí que estabas teniendo una aventura con mi esposo. Fuiste la única que me acompañó en el peor momento suyo, cuando todos se borraron. Me disculpo por haber desconfiado”.

Cuántos turistas le deberá la Fontana Di Trevi a ella, cuántos millones lanzados en monedas, cuántas parejas concretadas a costa de esa película que tal vez más tarde fue su estigma. Hasta nuestra China Zorrilla intentó emularla y la homenajeó en Elsa & Fred, de Marcos Carnevale. Con reuma, más de 80 años y una ternura extrema, China le endulza el oído a su galán, el Mastroianni de las ocho décadas (Manuel Alexandre) en una escena inolvidable. Todo termina mal: un carabinero le pincha la ilusión y los obliga a salir del agua.

(Foto: Pierluigi).

Películas “clase B”, alguna pelea con Gina Lollobrigida, dos visitas a la Argentina, una tapa de Playboy, algún romance con Frank Sinatra o con el magnate de Fiat, Agnelli. En 1968 fue invitada por Pipo Mancera, para Sábados circulares. Y en 1994 la entrevistó en su living Susana Giménez (Hola Susana). Después, se encargó de ir aminorando su rastro público. Se la vio por última vez en pantalla en una serie, Il bello delle donne.

La periodista italiana Cristiana Zanetto cumplió el sueño de muchos periodistas hace más de una década: perseguirla, rogarle, convencerla y charlar con el mito “derrumbado” en un geriátrico. Miss Swede era, según su pluma, el símbolo de “una Italia donde todavía era posible soñar y esperar tenía un sentido”. Anita tenía los ojos tristes: “Miro el reloj mucho porque aquí adentro el tiempo no pasa. Los días son infinitos”.

De ese artículo que publicó La Gazzetta, hay un final precioso. La diosa rubia en silla de ruedas le pide a la periodista que le busque un cappuccino. La periodista concede el deseo y, cuando regresa, entre olor a desinfectante de la residencia geriátrica y atmósfera de hospital, descubre que “la Ekberg” había desaparecido. “La señora siempre hace eso”, explica una enfermera. “Pide un cappuccino y se esfuma. Ella nos dice que lo hace porque prefiere que todos se queden deseándola”.

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