Churchill y el hombre invisible

Creo que sólo dos veces visité Inglaterra: Londres, en 2010, con motivo de mi viaje a Alemania, para la Feria del Libro de Frankfurt; y Brighton, en 2018, con motivo de mi viaje a Estonia, por la publicación de mi libro El club de las necrológicas en ese idioma. En ambos casos aproveché las invitaciones para esos traslados relámpago.

En Brighton compré un sándwich de cangrejo- el crustáceo real, no kani kama- en un carrito de la playa, y me disponía a saborearlo frente a un mar sin olas, cuando el mismo dueño del food truck, un anciano octogenario, como si conociera mi pasión por la historia de la Segunda Guerra Mundial, me informó en un inglés impecable pero farfullado por obra de la edad, que desde esas mismas playas habían partido las naves tripuladas por los jóvenes americanos que protagonizaron el día D, para liberar Europa.

Sin solución de continuidad me narró la historia que sigue, de cuya comprensión aún dudo, puesto que yo no hablo el inglés precisamente con la displicencia que podría hacerlo una canciller de la nación.

Recién ahora me atrevo a compartirla, con el permiso irracional que me doy por haber concluido recientemente la lectura de La Segunda Guerra Mundial, las memorias de Winston Churchill de cómo salvó al mundo de la amenaza nazi.

Nada en esas páginas amerita certificar el episodio que me narró el vendedor de cangrejo, pero yo lo consideré mi graduación en una materia ignota, solo hábil para quienes quieran leer esta viñeta.

En algún momento de la primera década del 1900, después de que Churchill hubiera atravesado como soldado la guerra de los Boers y antes de que H.G. Wells publicara El hombre invisible, ocurrió un encuentro clandestino y trascendental entre el que sería el Primer Ministro, y el extraordinario autor de La máquina del tiempo.

Churchill había leído profusamente a Wells en alguna de sus varias temporadas en el frente bélico, y Wells por supuesto conocía la trayectoria política de Winston, quien para el momento de este encuentro en particular ya había ocupado varios cargos destacados como parlamentario o funcionario gubernamental.

Inicialmente Churchill le escribió a Wells, para manifestarle su admiración y comentarle tal o cual aspecto de su obra. Pero el encuentro de marras lo propuso y propició Wells, varios años después de aquella primera carta y de un fluido intercambio epistolar.

Se habían destacado desde muy jóvenes y ganado un lugar en las simpatías del público británico, no exento de críticas y acrimonias. Probablemente hayan existido, antes y después, reuniones entre Churchill y Wells -hoy las llamaríamos presenciales-, pero ninguna como la que evocaba el vendedor de cangrejo en la playa (no casualmente cangrejo: ese animal enigmático que parece deslizarse en busca del pasado).

De lo que pude deducir, sucedió en un sótano, en Londres, entre Whitehall y el parque de St James, cercano a la residencia del Primer Ministro en Downing Street 10.

Allí Wells le reveló a Churchill que la máquina del tiempo no era una ficción. Efectivamente Wells la había fabricado y viajado al futuro. En 1933, una criatura demoníaca apellidada Hitler, a quien nadie vería venir, ascendería a la cancillería del Reich en Alemania. En 1938, avanzaría indetenible sobre Europa. Chamberlain, por entonces Primer Ministro, se lo permitiría.

Churchill era el único capacitado para enfrentarlo, explicaba Wells: eso no lo importaba del futuro, que era más negro de lo que pudiera imaginarse, sino de sus propias deducciones como pensador, en el presente.

Pero había algo más, agregaba Wells: un arma secreta. Gracias a su viaje al futuro, Wells había descubierto el secreto de la invisibilidad. Con los recursos adecuados, podía garantizar un soldado invisible, el espía perfecto, que llegado el momento derrumbara irreversiblemente la maquinaria de guerra enemiga. Pero…

– ¿Pero qué? -preguntaba Churchill, con gracia.

– Igual que La máquina del tiempo, pretendo que El hombre invisible sea una novela perdurable. La máquina del tiempo sólo la he utilizado yo, y se la acabo de revelar. Pero si disponemos de un hombre invisible para la guerra, el secreto se extinguirá. Entre cientos de millones de implicados y decenas de millones de muertos, el hombre invisible ineludiblemente pasará a formar parte de la Historia. La novela perderá el encanto de lo imposible. Ni siquiera la leerán como divertimento.

El diálogo fue mucho más intenso y fatídico de lo que fui capaz de entender. Cuando caía el sol, tanto el político como el escritor sintieron la necesidad de beber, y Wells le confesó que ya había utilizado el prodigio de la invisibilidad, una sola vez, en ocasión de estar obligado a no ser percibido por cierta señorita en presencia de otra.

Churchill se interesó en el origen sentimental de aquella prueba piloto, y le pidió a Wells una semana para tomar una decisión al respecto.

Durante los siete días posteriores, Churchill fue atravesado por lo que en algún momento definiría como “perro negro”, una suerte de depresión paralizante.

Según el biógrafo Andrew Roberts, es falso que Churchill sufriera depresiones recurrentes. Pero según el testimonio del vendedor de cangrejo, el joven Winston permaneció encerrado en su casa, incluso sin salir de la cama, en aquellos días terribles, previos a darle la respuesta a Wells, y de hecho definir su propio destino.

Quizás fuera la última semana de reposo, antes de asumir montar el potro de la Historia, o como él mismo lo puso al aceptar finalmente la primera magistratura en 1939: caminando con el destino.

La respuesta del político al escritor, en aquella primera década del siglo XX, incluso antes de la Primera Guerra Mundial, sucedió por medio de una llamada telefónica.

Un mensajero le hizo saber a Churchill que Wells no podría acudir a un segundo encuentro personal: huía de un lío de polleras. Se hallaba precisamente en Brighton. Incidentalmente, mientras dirimían este asunto crepuscular, Wells perfectamente podía estar acudiendo a la invisibilidad. Nunca lo sabremos.

La voz de Churchill no sonaba bien, pero su determinación era inquebrantable. No usarían el hombre invisible de Wells para ganar la guerra de 1939.

Ese arma secreta era paradójica: si ganaban la guerra de ese modo, nada garantizaba que un nuevo tirano no volviera a alzarse con un arma aún peor un par de años después. Semejante amenaza solo podía ser conjurada por una virtud igual de invisible pero sustancial: el deseo de libertad de una ingente cantidad de seres humanos de todas partes del mundo, dispuestos a arriesgarlo todo antes que someterse a un tirano.

Esto le dijo Churchill a Wells. Esta conversación telefónica dio por saldado el tema, y Wells no pudo pronunciar siquiera una despedida, porque debió ausentarse de una perseguidora.

-Qué raro -le dije al anciano en Brighton, con mi inglés de pacotilla-. Siempre pensé que Churchill hubiera hecho cualquier cosa con tal de ganar la guerra.

– Bueno -replicó el anciano entre sus pocos dientes-. Eso fue sólo lo que le dijo a Wells. ¿Quién sabe?

Me arrasó un ramalazo de sorpresa, una ola inmensa se alzó entre la apacible marea y quise preguntarle al anciano si sabía algo más. Pero cuando volví mi vista del mar, ya no estaba. Solo quedó el carro, custodiado por un par de cangrejos en una sartén apagada, que se movían impasibles, lentamente. En Buenos Aires, dejar un carro así, solo en el medio de la playa, quizás no hubiese sido prudente.

WD

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