Centenario de Alberto Marino: secretos de uno de los mejores cantores de tango



El 26 de abril es una fecha clave en la historia del tango. Marca un doble aniversario: ese día de 1920, hace hoy (este domingo) cien años, nació uno de los mejores cantores del género, Alberto Marino. Y ese mismo día, pero de 1947, esa voz fundamental de la época de oro del tango debutaba en el Café Marzotto, uno de los templos de la avenida Corrientes.

Cuentan las crónicas de la época que ese día hacía un frío inusual. El termómetro marcaba apenas cuatro grados, pero una multitud cortaba la calle: los tranvías, taxis y autos avanzaban a paso de hombre. Entre el gentío se asomó un muchacho bajito, menudo, de rostro franco y cordial. Lo acompañaba su padrino, un sesentón de bigotes negros y acento salteño: “¿Qué pasa? ¿Vuelve a hablar Perón?”, le preguntó a uno de los curiosos. La respuesta los dejó helados: “Hoy debuta en el Marzotto el Tano Marino”.

Ni el cantor ni su padrino se esperaban semejante convocatoria. La modestia fue una de las características de la personalidad de Vicente Alberto Marinaro, nacido en Verona (Italia) y bautizado en Palermo, tierra de sus antepasados. Poco después, sus padres abandonaron esa Europa pauperizada por la Primera Guerra Mundial y se afincaron en Salta, donde pusieron una heladería.

Su hijo mostró desde pequeño un gran talento para el canto, y los Marinaro soñaban para él un futuro en la lírica. Con eso en mente lo mandaron a Buenos Aires cuando tuvo la edad, pero el joven se encontró con el fenómeno musical más original del momento: el tango. Enterró la lírica y, desde su cuarto en un conventillo de Las Cañitas, entonces una barriada proletaria, soñaba con cantar en la calle Corrientes.

Alberto Marino, la Voz de Oro del Tango, junto a Aníbal Troilo.

Debutó en 1935 en Radio Mitre y, ante público, en el Cine Palermo con el seudónimo de Alberto Demare, al que pronto cambiaría por Marino al entrar en la orquesta de Fortunato Martino. Después pasaría por las de Emilio Balcarce, Luis Moresco y Emilio Orlando: en esta última, donde compartía puesto nada menos que con Roberto Rufino, empezaría a tener hinchada propia. No faltaba mucho para que se ganara un apodo imbatible: La Voz de Oro del Tango.

Descolló de tal forma que en 1942 lo convocó Aníbal Troilo para cubrir la vacante dejada por Francisco Fiorentino. Al lado de Pichuco, haría historia. Fue una alianza forjada a punta de calidad, de gustos compartidos, de un prisma estético común. Abril, mes clave en su vida: en 1943 grabó Tango y Copas, su primer registro con Troilo. Después vendría una colección de versiones que serían insuperables.

Tres amigos, Cristal, Soledad la de Barracas, La luz de un fósforo, Rosa de tango, Siga el corso, Cuando tallan los recuerdos, Príncipe, Café de los Angelitos, Farolito de papel, Recuerdo de bohemia, Uno, María, Después: en total, grabó 52 temas con Troilo. Fueron 44 como solista, tres a dúo con Fiorentino y cinco con Floreal Ruiz.

Tal vez resulte sorprendente que la mejor época de Alberto Marino, considerado uno de los tenores por excelencia del tango, haya transcurrido en el registro central de barítono. Las diferencias con los demás cantores del momento no eran tanto de registro como de color y de fraseo.

Uno de los discos de Alberto Marino, la Voz de Oro del Tango.

“Pasaba de un potente agudo a un profundo bajo con la facilidad de los elegidos, poseía un vibrato inconfundible pero del cual no abusaba. Sus detractores, no obstante reconocer su capacidad, le enrostran que era frío y carente de media voz”, escribió el periodista Ricardo García Blaya.

En 1947 iniciaría un camino independiente de Troilo, pero lejos de perjudicarse por esa separación, acrecentó su fama. Con Balcarce consiguió otros éxitos, como Organito de la tarde, Qué habrá sido de María, Tres palabras y la noche, Desencanto o La canción más triste. También pasó por las orquestas de Enrique Alessio y Hugo Baralis, con quien grabaría el que tal vez fue su tema emblemático: Venganza, de origen brasileño pero adaptado al ritmo de tango, fue silbado por todos los trasnochadores de los años ‘40 y ‘50.

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Héctor Artola, Osvaldo Tarantino, Toto Rodríguez, Osvaldo Requena y Alberto Di Paulo son otros privilegiados que lo contaron como voz de sus orquestas. También Roberto Grela lo acompañó con sus guitarras. Su talento, sumado a un carácter afable, sereno, centrado, modesto, hacía que todos se pelearan por contar con sus servicios.

En pleno éxito, sufrió un accidente automovilístico del que sobrevivió, pero perdió a su primera esposa. Tiempo después volvió a casarse, en la catedral de Salta, en una alianza para la que pidió la bendición de la Virgen del Milagro, de la que siempre fue devoto. Ella lo acompañaría en sus giras por el mundo: Estados Unidos, Japón, Australia, numerosos países de Europa y Latinoamérica escucharon su voz de oro.

En sus últimos años compuso un tema propio, Tangos de otros tiempos. A raíz de una dolencia hepática, murió el 21 de junio de 1989 en el Hospital Italiano de Buenos Aires. Sus restos descansan en el cementerio de la Chacarita.

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