“Carroceros”, el documental que refleja el fanatismo detrás de “Esperando la Carroza”



Luis Brandoni, uno de los testimonios de “Carroceros”, recuerda sus famosas “tres empanadas”. Crédito: “Carroceros, el documental”.

Un director argentino y un dramaturgo uruguayo, junto a un grupo de figuras rioplatenses, se embarcan en la misión de llevar al cine una obra que había brillado en ambas márgenes del río. El resultado es una película ni fú ni fá en la historia del séptimo arte nacional. Sin embargo, como una mayonesa metida al horno por error, empieza a levantar temperatura. Ahora, 35 años después, los clubes de fans se multiplican, los repetidores incansables de diálogos crean infinidades de páginas de Facebook en su honor y los tours por las locaciones se repiten. Carroceros, el documental, se mete en esa tribu urbana de fanáticos de Esperando la Carroza, que mantiene viva la memoria de aquella genialidad de Alejandro Doria.

El documental, que se estrenará el 4 de febrero en Cine.Ar, nació como una idea sin forma en la mente de dos carroceros: Mariano Frigerio y Denise Ufreig, sus directores. Y por si alguien andaba distraído, “carroceros” vendría a ser el gentilicio de ese grupo tan “unique”.

Antonio Gasalla (la memorable Mamá Cora) aportó un sinfín de material de archivo para el documental.

“El proyecto empezó hace cinco años. Se pensaba alrededor de la casa donde se grabó la película, en Versalles. Queríamos hacer un corto, pero cada vez que íbamos a hacer un relevamiento salían los vecinos y nos contaban anécdotas de la película. Al final, vimos que había material para hacer un documental”, cuenta Frigerio a LA NACIÓN.

Diana Frey, productora de “Esperando la Carroza”, no oculta su asombro por el fanatismo después de 35 años.

Si de testimonios se trata están los que tienen que estar. Antonio Gasalla, Luis Brandoni, Enrique Pinti, Lidia Catalano, Mónica Villa, Betiana Blum, Andrea Tenuta y Cecilia Rosetto aportan sus recuerdos. También se suman otras voces valiosas: Diana Frey, histórica productora y alma máter de Esperando la Carroza, se sorprende ante cámara al saber que los carroceros se cuentan por miles (una página de Facebook agrupa más de 500 mil) y que aquella casa donde se filmó, en la calle Echenagucía, se convirtió en un templo. Hasta allí peregrinan los carroceros y se sacan fotos, aunque siempre vale aclarar que es una casa de familia y no se puede entrar. “No es un museo”, se repite, un poco en tono de protesta, en el documental.

Matías, carrocero de ley y uno de los organizadores de los tours por el barrio.

Pero, ¿quiénes son estos carroceros? Para conocerlos, Frigerio y Ufreig armaron un casting un sábado a la tarde en un club de Versalles. El resultado, para ponerlo en términos “carrocerísticos”, fue un desfile de “terrores barriales”, “húngaras”, “Cachos”, “matilditas” y otros tantos con “cara de mayonesa”, todos para “completar el bendito cuadro familiar”. Algunos, caracterizados; otros, con muñecos de los personajes. Nenes de diez años y señoras de sesenta. Una celebración “carrocera” para ponerle, de alguna forma, un rostro al amor la película.

“Siempre está el debate de cuál es la mejor película del cine nacional. Si es El secreto de sus ojos, Nueve Reinas o cuál. Pero Esperando la Carroza es la única donde sus fanáticos se disfrazan y se reúnen a interpretar los diálogos. Tiene algo de esa cultura que se ve, por ejemplo, alrededor de Star Wars y las convenciones de fans”, compara Frigerio. También el documental se permite una pregunta más profunda: ¿por qué la comunidad LGBTI+ tiene al film de Doria como un emblema? “El perfil del carrocero tiene algo del mundo gay. Hay algo medio de Almodóvar, de los 80, de la exageración. está representado el ícono gay en la Tía Nora, algo de ‘Monstra'”, ensaya el director.

Mónica Villa (Susana en la película) recuerda las semanas de rodaje en la casa de Versalles.

El documental también funciona como una especie de revancha, un homenaje a Doria y a “China” Zorrilla, por haber empujado una película que allá lejos, en 1985, fue destrozada por la crítica -tildada de “sobreactuada” y “gritada”- e ignorada por el público. “Lo dice Pinti y es así. Jacobo Langsner (el autor de la obra) y Doria sabían comunicarse con el público. Y al final triunfaron, porque hoy por hoy ves la película y no tienen ningún error o escena de más”, subraya Frigerio.

Hay tiempo, también, de jugar con ese deseo de que la casa esté abierta al público, de que la puerta sea giratoria. El tira y afloje con la actual dueña forma parte del documental y su resolución, al final, funciona como en el teatro: quedan ganas de saber más sobre ese santuario que fue la única locación de la película.

El resultado es un documental de fanáticos hablándole a los fanáticos, un aplauso mutuo entre seguidores que late al ritmo de aquél grotesco barrial, de aquellos que alimentaron su fanatismo entre VHS y DVDs remasterizados y que, como los hinchas de un club, se reúnen a celebrar su “misa carrocera”.

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