Carlos Guastavino: el solitario compositor argentino que fue profeta en su tierra y más allá de las fronteras también



El de Carlos Guastavino es, posiblemente, uno de los casos más atípicos en el mapa de la historia de la música argentina. Así, la música argentina a secas, sin rótulos. Porque el compositor nacido el 5 de abril de 1912 en Santa Fe, y que murió en la misma ciudad exactamente 20 años atrás, a los 88 años, transitó por diferentes universos estéticos sin hacer distinción y dejando en todos su marca.

Especialista en tender puentes entre el modernismo y la tradición o entre lo culto y lo popular, seguramente sin más estímulo que su propia libertad, Guastavino fue, al mismo tiempo que uno de los muy pocos creadores argentinos cuya obra trascendió las fronteras de nuestro país, el emblema del llamado “nacionalismo romántico argentino”, al punto de haber sido señalado como un compositores “cerrado al mundo”.

“No me gusta el dodecafonismo. Para mí la música se hace con una buena melodía bien rodeada. En el Conservatorio, los demás profesores me tildaban de antiguo. Pero mis canciones andan por el mundo, todo el mundo de la lírica oyó alguna vez hablar de Guastavino”, cuenta el saxofonista y flautista porteño Fernando Lerman que Guastavino le contó en 1990.

Carlos Guastavino impuso la austeridad y la ausencia de estridencia como su estilo de vida personal, y lo trasladó a su obra. /Foto Archivo

Y hay que admitir que el hombre pudo haber sido acusado de otras cuestiones, pero no de presuntuoso. Al fin de cuentas, del catalán Joan Manuel Serrat a la soprano rusa Anna Netrebko, de la inolvidable Mercedes Sosa a los tenores españoles Alfredo Kraus y José Carreras, y del notable guitarrista salteño Eduardo Falú al dúo formado por el guitarrista tucumano Pablo González Jazey con la cantante danesa Annelise Skovmand, y la soprano neozelandesa Kiri Te Kanawa, son innumerables los artistas que han puesto sus aptitudes al servicio de la obra del compositor.

Son más de 200 canciones para canto, acompañado por piano, las que conforman parte sustancial del corpus de su obra. Muchas de ellas en base a textos de poetas como el español Rafael Alberti -Se equivocó la paloma-, el bonaerense Hamlet Lima Quintana -Hermano- y el mercedino León Benarós, con quien compartió la autoría de las series Flores argentinas, Pájaros y Canciones escolares.

Es que, precisamente en este último punto se basa parte de la popularización de la obra de Guastavino, quien fue responsable de buena parte del repertorio que sonó en las escuelas del territorio nacional durante varias décadas, partiendo de la Canción del estudiante, que compuso en 1939 en colaboración con Ernesto Galeano para un concurso del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, pasando por Yo maestra, Está lloviendo en mi escuela y Sarmiento fundaba escuelas, entre otras piezas. 

Pero es fue apenas una parte de la vasta producción del artista, a quien todos aquellos que tuvieron la posibilidad de conocerlo personalmente coinciden en definir como un ser esencialmente austero. Aunque no habría que atribuirle a su austeridad la decisión del compositor de crear los perfumes que usaba, sino a su vocación por la Química, carrera universitaria que llegó a cursar hasta cuarto año. 

“Había allí sólo lo necesario para vivir y componer música: el piano, tres bancos sólidos de madera, una mesa cuadrada muy pequeña, estanterías con libros, frascos con elementos químicos, un metrónomo y un cómodo sillón individual”, describe el pequeño departamento de Belgrano en el que vivía el músico la musicóloga Silvina Luz Mansilla, acaso quien con mayor profundidad analizó su obra en el libro La obra musical de Carlos Guastavino – Circulación, recepción mediaciones. (Gourmet Musical 2011)

En línea con ese perfil trazado por Mansilla y reforzado por Leman, quien recuerda los frascos “color ámbar”, una publicación de varios años atrás, en este diario, apunta a sus características de “personaje extremadamente solitario y reservado, alejado de los homenajes y celebraciones y como encapsulado en un tiempo propio y sin inconvenientes en admitir su más completa falta de interés por la música de sus contemporáneos.”

Una vez más, las propias palabras de Guastavino confirman aquello que podía ser percibido a simple vista: “Siempre me han dicho que escribo en un estilo del pasado, romántico o tonal. Yo escribí y escribo la música que me gusta a mí y creo que el tiempo y la difusión que ha tenido dieron la razón a lo que estaba haciendo.”

Carlos Guastavino y Carlos Vilo, quien se encargó de difundir la música del compositor en los últimos años de su vida. /Foto Archivo

Un repaso cronológico de los años ’40, que finalizaron con un viaje al Reino Unido tras aceptar una beca del British Council, que le permitió tocar en el Wigmore Hall casi al mismo tiempo que la Orquesta de la BBC estrenaba sus Tres romances argentinos, aún cuando se había encargado de hacer público que el lenguaje orquestal no era algo que sintiera como propio, y él mismo grababa para la BBC varias obras de piano; y de los ’50, década durante la cual viajó por la Unión Soviética, Checoslovaquia y China, entre otros países, da cuenta de la razón de la que hablaba el compositor.

En tanto, los ’60 estarían marcados por la difusión de su producción en el terreno de la canción de raíz folclórica y la música coral. A propósito, resulta por demás llamativo que Guastavino haya dedicado parte de su talento a dotar de la forma musical de la fuga a una obra como el Arroz con leche, melodía que evocaba sus recuerdos de infancia, cuando la aprendió escuchándola cantar a su madre.

Paralelamente, resalta un párrafo publicado por este mismo diario años atrás en el que quedaba de manifiesto el nivel compositivo del artista, a salvo de cualquier intento de menosprecio como al que fue sometido durante el aluvión modernista de los ’50.

“Hacerle justicia a Guastavino, y en esto tampoco falla el admirable trabajo de Mansilla -publicaba Clarín-, es comprender su música por lo que ella es. Jeromita Linares, la exquisita pieza en tres partes que grabó Eduardo Falú con la Camerata Bariloche, es uno de los mejores ejemplos de una perfecta adecuación. Se ubica entre dos géneros, por su sola forma instrumental: por un lado la guitarra (la guitarra de Falú, debería agregarse) y, por el otro, el más clásico de los agrupamientos de cámara: el cuarteto de dos violines, viola y violonchelo. Pero nadie debería condenarla a un medio término por eso: es una pieza única, tanto en el sentido orquestal como idiomático. Un género original, creado del principio al fin por Guastavino, más allá de los giros folclóricos empleados. Como ‘entidad’, no hay nada que se le parezca en todo el repertorio argentino.”

En definitiva, un creador único que, ya entrado en los ’90 disfrutaba no sin asombro y con cierta gracia la dimensión que había alcanzado aquello que había compuesto a lo largo de su vida. Cuenta Mansilla en su libro, que Guastavino murió en su natal ciudad de Santa Fe el 29 de octubre de 2000, por la mañana. Y que fue inhumado en el pequeño cementerio de San José del Rincón, localidad a la que le había dedicado su composición Pueblito, mi pueblo.

Mientras tanto, su música sigue encontrando quien la explore, la retome y la reviva una y otra vez. “Me contó que le gustaba eso de hacer distintas versiones de las obras, arreglos, adaptaciones. Seguramente este proyecto tiene que ver con ese encuentro”, recuerda Lerman de sus encuentros con el músico al mismo tiempo que hace ancla en Guastavino ahora, el trabajo que publicó en abril pasado y que cuenta, además, con la participación de Laura Albarracín, Nacho Abad, Máximo Rodríguez y Tomás Babjaczuk.

En Guastavino ahora, el quinteto propone una nueva lectura de una decena de creaciones del compositor -entre ellas Yo, maestra, Canción del estudiante, La tempranera, Se equivocó la paloma y Milonga de dos hermanos-, abordadas desde una sonoridad que se expande hacia instrumentos como la batería y el bajo, cuya presencia en resulta una novedad para las piezas en las que hacen su aporte. Del mismo modo que la voz de Albarracín marca diferencia con la impronta lírica que suele prevalecer en las interpretaciones de muchas de estas canciones.

Una manera distinta de encontrarse con un material que bien vale la pena escuchar en sus diferentes versiones para descubrir o redescubrir, dos décadas después de su muerte, la vigencia de la obra de uno de los más relevantes compositores que dio la Argentina. 

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E.S.

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