Beethoven, Strauss y Wagner bañados en chocolate: un concierto para escuchar y paladear



Es sábado 7 de marzo, la luz del día se va yendo ya del todo y la escena frente a la fachada del Teatro La Baita, ahí nomás del Centro Cívico de Bariloche, es la habitual en la previa de algún espectáculo. Sin embargo, al entrar, la cosa toma otro color -o aroma-, cuando a su paso por el foyer cada espectador recibe una caja con 12 variedades de chocolate, además de una botellita de agua.

Del otro lado de las puertas de acceso a la platea, la Orquesta Filarmónica de Río Negro, que depende del Ministerio de Turismo, Cultura y deporte de la provincia, calienta motores (o instrumentos) frente a un auditorio que se irá colmando hasta llenar sus casi 600 butacas, envuelta en una atmósfera dulzona y llena de expectativa.

Son apenas unos minutos hasta que su director Martín Fraile sale a escena, patea la solemnidad al demonio y de la mano de una jugosa amalgama del pasaje inicial de la Quinta Sinfonía de Beethoven y el Mambo N°5 de Pérez Prado y varias instrucciones para poner el garguero en situación, da inicio al concierto Música, chocolate y emociones.

En el rol de maestro de ceremonia, Fraile introdujo al público -cada uno con su caja a mano- a cada obra. (Gentileza OFRN/Héctor Rodríguez Telechea)

Entre Bariloche y la música hay una relación especial. De la creación del Camping Musical, 70 años atrás, al recientemente creado FIMBA (Festival Internacional de Música de Bariloche), pasando por la creación de la Camerata Bariloche, la semana Musical Llao Llao, cuya nueva edición culminó el domingo pasado, y la habitual participación de la ciudad en el Festival de los Siete Lagos, la historia deja constancia de eso.

Es eso tan cierto como inmediata la asociación de la ciudad con el chocolate. Algo así como un bien patrimonial barilochense cuyos productores locales se cuentan de a varios en cada cuadra de la tradicional calle Mitre.

En esos combos pensaba Fraile, cuando se le ocurrió que la unión de ambos universos, el de la música y el del chocolate, como una vía para experimentar con las distintas sensaciones que esa combinación despierta en el que escucha, y potenciarlas, podía ser una buena idea. 

Varias horas antes del concierto, el sobrino nieto del premio Nobel argentino César Milstein lo explicaba así: “La idea tiene que ver con la experiencia del usuario, más pensado en términos antropológicos. Tiene que ver con mi tesis doctoral, que pasa por reflexionar sobre como las prácticas que tenemos los artistas influyen en la experiencia de quien participa en un concierto”.

Antes de entrar en la sala, cada “espectador” recibió una caja con 12 variedades de chocolate para saborear la “experiencia”. (Gentileza OFRN/Héctor Rodríguez Telechea)

Y agregaba: “Lo que me interesaba es que la Filarmónica de Río Negro, que es una orquesta que genera público nuevo, ponga en discusión esas distinciones entre música académica o popular, y logre que la gente entienda que cuando hacemos música no es más que eso, y punto. Que las barreras que se construyen no tienen que ver con la música. Y lo del chocolate fue una de las ideas para hacerlo; quizá la más extrema”.

Nada mal, después de todo, que mientras algunos apuestan a fórmulas que a veces hacen gala de un dudoso gusto haya quien prefiera explorar tan nobles sabores desde una idea original y sin culpas.

Ahora, en la sala, el barista y coffee master Diogo Bianchi introduce e instruye al público: cada pieza de chocolate se corresponde con una obra musical, y ambas traducen una sensación, que prefiere no anticipar para no condicionar la percepción. de eso va la cosa. ¡A comer y a escuchar! Al revés también vale.

Matías Carzalo, Martín Fraile y Diogo Bianchi, el trío que trabajó en la “experiencia” que unió piezas de un amplio repertorio con sabores de chocolate y diferentes sensaciones.

Primero, la Sabre Dance de la Suite Gayane de Khachaturian impone una tensión que se amplifica y muta a presión con un fragmento de Una noche en el monte pelado, de Mussorgsky; al tiempo que el montoncito de pistacho bañado le da paso al sabor amargo de la variedad hecha con cacao al 75% que se diluye de a poco en la boca como el aluvión sonoro en los oídos. Excitación y miedo son las sensaciones que abren el juego.

“Esto es pasión”, dice una señora de la fila de atrás, y tiene razón. Enseguida, le toca al erotismo. La primera tiene sabor y textura de maracuyá y el sonido de La Habanera, de la ópera Carmen, de Bizet; la segunda llena la boca de marroc mientras el Danzón N° 2 de Arturo Márquez crece en intensidad hasta estallar, relaja por un instante y vuelve a empezar.

La idea de Fraile propuso al público una manera diferente de acceder a la música. (Gentileza OFRN/Héctor Rodríguez Telechea)

“La propuesta, a mí me plantea jugar contra la naturaleza humana de la formación de la experiencia sensorial, compuesta en un 2% por ciento por lo que vemos, en un 4% para los hombres y un 7% para las mujeres por lo que escuchamos y entre un 15 y un 20% por el olfato, que es el que forma el paladar. En la rutina experimental, vos escuchás, olés y probás, y te queda el sabor. Acá, el camino es el contrario: estás probando y luego escuchás. Lo que termina de cerrar la emoción es la música”, detallaba Diogo en la previa. 

En la sala, el ida y vuelta le da al encuentro un carácter casi didáctico. Mientras unos buscan en la oscuridad descifrar si están acertando al chocolate que toca comer, la orquesta baja su intensidad, y muestra su capacidad de trabajar los matices en la secuencia que plantean el breve pasaje instrumental de Estrellita, del mexicano Manuel María Ponce, en combinación con una variedad chocolatera con maqui; y el Preludio del primer acto de La Traviata, “infusionada” con menta y jengibre.

la convocatoria colmó la sala del Teatro La Baita, y lo recaudado fue donado al Hospital Zonal Dr. Ramón Carrillo. (Gentileza OFRN/Héctor Rodríguez Telechea)

“Para nosotros es más un experimento que una iniciativa comercial. Se trata de innovar, de experimentar… No es lo mismo para mí que sea la Filarmónica de Río Negro que si fuera la de otro lugar. Tenemos un sentido de pertenencia, trabajamos con productores locales, gente de la zona… “, agregaba Matías Carzalo, gerente de la fábrica de chocolates Mamuschka, la tercera pata del proyecto al que se alió por “curiosidad”, que en mayo pondrá a la venta una caja que incluirá para cada variedad un código QR que permitirá escuchar la pieza correspondiente grabada por la OFRN.

“Me gusta trabajar con elementos de nuestra idiosincrasia. Hace poco nos llegó que había unas personas en El Bolsón trabajando con maqui, que es considerado un superalimento de origen mapuche, que para ellos es un planta sagrada, con propiedades curativas. Empezamos a mezclarlo con el chocolate, que es cacao del norte del Amazonia peruana y que pertenece a la cultura maya, y terminamos generando un chocolate basado en elementos que son sagrados para dos culturas”, cerraba el empresario.

El dueño de la idea, Martín Fraile, en pleno concierto. (Gentileza OFRN/Héctor Rodríguez Telechea)

En escena, la pelea entre Montescos y Capuletos de la Romeo y Julieta de Prokofiev encuentra una interpretación soberbia de la orquesta mientras el Tiramisú se mantiene vivo a lo largo de toda su extensión; en contraste con la incomodidad que los granos de cacao no procesado en la tableta de chocolate blanco interponen en aquella fluidez, mientras la Marcha fúnebre de la 3° Sinfonía de Beethoven interpone su paso lento en la continuidad del concierto, y el aire se espesa.

“Un primer objetivo tiene que ver que sea una experiencia singular. Como sucede con la gente que recuerda un evento aunque no se acuerde de las canciones que sonaron. El segundo es que también puedan, al menos algunos de ellos, pensar un poco acerca de lo que les pasó con cada pieza. Cuando se habla de lo que tenemos para ofrecer como artistas, en general se hace referencia a la belleza. Pero también está en juego nuestra capacidad de hacer que puedan ahondar en los sentidos. Y en este caso, que puedan pensar qué les pasa cuando comen”, adelantaba Fraile en la previa.

La soprano María Virginia Savastano, le sumó picardía y compromiso al concierto. (Gentileza OFRN/Héctor Rodríguez Telechea)

El “diamante de frutos del bosque” se disuelve en la boca mientras la soprano María Virginia Savastano recorre el aria de Haendel Lascia ch’io pianga, y a su término arremete con In uomini, in soldati, de la mozartiana Cosí fan tutte con notable desempeño, fuera del menú, con una impronta feminista que aplica a la perfección a la fecha. 

Luego, la wagneriana Cabalgata de las valkirias, que el director linkea con el universo Marvel a través de Odín, Thor y compañía, confluye con la combinación de chocolate, vainilla y casís en la dulce sensación de la victoria, antes que el coco se imponga en el paladar al compás del Malambo de la obra Estancia, del argentino Alberto Ginastera, que los músicos acompañan con una soberbia ejecución y con un vaivén cada vez más pronunciado que en algunos casos pone en riesgo su estabilidad arriba de las sillas.

El gran final propone un “maridaje” irresistible: timbal de dulce de leche/Así habló Zaratustra. Excelente maridaje que llega cuando ya hace rato que las notas escritas en las partituras dejaron de ser lo más importante para formar parte de algo más amplio, que no sólo tiene que ver con tocar bien o mal. Aunque seguramente eso no habría sucedido si los músicos no hubieran respondido a la altura desafío. 

“La comprensión de la idea por parte de los músicos es clave. Lo que ellos hacen y cómo se enganchan, la energía que se libera en el escenario es la llave de la conexión que se genera con la gente. Era: ‘muchachos, el comienzo va a ir acompañado de tal chocolate, y en dos compases tenemos que meter al público en esa sensación’. Es como una obra de teatro; si pasaron cinco minutos y sigue siendo Darín, no comprás más. Y la idea les encantó, tanto como todo el chocolate que comieron en este tiempo que llevó la preparación del concierto”, cerraba la charla el director.

Los músicos, piezas claves en la transmisión de la idea de Fraile del escenario a la platea. (Gentileza OFRN/Héctor Rodríguez Telechea)

El mismo que después de varios minutos de aplausos sostenidos de una sala de pie ahora regresa para coronar la experiencia con la Conga del fuego nuevo, de Arturo Márquez. Y aunque en las cajas no quedan más provisiones hay una sensación que se impone sin necesidad de aditivos, y es la de una gran celebración.  

E.S.

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