Armando Manzanero: las cinco bodas del hombre que hizo de su vida un bolero



Armando Manzanero tuvo amores formales y de los otros. Admirador de la mujer, se casó cinco veces

Coherente con su creación artística, Armando Manzanero disfrutó de las mieles del amor con todo lo que ello implica. Tuvo pasiones intensas y algunos affaires pasajeros. Pero su vocación conyugal lo llevó a contraer enlace en cinco oportunidades. Cuando alguna vez le preguntaron sobre los sinsabores del matrimonio confesó con humor: “Nadie cree más que yo en eso, sino no me hubiese casado tantas veces”. Con esa picardía intacta, a los 85, falleció hace pocas horas víctima del contagio de Covid que lo tuvo a maltraer en las últimas semanas.

Medía poco más de un metro cincuenta y contaba con ancestros mayas. Jamás olvidó a su Mérida natal, aunque con los años, éxito mediante, se convirtió en un ciudadano del mundo. Sedujo con sus inolvidables boleros, esos que generaron un quiebre en la música romántica de todos los tiempos. Pero también se dio el lujo de conquistar en su vida privada, a caso apelando a las estrategias que los personajes de sus canciones ponían en práctica a la hora de amar y de hacer trizas esos vínculos cuando fuese necesario.

Fruto de todas esas familias que fue conformando a lo largo de los años, en realidad una sola bajo el apellido Manzanero, nacieron sus hijos María Elena, Martha, Armando, Diego, Juan Pablo, Mainca y Rodrigo. Destino de familia numerosa, sus nietos se multiplicaron hasta llegar a 16. Sin embargo, y a pesar de su afición por los casorios, algunos de sus descendientes nacieron en el marco de una pareja consolidada y otros en la informalidad de una relación pasajera.

Somos novios

El colegio secundario suele ser un lugar propicio para comenzar a experimentar las cuestiones del amor, la pasión y la exploración de lo nuevo. El estallido hormonal de la adolescencia encontró al joven Armando en compañía de María Elena Arjona Torres, su compañera compinche, la mejor amiga. Siempre las hay. Tenían 14 años cuando se pusieron de novios ante la mirada cuestionadora de sus padres que no veían con buenos ojos la precocidad de los jovencitos.

“El maestro”, como lo llaman en México, era un hombre apacible de sonrisa imperturbable Fuente: AFP

A pesar de los sinsabores por la reprobación del vínculo, Armando y María Elena siguieron adelante y lograron revertir las críticas familiares. Estuvieron seis años de novios confirmando que lo de ellos no era algo eventual. En 1957 se casaron y sellaron esa vocación familiar que los llevó a ser padres de cuatro hijos: Martha, María Elena, Diego y Armando. En 1965, ganó el Festival de la Canción en Miami con su tema “Cuando estoy contigo”. Era una época donde Manzanero comenzaba a obtener el reconocimiento del público y su pluma escribía títulos inolvidables en lo que fue una de sus grandes etapas creativas. María Elena estaba ahí para acompañarlo, para criar a los hijos cuando las giras ausentaban a su marido de casa. El matrimonio siempre se llevó muy bien, aunque no faltaron algunos reproches de ella por los días completos que el compositor faltaba a la cena hogareña. “Estamos construyendo nuestro porvenir”, replicaba él. Quizás esas ausencias fueron el motivo de la ruptura. En 1970, la pareja se divorció en los mejores términos y quedaron unidos en un vínculo de amistad.

Contigo aprendí

Algunas de las letras de Manzanero que cantó Luis Miguel estuvieron inspiradas en los amores del genial compositor mexicano Fuente: Archivo

No suele ser grato realizar trámites bancarios, firmar formularios, verificar el estado de las cuentas millonarias y las cajas de seguridad. Sin embargo, para Armando el trámite rutinario y tedioso, aún con las mieles de la fortuna entre manos, significó encontrar a su nuevo gran amor. Casi como una historia de culebrón, de esos a los que él también le puso música. La historia fue perfecta: el astro de la canción enamoró a la empleada encargada del clearing. Dicen que lo hizo con armas nobles, las mejores que siempre tuvo a mano: la palabra, la música. Así fue. María Teresa Papiol Mirassou, tal el nombre de la joven, era realmente hermosa. Ni bien Armando la vio supo que concluiría en la cama con ella, un pensamiento directo que no tenía tanto que ver con las metáforas aboleradas. Se casaron en 1991 y fueron felices algunos años. En 1998, la pareja llegó a su fin. Pero Armando había aprendido la gran lección de la sencillez. La chica del banco lo abstrajo de un mundo artificioso y de oropeles. Logró lo que pocas, que la vida íntima fuese auténtica y alejada de los ruidos del show. Al igual de lo acontecido con su primer matrimonio, la cosa terminó muy bien.

Llévatela

La experiencia con Olga Aradillas sí fue traumática para el compositor. A diferencia de sus matrimonios precedentes, esta vez todo terminó lejos del bolero y cerca de La guerra de los Rose. Se casaron en 2002 y todo concluyó de la peor manera cuatro años después. ¿Qué sucedió? Ella acusó a su marido de maltrato psicológico y físico. Armando no se quedó atrás y sostuvo que ella se había quedado con una camioneta suya. El tema fue un verdadero escándalo público y la comidilla de los gossip shows. “No voy a permitir que manchen mi nombre”, se ofuscó el autor de “La media vuelta”. El litigio duró nueve largos meses. Finalmente, la Justicia dio su veredicto: ella no robó y él no la maltrató. Colorín colorado, cada cual a su casa luego del bochornoso escarnio público.

Libre de culpa y cargo, Manzanero encontró consuelo en la cantante mexicana Susana Zabaleta. Ella era joven y sexy y les dio alegría a los conciertos de su novio. Juntos armaron un espectáculo con el que tuvieron la oportunidad de subirse a escenarios japoneses. A pesar de manejar un código común, a los nueve meses el lazo se deshizo con poco protocolo dado que no había sido legalizado en papeles.

A comienzos de 2009, Armando anunció su pareja con Gloria Caballero, una bella mujer de la que se supo poco. No se mostraron mucho y mantuvieron discreción férrea sobre la relación, aunque trascendió que habrían sellado el matrimonio delante de un juez. En septiembre, la pareja se distanció ante los comentarios públicos e irónicos de Olga Aradillas, la ex despechada. Aradillas no dudó en comentar: “Todo el mundo sabe que se separó y que ya tiene otra víctima”.

Olga Aradillas logró borrarle la sonrisa a Armando Manzanero Fuente: AFP

No sé tú

Armando Manzanero le llevaba a Laura Elena Villa nada menos que 36 años. Prejuiciosos abstenerse, el vínculo funcionó de maravillas. Convivieron mucho tiempo hasta que decidieron casarse. La boda ocurrió en 2014 ante algunas críticas de los hijos que no veían con buenos ojos las seguidillas de bodas de su padre. Sin embargo, fue la mujer que lo acompañó hasta el final.

A esta altura, Armando no tenía nada que perder y todo para ganar. A sus hijos nacidos fruto del primer matrimonio y los 16 nietos, se sumaron Juan Pablo, Mainca y Rodrigo, sus hijos extramatrimoniales. A pesar de los deslices, se mostraba feliz por la familia lograda. Aquel “no sé tú, pero yo no dejo de pensar” resumía el sentimiento que el cantante tenía sobre Laura Elena. Ella no dudó en acompañarlo, pero fue quien puso reparos ante lo que podría decir la gente. Fue Manzanero quien le despejó el camino afirmándole que a él nada le interesaba menos que lo que pudiesen decir la familia y los amigos en torno a su vida privada. Sabía que el público acompañaría sin reparos cada una de sus decisiones. Algún tiempo no fue sencillo, la joven mujer buscaba tener hijos, pero el compositor ya había anulado esa opción. Esta diferencia fue la que los llevó a vivir en techos separados durante muchos años.

Era común verlos juntos en eventos sociales, estrenos y giras. Ella estaba siempre a su lado y cumplía el rol de esposa y asistente. Con la ausencia de “El maestro”, como lo llaman todos en México, se cierra una etapa de la música romántica y se escribe el capitulo final de un hombre que no solo le escribió al amor con fervorosa pasión, sino que también lo ejerció con especial intensidad. Laura Elena Villa fue el definitivo, el amor de la madurez. Ella le tendió la mano en el minuto final. Lo dejó ir en paz. Una historia digna de un bolero de Armando Manzanero.

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